don Fidel Leottau.

El arraigo del establecimiento y su álgida ubicación tendrán siempre a don Fidel Leottau y a su muy visitado bar en el “Ojo del huracán”. Cualquier y rebuscado motivo de algún funcionario de la administración distrital será invocado buscando, probablemente, figurar en las primeras páginas de prensa haciendo alarde de eficaces ejecutorias en el cargo que le encomendaron. Así es nuestra ciudad.

Dudo mucho que en la diminuta y disimulada “Plaza Pareja”, lugar donde Fidel instala sus mesas, y la que muchos cartageneros desconocen que existe, pueda dicho Señor atreverse a violar normas para su legal funcionamiento, estando, como podríamos decir, en plena “boca del lobo”, por los escasos metros que lo separan de la sede del gobierno distrital, precisamente, desde donde se dictan los reglamentos para esta actividad.

No se puede negar que este sector se ha infestado con la plaga de la prostitución, y otros flagelos, y que la imagen del bar de Fidel pueda que se encuentre afectada por ello; y que en el supuesto caso que pudiere estar incurriendo en indeseables conductas, aparte de los presuntos altos decibeles, natural y obviamente, deberá someterse como cualquier otro parroquiano al imperio de la Ley como dice la Constitución.

Son curiosos los presuntos excesivos decibeles que según la autoridad se emiten desde el interior del establecimiento y superan los permitidos; y digo curiosos porque el lugar donde funciona el afamado bar, aun siendo lego, pero cartagenero, puedo atreverme a decir que no es zona residencial, es zona institucional, bancaria y comercial. ¿O es que acaso en estos lugares no es la música para compartirla?

Ojalá las autoridades atendieran con la misma efectividad el llamado que desde diferentes barrios de la ciudad, residenciales, se les hace por pick-ups que desde los jueves en las tardes y hasta el lunes o martes de la siguiente semana, los ponen a sonar con los más estridentes decibeles y sin conmiseración alguna. Así es Cartagena.

¿Qué tal si cada vez que la selección de fútbol mete un gol, deja de meterlo, o se lo meten, se sancionara al establecimiento donde están congregados los eufóricos y emocionados fanáticos que por más de dos horas gritan a garganta batida?

¿O qué tal si en una emotiva congregación religiosa al aire libre, como se acostumbran a hacer, se midieran los decibles que salen de la boca de los feligreses que oran clamando a Dios? ¿Prohibirían las autoridades estas reuniones?

En cuanto a las Plazas, en la de Santo Domingo, la recreación que se da en medio de un enjambre de moderados guitarristas, payasos, maromeros y vendedores de baratijas, no ha escapado a atrevidos extranjeros que desnudos se encaraman en “La Gorda” de Botero, en pleno frente a su Iglesia.

En la de “San Diego” y su aledaño Parque, nadie desconoce que los restauranteros que la circundan, con la venia de las administraciones de la época se han adueñado de las calles de su entorno ¿será por qué muchos de ellos tienen vínculos familiares con miembros de gabinetes del Distrito?

Con el Parque “Fernández Madrid”, la cosa no es distinta. No sólo las calles que lo bordean son ocupadas con mesas y asientos, sino que dos de sus lados, fueron expandidos para que establecimientos del entorno lo usufructúen.

Nunca he asistido al Bar de Fidel, porque cuando pude hacerlo estaba fuera de esta urbe; y ahora que puedo apelo a lo que le dejó dicho “El Tuerto López“ a su nativa Cartagena, “ …pues ya pasó ciudad amurallada tu edad de folletín”.

Por: Álvaro Morales
alvaro morales 2018