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“Ingresé a las Farc siendo niño y pasé a ser victimario”

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Niño guerrillero“No importa si eres hombre o mujer, niño o grande. Cuando entras a la guerrilla tienes que asumir unas reglas, unas condiciones, y son las mismas para todos. Tienes que empezar a cargar un equipo, a descargar una economía, a marchar hacia dónde se tenga que ir y no hay ventajas por ser menor de edad… Si entras a los diez y a los doce ya peleas como un grande, entras a combatir común y corriente”.

Juan (*) sabe de lo que habla. No había cumplido los 14 años cuando, tras dos meses de entrenamiento, recibió como ‘premio’ un fusil 762 que lo acompañó durante los cinco años que permaneció enlistado en las Farc, la única “autoridad” que conocía en la vereda donde vivía con su mamá y su hermana y a que se le había ofrecido a hacerle mandados desde dos años antes.

Eran épocas de rebeldía, de desubique, dice, pero también de comenzar a darse cuenta que en su entorno había muchos problemas y a creer “equivocadamente” que yéndose al monte iba a solucionarlos.

Pero un año fue suficiente para entender que la guerrilla no ayudaba a su pueblo, sino que le causaba graves daños a la sociedad y que esa mamá de la que nunca se despidió, pero que incluso así se arriesgó manigua adentro para intentar rescatarlo, era lo más importante que había tenido en su vida.

La decisión entonces ya estaba tomada. Sin embargo, los muchos adolescentes y adultos que vería morir en el intento de desertar le confirmarían que la estrategia a planear tendría que ser muy buena para lograr resucitar a una vida lejos de la guerra.

De hecho fueron cinco años los que tuvo que esperar, haciendo siempre lo que otro le decía y yendo dónde otros le decían… Añorando los juegos que no jugó, el bachillerato que no estudió, el derecho a la familia que no ejerció. Cero autonomía y cero felicidad…

En cambio sí mucho dolor. Uno que todavía llora lo sintió cuando aquel “compañerito de unos trece añitos que en una de las peleas fuertes que tuvimos, desafortunadamente cayó en combate, y tuvimos que arrastrarlo… Fue demasiado fuerte”.

Como un homenaje no pronunciado, ya siendo adulto convenció a dos chicos de que huyeran con él. Pero esa historia, la de ellos, tampoco tendría final feliz.

Recurriendo a la estrategia militar tan bien aprendida, aprovecharon una jornada de castigo para dejar los fusiles en una caleta, y caminar dos días hacia la libertad. Se escondieron en el monte nocturno para evadir al comando guerrillero que los perseguía, pero apenas llegaron, sus compañeritos decidieron regresar. “A los quince días les dieron fusilamiento”. Destino trágico.

Y como respuesta, tras confesar su arrepentimiento por haber sumado a la triste violencia nacional, dice una verdad de desmovilizado: “Nosotros somos personas de guerra, cuando llegamos acá lo único que sabemos es armar y desarmar fusiles, disparar y estrategias militares, de ahí en adelante no sabemos nada, y esa barrera atemoriza mucho”.

Era que su verdadera misión ya estaba escrita. Ahora visita las escuelas de Cali contándoles a niños y adolescentes que la absurda guerra no pasa solo en el campo y que no es justo que en ella se sigan ahogando historias infantiles.

“Son muchos, sobre todo si hablamos de esos chicos que llevan quince, veinte años allá y que perdieron todos sus derechos, como me pasó a mí, que ingresé siendo niño y pasé a ser victimario. No son 21 sino miles de hombres y mujeres que han perdido su niñez y su juventud allá”, dice después de darle gracias al Creador por el acuerdo anunciado el domingo para sacar a los menores de las filas de las Farc.

(*) nombre cambiado.

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