Fracasados

Por: Gustavo Caicedo Hinojos

318

El balón está a punto de rodar y los jugadores mitigan sus ansiedades con pensamientos etéreos y esquivos. El partido, como todo el fútbol al que representa, ha entrado en una nueva era. Afuera se muerden los labios quienes soñaron con sufrir esa ansiedad en alma propia, los no bendecidos por la providencia a quienes la falta de talento les aseguró desde siempre todos los lugares posibles en el balompié (aficionados, patrocinadores, reporteros, cronistas, comentadores, empresarios, ultras, o una exótica combinación de todos ellos) menos el más importante: el que está en el campo, de las líneas reglamentarias hacia adentro.

Pero el juego que iluminaba los arrabales y las almas humildes ha cambiado para siempre. Los tiempos de los atajos y el frenetismo lo han absorbido por completo. La economía de masas universales lo han convertido en una modelo de cabaret, en un maniquí de centro comercial. Sus seguidores se han transformado en exigentes catadores de opereta. La amplia constelación de profesionales y operadores que se benefician de esta superflua conquista se han ido degenerando en aves de rapiña; criaturas enigmáticas y carroñeras. Los analistas deportivos han sacado sus inspiradas mentes de las canchas y las han llevado hasta los confines de las revistas de moda y los programas de entretenimiento.

El jugador, a punto de patear el balón de saque inicial, es ahora también un producto de mercadeo y publicidad, un artículo de altísimo valor comercial que debe someterse a las más estrictas dictaduras, alejado de por vida de toda muestra humana de defectos y vicios. El vino, bebida ideal hasta para el mismo mesías, es un pecado mortal para estos artefactos de compra y venta; mezclas anacrónicas de dioses y esclavos. La hermosura de las noches estrelladas y los puentes del puerto están prohibidos, y ni que hablar de los ricos pastelillos de la esquina o los emparedados del casco antiguo.

En medio del adiós a la oportunidad de ser hombres, están constante expuestos al escarnio público. Monstruos abusadores quienes discuten con su pareja, enfermos terroristas los multados por el tránsito, y apátridas condenados quienes por casualidad hagan algún comentario inapropiado. Se espera que estas máquinas operen a la perfección: que sean excelentes e inalterables atletas, tan guerreros como un gladiador romano y tan respetuosos y amables como un Nobel de paz, que representen un modelo de civismo y lealtad pero que hagan cualquier cosa por ganar, en fin, que ganen tanto dinero como Rockefeller pero que lleven la vida de Francisco de Asís. Potencia y tranquilidad, velocidad y precisión, fama y humildad, sabiduría y talento. Todo en los mismos pies.

Afuera se frotan todos las manos en nombre de un éxito que no les pertenece. “No habría fútbol sin el aguante” ladran los ultras desde sus selváticas tribunas, “Qué sería del fútbol sin patrocinadores” susurran los reptiles mientras se acomodan la corbata con avaricia, “El mejor gol es el mejor narrado” sentencia un presumido locutor de radio quien pese jamás haber pateado una esfera, juzga con inclemencia la decisión de quien ya ha pateado mil. Todos hablan con dureza de los jugadores, critican su juego, su talento, su personalidad, su vida privada, sus familias y amistades, sus gustos y disgustos; se han adueñado de la potestad para condenarlos.

Quizás lo hacen en revancha y el fracaso sea solo la máscara que utilizan los rufianes para cometer su crimen, quizás desquitan en su nombre su propia incapacidad para dominar la pelota, para conquistar las miradas del mundo, para suspender el aliento de millones de personas, o para captar la atención de las mujeres en los bares. El balón rueda y con él rueda la verdad mejor guardada del este maravilloso deporte: El fútbol está primero en el fracaso de quienes sí pueden patear la pelota, antes que en el éxito de la mercadotecnia y la fanfarronería de los incapaces para dominarla.