Cuando la vida vuelva a ser vida eterna
y el celeste no se anochezca jamás,
el verso volverá a ser más verso en Jesús,
y la esperanza por vivir en lo auténtico,
nos llenará de gozo los labios del alma,
una vez vaciadas las entretelas del vicio
y armonizada la tierra con el nuevo cielo,
entonces, sólo entonces, será la gloria.

Esta podredumbre mundana nos mata,
nos degenera, decae y nos deshumaniza,
nos contamina y nos mancha por dentro,
nos envicia y nos envilece para la selva,
nos perjudica y nos envenena en el todo,
aunque seamos nada en la nada del ser,
sin el soplo del Creador al levantarnos,
sin la luz para orientarnos y poder andar.

Cuando la hipocresía nos gobierna, crece
la soberbia y decrece el amor de cada día;
también cuando la maldad nos encarna
es necedad asentir, hay que salir del yo,
antes de que la dolencia nos amortaje
el espíritu, y no podamos poner a salvo
la mente, para vernos en lo compasivo
del amor que sabe perdonar y rehacerse.

El bien se percibe al amparo de la virtud
del ser que soy, creado en el instante
preciso y en el precioso momento exacto,
para ser recreado en la humilde grandeza
de la inspiración poética, donde se funden
los deseos y se forman guirnaldas de laurel,
que abrazan la cruz y alcanzan a Dios,
purgados los ánimos, vendadas las heridas.

Por: Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba Herrero