El denominador común de la invitación a la santidad es, dejar en lo posible nuestro apego a las riquezas mundanas. Al respecto el Nuevo Testamento advierte que, donde esté tu tesoro allí estará tu corazón. Lo anterior entonces implica que, si nuestra riqueza son los valores espirituales, pues allí estará nuestro corazón, que será rico en sencillez, paz y mansedumbre, pero si las riquezas son sólo los bienes materiales, eso indicará que prevalecerá la envidia, la codicia, el orgullo y las vanidades. Y todo eso se trasluce en nuestra forma de actuar y hablar.

También las escrituras expresan, que la boca habla de lo que sobreabunda en el corazón, entonces algunas personas hablan en la mayoría de sus conversaciones de sus proyectos empresariales o profesionales, en cambio quienes tienen su vida con sinceridad puesta en los bienes del reino de Dios, hablan de su deseo de atraer almas para Cristo.

Sin embargo, cuando se trata de analizar y relacionar la santidad con la virtud de la humildad, es común la idea en la mayoría de la gente de creer que ésta significa solo sencillez en la forma de vestir o el hecho de mostrar, un rostro de lástima. Pero la realidad es que, hay bastantes personas que aparentan mucha sencillez, pero en el fondo poseen un alto grado de prepotencia.

La verdadera humildad no necesita que se vea siempre por fuera, sino que basta conocer la forma de hablar y de interiorizar en los comportamientos de un individuo, para darnos cuenta pronto si tienen condescendencia, trato amable y sin discriminaciones contra los demás, o en cambio se puede advertir, cuando alguien está lleno de pretensiones y hace alardes de sabio, de acaudalado, y que vive obsesionado por buscar los ambientes de alcurnia.

El apóstol san Pablo en su carta a Filipenses 2.3-4 se refiere el gran valor que tiene la armonía y la humildad: “No hagan nada por rivalidad o por orgullo, sino con humildad, y que cada uno considere a los demás como mejores que él mismo. Ninguno busque únicamente su propio bien, sino el bien de los demás.»

Tengan unos con otros, la manera de pensar propia de quien está unido a Cristo Jesús, el cual: Aunque existía con el mismo ser de Dios, no se aferró a su igualad con él, sino que renunció a lo que era suyo y tomó naturaleza de siervo. Haciéndose como todos los hombres y presentándose como un hombre cualquiera, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte en la cruz.

Así, el párrafo anterior nos exhorta a ser humildes sobre todo ante Dios, además la Santa Palabra manifiesta que todas las virtudes, dones y capacidades, debemos atribuirlas a Dios, y sin enorgullecernos por cosas que a veces, son solo de origen puramente humano.

En el pasaje, del joven rico que preguntó a Jesús cuál era la forma de buscar el reino de Dios, el Divino Maestro le aseguró que si alguien cumple los mandamientos de la ley pero no se desprende de las riquezas no podrá ser perfecto, aun así esta enseñanza teológica no implica quedarnos “en la calle”, sin techo ni nada que comer, pero sí significa que en tanto sea posible no debemos poner nuestra seguridad en el dinero, ni en lujos o superfluidades.
Estas verdades, siempre han sido las características principales en la forma de vida de los santos del catolicismo, los cuales se han considerado los seres más insignificantes y menos dignos de la bondad divina, es más hasta han preferido vivir en el anonimato.

Lastimosamente, el mundo actual corre en pos de las vanaglorias mundanas, y muchos luchan a como haya lugar por alcanzar notables puestos de presencia pública, política y fama para perpetuar sus egos delirantes, sin faltar aquellos prepotentes que marginan y desprecian, a los más pobres y abandonados.

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Comentarista de temas cotidianos