Honda preocupación persigue al ser humano en cuanto a envejecer, pues se siente el temor de terminar con las energías disminuidas y tener que depender de otros. Sin embargo, lo que menos preocupa a la gente es la vejez espiritual, que no es otra cosa que toda actitud de decrepitud y persistencia de una vida llena de pecado y maldad.

Jesucristo en sus enseñanzas dijo a las gentes de aquel tiempo que era necesario nacer de nuevo, entonces los que rodeaban al Divino Maestro de momento no entendieron el mensaje.

Pese a lo anterior, Jesús afirmó al fariseo Nicodemo: “Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de padres humanos, es humano; lo que nace del Espíritu, es espíritu.” (San Juan 3.5-6).

Entonces, nacer de nuevo es optar por tratar de sacar toda la podredumbre del alma. En Génesis 32:28-29 se narra que el patriarca Jacob luchó contra el ángel del Señor, y después de ese hecho pasó a llamarse Israel, pues así lo expresa el relato cuando el ángel dijo a Jacob: “¿Cómo te llamas?, preguntó aquel hombre (el ángel)
-Me llamo Jacob-respondió él.
Entonces el hombre le dijo:
-Ya no te llamarás Jacob. Tu nombre será Israel (el que lucha con Dios)
porque has luchado contra Dios y contra los hombres, y has vencido”.

El sentido teológico de lo anterior en realidad revela como un pueblo en principio débil, errante y poco organizado (personificado por Jacob) pasa a constituirse más adelante en un pueblo más fuerte, estable y mejor preparado para su defensa de la fe y su autonomía política lo cual le dará su identidad como Nación.

De manera similar vemos como cuantas veces luchamos fuertemente contra multitud de vicios y malas actitudes, hasta que en dado momento el Señor nos transforma y nos da un “hombre nuevo”, y nos hace una persona distinta y renovada. Lastimosamente, algunos insisten en decir que “genio y figura es hasta la sepultura” con lo cual se quiere dar a entender, que los defectos son asuntos que no se pueden cambiar. Pero pensar así es ser pesimista, mediocre y poseer un corazón duro.

Si volvemos a recurrir a las Sagradas Escrituras en el Génesis 17:4-5 tenemos que, Yahvé cambió el nombre a su siervo Abrán por el de Abraham, y con esto Dios lo instituyó en el patriarca más importante para el pueblo hebreo, entonces se afirma: “Y Dios dijo a Abrán: “esta es la alianza que hago contigo. Tu serás el padre de muchas naciones, y ya no vas a llamarte Abrán. Desde ahora te llamarás Abraham”.

De similar manera Jesús cambió el nombre al apóstol Simón: “Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra voy a construir mi iglesia; y ni siquiera el poder de la muerte podrá vencerla”. (San Mateo 16:18).

También debemos entender que, durante la permanencia de Jesús en aquellos tiempos, él fue en apariencia igual a todos nosotros, o sea, sin destellar aureolas ni cosas por el estilo. Aun así, la necedad de los fariseos radicaba en que se molestaban al ver que un hombre, que no aparentaba nada extraordinario, tuviera poder para perdonar pecados y sanar enfermos.

Por eso Jesús quiso en una oportunidad demostrarle a sus discípulos Pedro, Santiago y Juan que en él reposaba la gloria del Padre, entonces los llevó a un lugar secreto donde se transfiguró ante ellos, pero les ordenó que a nadie contaran lo allí visto, sino hasta el momento en que él les diera autoridad para testimoniarlo.

San Francisco de Asís, fue gran ejemplo de un cambio positivo, por eso en dado momento dijo: “Ya no soy más el hijo de Pedro Bernardote, porque de ahora en adelante mi padre verdadero es Dios”. Cabe decir que el padre de Francisco era un hombre prepotente y colérico, el cual no aceptaba que su hijo adoptara una forma de vida austera y despojada de las vanidades.

También, las personas que no perdonan y siempre viven consumidas en el odio y rencor, están llenas de un montón de basura espiritual. Esto sucede porque se dejan saturar de todas las sandeces que otros les tiran, entonces no tienen capacidad para tirar fuera los hostigamientos y agresiones verbales, y desprecios de los cuales son víctimas.
Pero hay personas que de verdad son heroicas y decididas, y no se dejan contaminar con facilidad, y en su lugar limpian a cada rato su morada espiritual y la adornan con la paciencia, el perdón y positivismo, además de pedirle al Señor el don de amar, de la fe, la caridad, mansedumbre y otros bienes para el alma. Jesucristo de todas maneras nos llama a ser hombres nuevos, libres de las cargas pecaminosas del mundo y de esta forma obtener una vida mejor, a pesar de las adversidades que se nos presenten.

Todo lo anterior lleva a entender que, ser hombres de cambio significa una renuncia radical, pero para tratar de alcanzar esto es necesario disponer nuestro corazón al Señor, para que nos envíe la fuerza a través del Espíritu Santo. Entonces, al darse esto se notarán los cambios, y poco a poco esos se sentirán en nuestro ser y se verán en la nueva forma de hablar, de trabajar, de orar y en lo referente a las buenas actitudes de respeto, tolerancia y paciencia, todas encaminadas en una dirección espiritualizada.

Ad Maiorem Dei Gloriam

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Comentarista de temas cotidianos