El amor no es un problema de expresión, ni una frase
más en nuestros labios, es una respuesta a lo que somos,
un vivir con los demás y un desvivirse por los demás,
un ocuparse del otro y un preocuparse por el otro,
hasta donarse la vida y salirse de sí mismo, ¡entregarse !.

Nada se entiende sin amor, nada somos sin amor,
sin amor la vida no es, sin amor no existiríamos nadie,
sin amor estaríamos como ausentes, desorientados,
perdidos en el caos, porque el amor es mucho más
que un sentimiento, es una modo de quererse, ¡queriendo!.

Hemos de aspirar a ese fundirse en comunión, en unidad,
hasta abandonarse uno mismo y hallarse en la poesía
que da aliento, pues nuestra misma historia entre Dios
y nosotros, radica ahí, en esa alianza del perenne verso,
donde Dios habita dentro de mí, en lo más íntimo, ¡latiendo!

Al igual que los ricos no precisan hogazas, sino regazos
donde cobijarse, tampoco los pobres requieren obras
de caridad, sino de justicia, pues en el amor hay un orden
justo, que es lo único que nos armoniza y nos da alas
para caminar hacia esa luz que nos sustenta, ¡reviviéndonos!

No hay mejor renacer que amasar la verdad con la pasión
del amor eterno, una fuerza que tiene su naciente
en nuestro Creador, y en cada cual, a pesar de tantos
inútiles pesares, ya que todo viene y proviene del Padre
que, desde el Hijo, desciende a la tierra para alentarnos,
con su espíritu redentor, que nos redime, ¡de esperanza!.

Vayamos, en consecuencia, al encuentro desde dentro,
desde la morada más interna, teniendo en cuenta
que el camino es duro, pero que las piedras también
pueden labrarse con amor, un amor que nos cohabita,
sólo hay que accionarlo con voluntad e intelecto,¡y amar!.

Víctor Corcoba Herrero – corcoba@telefonica.net

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