La pequeña ciudad italiana de Troia alberga desde octubre una fábrica que aspira el dióxido de carbono de la atmósfera y lo convierte en un combustible neutro en carbono. De lo mismo ya se ocupa una planta piloto de Squamish, Canadá, mientras que una tercera planta en Suiza captura el gas de efecto invernadero para venderlo a horticultores locales para sus invernaderos.

Cada vez más expertos señalan que no solo se trata de un remedio contra el cambio climático, sino de una tecnología capaz de impulsar una industria provechosa. Debido a que la presencia de dióxido de carbono en la atmósfera es igual de alta en todas partes, esta clase de producción podría atraer empleos a las áreas que hayan perdido otras industrias, indica un artículo publicado esta semana en la revista Fast Company.

Pequeños municipios rurales, por ejemplo, en regiones de Estados Unidos, podrían fabricar “lo que la comunidad necesite” y venderlo a los vecinos, estima el investigador principal del Centro para la Política de Energía Global en la Universidad de Columbia, Julio Friedmann. En su opinión, se trata de una “nueva economía de carbono”, que utiliza el gas de efecto invernadero para fabricar productos a nivel local y con energía limpia local.

Otro experto consultado por la revista fue el presidente ejecutivo de Carbon Engineering, Steve Oldham, que espera lanzar su primera planta comercial de este sector en los próximos meses. El empresario calculó que una típica fábrica de captura de aire puede contratar a 100 personas y crear algunos empleos adicionales en la distribución.

Su propio plan de negocios “a corto plazo se enfoca en determinar qué valor económico podemos obtener del CO2 atmosférico, y la respuesta es hacer un producto rico en carbono para el cual hay un mercado y que hoy en día es combustible”.

Económicamente el nuevo sector será un desafío a la industria existente, que prefiere operar a gran escala en vez de crear una red distribuida, admiten los expertos. “Lo bueno de la captura directa de aire es que se la puede construir [una planta] realmente en cualquier lugar”, dijo Louise Charles, gerente de la compañía Climeworks, que dirige las fábricas en Italia y en Suiza.

De esta manera, la neutralización del dióxido de carbono atmosférico podría crear empleos locales y recompensar la tendencia a la pérdida de los puestos de trabajo por culpa de la robotización, que experimentan los sectores tradicionales.

Sostenibilidad de los proyectos

Un estudio realizado a principios de este año permitió llegar a la conclusión de que el costo de extraer el carbono del aire podría ser mucho menor que en las estimaciones anteriores: menos de 100 dólares por tonelada. Todavía es mucho más caro que un barril de petróleo crudo, pero en Carbon Engineering plantean alcanzar la paridad de costos con el tiempo. Antes de que esto suceda, esperan que les ayuden algún programa de crédito especial y los impuestos sobre la emisión de carbono.

Si existiera una política para el plástico semejante a la que favorece el biocombustible, con una penalización para quienes fabrican plásticos de combustibles fósiles y un incentivo para quienes lo hagan con CO2 atmosférico, la empresa redirigiría su interés al sector industrial de los plásticos, señaló Oldham.

Mientras tanto, Newlight, una compañía con sede en California, EE.UU., ya fabrica un plástico patentado a partir de las emisiones de vertederos e instalaciones de energía. Otra empresa nueva, C2CNT, está fabricando nanofibras a partir de carbono capturado, y asegura que su producto sirve para producir bicicletas firmes y ligeras, y aspas de turbinas eólicas. Hay también proyectos ya en construcción para convertir el dióxido de carbono en metanol, en piensos para peces y en una especie de hormigón, más sólido y más barato que el habitual.

Para que se generalicen rápidamente las fábricas capaces de producir algo que no sea combustible, es imprescindible que las políticas cambien a favor de una mayor competitividad del sector. Una etiqueta que rece ‘amigable con el clima’ en los productos también podría ayudar, cree Oldham. Funcionaría como la zona con artículos orgánicos en los supermercados, donde los clientes pagan más por un producto salubre y amigable con la naturaleza.