Los gozos y placeres corresponden solo al ser humano, en función de su conciencia o actos. Los místicos, ascetas o santos, se han caracterizado por evitar los placeres carnales que se pueden percibir a través de los sentidos corporales. Por eso ellos huyen, de escuchar ser alabados por los demás, evitan comer en exceso o rechazan alimentos que a simple vista se notan agradables o deliciosos, refrenan su lengua para no decir cosas vanas, buscan la castidad, entre otras cosas.

Pero está el caso de las personas comunes, que somos dadas al disfrute a veces excesivo de todo tipo de cosas, es más, hay personas que sienten gran placer a través de lo que llamamos vicios o adicciones, sean el licor, cigarrillos, sexo, para citar algunos. Claro, hay gente que no está en esas situaciones, sin embargo, sienten gran satisfacción al comprar ropa ostentosa, tener carros y casas de lujo, gastar en paseos a otros países, afanarse por tener empleos y salarios buenos, o vivir inmersos en asuntos empresariales.

Además, para mayoría de personas la vida no debe tener privaciones de ningún tipo, pues la mentalidad hedonista actual es, vivir solo y para el placer. Empero, los hombres contemplativos, al prescindir de esos placeres, llenan el espacio con gozos espirituales.
San Juan (3.6) y san Pablo (Romanos 8.5) señalaron, que lo nacido de la carne a la carne pertenece, y lo nacido del espíritu solo al espíritu pertenece. San Pablo en (1 Corintios 2:14), recalca: “El que no es espiritual no acepta las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son tonterías. Y tampoco las puede entender, porque son cosas que tienen que juzgarse espiritualmente”.

Claro, a veces podemos creer que si Dios creó al hombre con sentidos y estímulos, entonces el placer en sí no tiene nada de malo, eso puede parecer cierto, pero a la vez Dios inscribe en nosotros códigos morales a través de la conciencia, para que evitemos los excesos o conductas que dañen al prójimo por solo el hecho de querer satisfacer nuestros caprichos, materiales o carnales.

Resumidamente, podemos entender, que cada persona es dueña de sus ideas o de su forma de percibir las cosas del mundo; aunque si el individuo se abstiene de actos placenteros por amor a Dios, pues bien le valdrá; pero si las personas fundamentan su vida solo en disfrutar de los apetitos mundanos, pues en la otra vida habrán de enfrentar el juicio, y quizás el eterno castigo divino.

Bien dijo Jesús:“No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”.
(S. Mateo 6:19-21.).

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Escritor y comentarista de temas cotidianos