Hace unos cuantos años, parecía que todos mis conocidos estaban al borde del divorcio.

“No es el hombre con quien me casé”, me dijo una amiga.

“Ella no cambió, y yo sí”, dijo otro amigo.

Y la versión que no reparte culpas: “Nos distanciamos”.

El abuso físico y emocional son fundamentos claros para el divorcio, pero no son las causas más comunes de los matrimonios fracasados, por lo menos de los que yo me entero. Entonces, ¿cuál es el villano más típico? El cambio.

Sentir opresión por el cambio o la falta de cambio; el cuento es el mismo desde el principio de los tiempos. Sin embargo, en algún momento de cualquier relación larga, es posible que cada uno de los miembros de la pareja evolucione y pase de ser la persona de la cual nos enamoramos a alguien distinto. No siempre es a alguien más lindo, más inteligente o más divertido. Cambiamos de escaladores a adictos a la tele, de rebeldes a gerentes, de locos por el sexo a amantes del dormir.
En ocasiones la gente se siente traicionada por estos cambios. Se enamoraron de una persona, y cuando esta ya no les parece conocida, deciden que violó el contrato matrimonial. He comenzado a pensar que quizá el problema no es el cambio en sí, sino nuestra susceptibilidad hacia lo que se ha llamado la ilusión del “final del cuento”.

“Los seres humanos son obras inconclusas que erróneamente piensan que están concluidos”, dijo el profesor de Harvard Daniel Gilbert en una charla TED de 2014 titulada The Psychology of Your Future Self (“La psicología de tu yo futuro”). En ella describe la investigación que él y sus colaboradores llevaron a cabo en 2013: los sujetos en su estudio (de entre 18 y 68 años) informaron haber cambiado mucho más durante una década de lo que habrían esperado.

En 2015, publiqué un libro acerca del lugar donde crecí, St. Marks Place, en East Village, Manhattan. Durante la investigación escuché a las personas decir, una tras otra, que la calle era solo una sombra de lo que había sido, que todos los negocios buenos habían cerrado y toda la gente que valía la pena se había ido. Este sentimiento fue el mismo aunque la gente no estuviera de acuerdo sobre cuáles eran los negocios buenos y quiénes las personas que valían la pena.

La nostalgia, el combustible de nuestra renuencia al cambio, es un impulso humano natural. Y, sin embargo, estar contento por siempre con un cónyuge o una calle requiere encontrar maneras de estar feliz con distintas versiones de esa persona o ese vecindario.

Ya que me gusta arreglar mal y con rapidez las cosas descompuestas, me aconsejan con frecuencia: “Mejor no hagas nada; quédate ahí sin moverte”.

Esa reacción alentada también puede ser la mejor opción para enfrentar un cambio demasiado grande o pequeño. Ya sea que queramos o no que la gente siga siendo igual, el tiempo traerá abundantes cambios.

Hace año y medio, mi esposo Neal y yo compramos una propiedad en el campo. No estábamos buscando una casa, pero nuestro apartamento en la ciudad mide solo 46 metros cuadrados, y siempre admirábamos esta adorable casa azul cada vez que pasábamos a su lado cuando visitábamos a mis padres. Resultó ser impresionantemente asequible.

Así que ahora somos propietarios de una casa. Compramos muebles, enmarcamos fotos y pusimos una red para jugar bádminton. Nos maravillamos de cómo hemos cambiado. ¿Quiénes son estas personas que hacen asados en el patio, que pagan los impuestos de bienes inmuebles y persiguen una pluma con raquetas? ¿En quiénes nos hemos convertido?

Cuando nos conocimos, en nuestros veintes, Neal no era un hombre que se deleitara cuidando el césped, ni yo era una mujer que pensara que un hombre que lo hiciera fuera atractivo. Pero henos aquí, rellenando ávidamente nuestro comedero de pájaros y comentando sobre todos los cardenales que lo visitan.

Neal, que no había martillado un clavo en todos los años que llevo de conocerlo, ahora opina sobre libreros y cortinas, y ama ir a la tienda de herramientas. Silba mientras poda el césped. Es como un extraterrestre. No obstante, en nuestras nuevas circunstancias, yo también lo soy: una que sabe cuándo plantar bulbos y cómo usar una olla de cocción lenta y que, armada con una certificación nueva en primeros auxilios y RCP, hace de voluntaria en un campamento local. Nuestros seres extraterrestres son notoriamente compatibles.

Muchas personas casadas durante mucho tiempo y que conozco me han dicho: “He tenido por lo menos tres matrimonios, solo que todos han sido con la misma persona”. Yo también diría que Neal y yo hemos tenido al menos tres matrimonios: el de nuestros veintes fiesteros, el de los treintas enfocados en los hijos y el de los cuarentas de propietarios de una casa.

También está mi corto primer matrimonio. Nick y yo nos conocimos en la universidad y salimos durante meses antes de dejar los estudios y recorrer el país en coche. En los siguientes años, tuvimos trabajos de sueldos bajos. En las raras ocasiones en que hablábamos sobre nuestro futuro, decía que no estaba listo para establecerse porque, algún día, quizá necesitaría “darle vuelo a la hilacha”: un dicho que me parecía grosero y un concepto que consideraba ridículo.

Cuando, años después, le conté esto a Neal, me dijo: “Tal vez para ti era ridículo porque tú ya lo habías hecho”.

Es verdad que de los 16 a los 19 yo tuve muchos novios, pero con Nick me volví felizmente hogareña. Adoptamos gatos. Había cambiado de tal manera que no tenía problemas acerca de estar con una sola persona. Ya había dejado de estar cambiando y creía que él también debía hacerlo. Ciertamente pensaba que no debía convertirse en un hombre que fuera de una mujer a otra.

Cuando nos casamos en el registro civil para que él pudiera obtener un permiso de residencia (era canadiense), no me sentí diferente al día siguiente. Seguíamos quedándonos dormidos viendo la tele con nuestros gatos a nuestros pies, como siempre.

Decíamos a cualquiera que nos preguntara que el matrimonio no era importante, sino solo una formalidad para que el gobierno no nos separara. Cuando nos presionaban, era difícil decir qué nos hacía diferentes de los verdaderamente casados, excepto que no hubo fiesta de boda.

Unos meses después me deprimí y decidí que él y nuestro seudomatrimonio eran parte del problema. Después de tres años de sentirme la persona más comprometida, estaba harta, y le pedí que se fuera. Cuando lo hizo, me sentí triste pero también emocionada con el prospecto de tener citas de nuevo. A los dos años conocí a Neal.

Hace poco le pedí a Nick que habláramos. No lo habíamos hecho en una década. Ahora vive en Londres, así que lo hicimos por Skype. Observé que se veía casi como cuando tenía 22, aunque se dejó crecer una barba larga. Sostuvimos una conversación agradable. Por fin le pregunté si él pensaba que nuestro matrimonio tuvo importancia.

“Sí”, me dijo. “Para mí sí cuenta”.

Estuvimos casados, solo que no muy bien. El matrimonio no significaba mucho para nosotros, así que cuando las cosas se pusieron difíciles, nos separamos. Yo no había tenido la madurez para ver en qué me estaba metiendo. Pensaba que la pasión era lo más importante. Cuando mis sentimientos románticos se fueron, me fui siguiéndolos. Fue como cualquier rompimiento, pero con más papeleo.

Ahora Nick trabaja en un lugar artístico europeo. No está casado. Yo no habría podido predecir su vida ni su vello facial. No me arrepiento de nuestra separación, pero si hubiéramos seguido casados, creo que me habría gustado esta versión de él.

Ahora mi cabello es largo y rubio. Cuando Neal y yo nos conocimos, me lo había teñido de negro y me lo había cortado hasta la barbilla. Al comenzar a aclarármelo yo misma, a veces quedaba naranja, porque no sabía lo que hacía.

Hoy peso más o menos 72 kilos. Cuando salí del hospital después de un ataque de apendicitis, pesaba 63. A los nueve meses de embarazo, con hambre todo el tiempo, pesaba 92. He pasado desde la talla 4 hasta la 14. He sido el alma de la fiesta, y también la más aguafiestas. He estado en bancarrota y he tenido dinero, he padecido depresión clínica y he estado radiante de felicidad. Si se me considera a lo largo de los años, he sido decenas de mujeres.

¿Cómo podemos aceptar que, en términos de nuestro cuerpo (y todo lo demás), lo único inevitable es el cambio? ¿Cuál es la clave para que importe menos el cambio conforme un matrimonio evoluciona, en cosas como la cantidad de relaciones sexuales y si son o no las mejores posibles?

Un día que estábamos en el campo, Neal y yo escuchamos a una ardilla afligida. Había entrado a la casa y se escondía debajo del sillón. Cada tantos minutos, la criatura emitía un chillido agudo. Traté de sacarla por la puerta con una escoba, pero corría y corría hacia mis pies.

“Vaya, sí que eres tonta”, le dije.

“Me encargo”, dijo Neal, mientras cargaba misteriosamente un tazón plástico de cereal. “Haz que salga de ahí abajo”.

Lo hice y la ardilla corrió a través de la sala. Neal, como un antiguo lanzador de disco, hizo que el tazón volara en un bello arco y aterrizara exactamente arriba de la escurridiza criatura. Luego deslizó un pedazo de cartón por debajo del tazón y se llevó a la ardilla a los arbustos, donde la soltó.

“Eso fue de verdad impresionante”, le dije.

“Lo sé”, contestó.

Quedar maravillada por un hombre al que pensé que conocía por completo. Es impactante cuando eso sucede después de tantos años. También es una bendición. Ese lanzamiento de tazón quizá nos consiguió otros cinco años de matrimonio.

Por: Ada Calhoun
Ada Calhoun, quien vive en Nueva York, es autora de unas memorias de próxima publicación: “Wedding Toasts I’ll Never Give”, a partir de las cuales adaptó este ensayo.

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