Los impuestos sobre las rentas, ventas y servicios principalmente, están relacionados (matemáticamente) con la base o el precio de las cosas.

Además, los impuestos se comportan con un efecto multiplicador. O sea, si el costo de algo se incrementa, al aplicarse el impuesto o valor agregado, también el precio final se incrementa al consumidor o usuario.

Otra condición es, que si la tasa del impuesto sube, el precio final sube.

Pero lo peor se da, cuando el costo y la tasa se incrementan paralelamente, entonces el impuesto sobre el precio final se incrementará significativamente y se notará (por la progresión geométrica) mucho más en el comercio de bienes y servicios de alto valor.
Por ejemplo, si se tiene un artículo a un precio de 500 unidades monetarias, (antes del impuesto), al agregarse por ejemplo un 13% el precio final será de 565. Pero si el artículo sube el precio a 510 y el impuesto se sube al 15%, el precio de venta será de 586,5 para representar un incremento de 21,5 unidades monetarias, sobre el precio viejo (de 565).

Si a un vehículo que vale 5.000.000 se le aplica el impuesto del 13%, este impuesto corresponderá a 650.000 y el precio de venta del vehículo será de 5.650.000.

Si al mismo vehículo se sube el precio a 5.100.000 y también se incrementa el impuesto al 15%, ese impuesto será de 765.000 y el precio final del artículo será de 5.865.000.

Además, el incremento total (tanto del costo como del impuesto si los comparamos con respecto al precio viejo (5,650.000) será de 215.000.

Entonces, vemos que, conforme los movimientos o actividades crecen en una empresa o se aplican a nivel macroeconómico, en este caso cuando el Estado impone más cargas tributarias o sube las tasas de impuestos, las cosas se vuelven más caras.

Dicho de otra manera, las cargas tributarias para financiar todo un aparato estatal no siempre son de agrado para el pueblo, sobre todo cuando no se ven los buenos resultados, y en cambio persiste el detrimento de la infraestructura pública, la mala cobertura respecto a obras de bien social, y campea el déficit público, el despilfarro (mala administración) y el robo (peculado) del dinero del erario público.

Es más, en la Antigua Roma, los pueblos sometidos al Imperio, se sentían agobiados por las cargas tributarias dirigidas a sostener la vida de lujo de los emperadores, funcionarios públicos y al gran ejército, y eso pese a que los romanos de cierta manera habían implementado, cierto desarrollo social, y técnico en sus provincias o dominios.

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Escritor y comentarista de temas cotidianos