Pareciera que en la cotidianidad de nuestras vivencias fuésemos aceptando y asumiendo las expresiones del machismo y el patriarcado como algo natural. En muchos países, desde hace centurias se ha educado a la Mujer para el servicio, el silencio de sus emociones y el renunciamiento de sus sueños, proyectos y anhelos, imponiéndole otras prioridades de acuerdo a su rol en la familia y en su sociedad.

En innumerables ocasiones se le tilda de egoísta, falta de razón y discernimiento cuando lucha por alcanzar un sueño, una meta muchas veces «no aceptable» frente a las expectativas de todo el mundo, o que interfieren con los cánones de la sociedad y el entorno donde ella habita, cuando quiere romper con esos estereotipos que se le ha dado a las féminas como seres débiles, pusilánimes y destinadas al servicio; condicionamiento que desafortunadamente va traspasando de generación en generación como un lastre nefasto.

Es muy triste, por no decir despreciable, que se le juzgue y hasta condene por NO querer ser una más del montón, por rebelarse contra el yugo cruel del maltrato ya sea físico, verbal o psicológico; por darse cuenta que tiene la capacidad, la habilidad y el derecho de ocupar un lugar equitativo en la vida y en la sociedad.

Y NO, no se trata de ese reclamo feminista que se propone y pregona odio en contra del hombre o la familia… NO, ese no nos representa ni identifica a la mayoría.

Se trata de obrar con responsabilidad, raciocinio y amor por nosotras mismas y por nuestras familias, se trata de empoderamiento y resurgir, de unir las manos, de elevar el alma en la unidad de la vida, la conciencia y la justicia, para obtener un trato incluyente, justo y equilibrado para las féminas del mundo, para ser entendidas y aceptadas como seres humanos con derechos y responsabilidades.

Ese hecho en sí, ya nos otorga el derecho a ser tratadas con respeto, justicia y equidad.

Por: Rossi Er