Inyecciones de veneno y miles de reinas: qué hay en los jardines del Diablo del Amazonas

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En la tupida selva amazónica hay unos misteriosos claros que contrastan con la exorbitante diversidad, pues en ellos crece prácticamente una sola especie de árbol. Son “los jardines del Diablo”, el hogar de un espíritu malvado.

El árbol es el Duroia hirsuta, comúnmente es conocido con varios otros nombres como borojocillo, huitillo, turma de mono o solimánste, y es el preferido del sobrenatural ser, según los nativos.

En las noches limpia sus jardines de maleza e impide que en ellos crezca ningún otro tipo de planta.

Por ello, nadie se atrevía a adentrarse en esos claros después de que se ponía el sol.

Los científicos, por su parte, encontraron otra explicación al insólito fenómeno, y resultó casi tan fascinante como la de los habitantes de la selva.

Realidad alternativa

Los tallos de las hojas de los afortunados árboles tienen unas hinchazones de las que entran y salen unas hormigas diminutas llamadas Myrmelachista schumanni.

Esas cámaras son sus viviendas, desarrolladas especialmente para ellas por el árbol y en ellas, a salvo de depredadores, las hormigas guardan sus huevos y larvas.

Mantienen incluso una alacena: insectos del tamaño indicado que les proveen bebidas de rocío de miel.

Ofrecer alojamiento beneficia también al árbol, pues las hormigas le ofrecen un servicio muy valioso: lo protegen de sus enemigos.

¡A comer a otra parte!

Toda clase de insectos se alimentan de las hojas de las plantas, si tienen la ocasión… pero no tienen chance en los huitillos protegidos el peculiar ejército.

Ni siquiera los formidables comelones de hojas, varias miles de veces más grandes que una de las hormigas huéspedes del árbol, se las aguantan.

Toda clase de insectos se alimentan de las hojas de las plantas, si tienen la ocasión… pero no tienen chance en los huitillos protegidos el peculiar ejército.

Ni siquiera los formidables comelones de hojas, varias miles de veces más grandes que una de las hormigas huéspedes del árbol, se las aguantan.

Ante tal invasor, estos diminutos soldados recurren a los conocimientos: saben cuál es su punto débil y lo atacan, hasta que se da por vencido.

Pero las hormigas no sólo se encargan de repeler a los animales que pueden hacerle daño al árbol.

Quizás aún más asombroso es que mantienen a raya a las plantas que compiten con él.

Guerra química

Regularmente, pelotones de hormigas salen de sus barracas a patrullar la vecindad.

Si encuentran algún pimpollo, lo inspeccionan. Si es un retoño de una de las semillas de su anfitrión, lo dejan tranquilo.

Si es un intruso, empieza el ataque de mordiscos a sus ramas.

Cuando llegan los refuerzos, cientos de diminutas mandíbulas hieren sin cesar a la planta, hasta que ésta empieza a marchitarse.

Pero no todo se logra a punta de mordiscos. Levantan sus abdómenes e inyectan ácido fórmico en las heridas del retoño.

El veneno se dispersa por los tejidos, acelerando la muerte

Con sabor

El ácido fórmico es un herbicida orgánico que los humanos usamos para preservar alimentos, y las ortigas y las hormigas rojas como urticante.

El sabor de ese ácido les da a las aguerridas Myrmelachista schumanni su nombre común: hormigas limón.

En cuestión de unos días, con la muerte de los intrusos, las hormigas extienden su jardín.

Esta jardinería drástica beneficia tanto al árbol como a las hormigas.

Al asegurarle a su anfitrión más espacio para que se expanda sin competencia, tendrán más viviendas de manera que también ellas podrán reproducirse y aumentar sus filas.

Para tener una idea de las dimensiones, remitámonos a lo que le contó a los medios en 2006 Megan Elizabeth Frederickson, una de las científicas que estaba investigando el misterio de estos jardines del diablo.

“La colonia más grande en el terreno que estoy estudiando, que estimo data de hace 807 años, tiene una expansión de 1.300 metros cuadrados”, escribió la experta.

“Y se compone de unas tres millones de hormigas obreras y 15.000 reinas”.