Los gobernantes de los últimos tiempos proclaman públicamente su adhesión inquebrantable a unas pautas políticas elevadas a la categoría de dogmas, mientras procuran, en privado, soslayar su observancia, abrazándose, en cuanto les es posible, a las prácticas contrarias.

Como de todo hay en la viña del señor, es asombroso el poder que tienen ciertos medios de comunicación puestos al servicio de grupos y partidos políticos para ocultar la verdad y, sobre todo, para impedir que el pueblo pueda acceder a ella; es decir, que algunos gobernantes hipócritas, gremio de poderosos y sectores de falaces tiene en su mente reducir al pueblo a masa para privarlo de la cultura elemental necesaria para pensar por su cuenta y poseer unos criterios propios que permitan a los individuos discernir entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira.

El pueblo debe saber que la verdad es para la inteligencia humana lo mismo que el alimento para el cuerpo. Si realmente interesara la verdad, los hombres la buscarían con la misma ambición con que busca los alimentos para sobrevivir. Lucharían contra el error y la mentira lo mismo que lucharían contra las enfermedades de las drogas. Pero no se ve esa lucha por ninguna parte.

Que no sea vista por lo políticos es lo normal; pero, que no sea vista por muchos intelectuales y los medios en los que ellos escriben, por los poderosos y por los patrañeros ya no resulta tan acomodado a la honradez. Si la mentira y la farsa fueran sistemáticamente rechazadas por los ciudadanos, los medios no tendrían más remedio que proporcionárselas, a menos que renunciaran a existir. En cualquier caso, para esto se necesita algo muy importante para el ciudadano de a pie, y consiste en darse cuenta de que tales noticias son farsas o embustes.

Y si de culpables se trata, todos lo somos porque el que vive en el error, el que acepta la mentira y el embuste sin darse cuenta de que son tales, tiene una enfermedad grave que sólo puede ser curada con un medicamento. Este medicamento es la cultura apoyada en los principios de la honestidad. Esta carencia es la razón por la cual, ni los medios de comunicación, ni ciertos sectores de poder de la vida pública, ni los engañadores tienen el más mínimo interés en facilitar la verdad a su pueblo. La salud mental es sistemáticamente olvidada o despreciada.

Ante esta cruda y dura realidad sobre nuestros pensamientos, cualquiera diría que no hay nada que hacer porque eso sería una mentira. La clave es iniciar un proceso igual al de la germinación vegetal en relación con la tierra. Las tierras más aptas son las que tienen más abono, más estiércol y son, a la vez, las mejor alimentadas y bien regadas.

Dicen los campesinos cartageneros y bolivarenses: a este campo le falta estiércol. Es un campo demasiado mineral, aquí no hay nada que alimente, pero si miles de viejas creencias resultan destruidas en nuestra marcha hacia la verdad, aun así debemos seguir marchando para liberarnos de hipócritas, de poderosos y de mentirosos.


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