El pico de contaminación que sufrió Medellín hace unos meses despertó alguna conciencia ciudadana y dio lugar a varios avances, pero aún queda mucho por hacer ante un problema que seguirá afectando seriamente la salud y calidad de vida.

En abril de este año analicé el problema de la contaminación del aire en Medellín y el Valle de Aburrá.

En aquellos días, el aire contaminado estaba en las bocas y los pulmones de todos, pero también en los titulares y en las primeras páginas de los medios. La   situación se veía como crítica.

Aquella vez sostuve que el problema de la contaminación del aire se subestima y que no afecta únicamente a la salud humana, sino también al ambiente, pues estos contaminantes “modifican el balance de radiación del planeta, influyen en el ciclo hidrológico y se relacionan con la lluvia ácida (afectando flora y fauna)”.

También señalé que la geografía y los fenómenos meteorológicos (atmósfera estable y subsidencia de aire) son variables importantes para la calidad del aire, pero que la atención no debe dirigirse únicamente a ellos (pues es importante entenderlos para resolver más fácilmente el problema), sino más bien al exceso de emisiones contaminantes.

Concluí que mejorar la movilidad es una tarea urgente y que si bien todos tenemos una responsabilidad, el mayor compromiso debe ser de nuestros dirigentes políticos y económicos para que adopten las decisiones valientes que se necesitan para salir de la crisis ambiental.

La crisis no ha pasado

Si por “crisis ambiental” se entiende una situación de grave riesgo, hay que decir que Medellín no ha salido de la crisis o que el problema de la calidad del aire no ha sido resuelto.

Es verdad que el pico de contaminación de abril no se ha repetido, pero seguimos en una situación crítica: la ciudad está inmersa en la misma constelación de factores que  -cuando se estabilice la atmósfera- darán lugar a un nuevo pico. Y por supuesto la contaminación del aire sigue enfermándonos y maltratando nuestros ecosistemas.

Si la realidad cotidiana es la de un aire contaminado y dañino, ¿tiene sentido hablar de crisis solo cuando la situación empeora? Responder afirmativamente a esta pregunta implica correr el riesgo de naturalizar el problema, de volverlo normal. Lo que dejamos atrás fue un pico o un recrudecimiento del problema, pero no la crisis de calidad del aire,   lo cual no implica por supuesto que nada se haya hecho.

Lo que se ha hecho

La participación de la ciudadanía de Medellín y el Valle de Aburrá ha sido decisiva para evitar que el asunto caiga en el olvido y para identificar soluciones al problema. Desde algunas empresas privadas se ha estimulado la movilización de sus trabajadores alrededor  del problema de la contaminación.

Si la realidad cotidiana es la de un aire contaminado y dañino, ¿tiene sentido hablar de crisis solo cuando la situación empeora?

También ha sido importante el aporte de la academia que, además de investigar estos asuntos, ha divulgado el resultado de estudios relevantes y ha abierto espacios de debate y deliberación. Al trabajo incansable de la Red de Vigilancia de Calidad del Aire (Redaire) se han sumado eventos como el Workshop on Atmospheric Pollution and its Impact on Human Health, Agriculture and Natural Ecosystems, en la Universidad Eafit o la Escuela Internacional de Desarrollo Sostenible: 2017 Calidad del Aire, liderada por el Instituto Tecnológico Metropolitano (ITM).

Otro esfuerzo importante fue la elaboración del Plan Integral de Gestión de la Calidad del Aire 2017-2030 (PIGECA), liderado por el Área Metropolitana del Valle de Aburrá (AMVA), con apoyo del Instituto del Aire Limpio (Clean Air Institute).

Los ejes transversales de este plan son cinco principales, a saber:

  • Diálogo, articulación interinstitucional e intersectorial y corresponsabilidad.
  • Pedagogía, educación y cultura ciudadana.
  • Comunicación pública.
  • Fortalecimiento del marco regulatorio.
  • Seguimiento y control.

Entre los ejes temáticos figuran:

  • Fortalecimiento, generación y aprovechamiento del saber científico y la tecnología.
  • Planificación y ordenamiento territorial con criterios de sostenibilidad.
  • Transformación hacia un sistema de movilidad de bajas emisiones.
  • Infraestructura y equipamiento con alta cobertura, seguros e incluyentes, para una movilidad activa.
  • Industria sostenible, competitiva y productiva.
  • Protección, recuperación y restitución del arbolado urbano, el espacio público y los ecosistemas.
  • Efectividad y cobertura en el control y sanciones a agentes contaminantes.
  • Atención oportuna y eficaz a episodios de contaminación del aire.
  • Protección y transformación de zonas sensibles a la contaminación.
  • Sistema de cargas, beneficios e instrumentos de información.

La interacción entre distintos sectores de la sociedad es un hecho promisorio y se espera que ella aumente. Por ejemplo, los ejercicios de difusión entre grupos ciudadanos por parte del Área Metropolitana del Valle de (AMVA) y la Unidad Coordinadora para el Gobierno Abierto del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible fueron importantes. Gracias a estos espacios se aceptó la sugerencia del colectivo ciudadano La Ciudad Verde y de la Fundación Low Carbon City de incluir en el PIGECA un eje transversal de seguimiento.

Para evitar que el PIGECA sea un “canto a la bandera” debemos todavía asegurar que estos espacios se mantengan abiertos y que se haga el seguimiento sobre la base de indicadores claros, con rendición de cuentas periódica de los actores clave.

Falta mucho por hacer

Ha habido avances, no cabe duda, y hay que celebrarlos. Pero -para decir lo menos- sería exagerado suponer que la mayoría de los ciudadanos o del sector privado están comprometidos, pues se sigue abusando del carro particular y las empresas de transporte siguen usando los mismos buses o volquetas, que parecen chimeneas en lugar de vehículos urbanos.

Salir de esta crisis es una responsabilidad compartida pero quienes tienen la capacidad de facilitar el cambio deben hacerlo y pronto.

Por su parte, las metas del PIGECA deberían ser más ambiciosas, pues la propuesta actual de llegar en el 2030 a una concentración de PM2.5 de 23 microgramos por metro cúbico en promedio anual, nos dejaría 2,3 veces por encima de los 10 microgramos por metro cúbico que recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Si bien existen unos objetivos intermedios (OI) en las Guías de calidad del aire de la OMS, apostarle a una concentración de esa magnitud (que ni siquiera es el OI más estricto) para el 2030 puede calificarse como insuficiente, más aún si recordamos que en ese año vence el plazo para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)- una agenda con la cual  Medellín y el AMVA se han comprometido de manera reiterada y donde dos de los diecisiete ODS hacen directa alusión a este problema, como se muestra a continuación:

Razones para alarmarse

Sin negar los avances antedichos, debo insistir en la urgencia de avanzar más rápido y entender las razones de este afán.

Por ejemplo, el material particulado no sólo afecta negativamente los ecosistemas, sino que contaminantes como el ozono tienen graves consecuencias para la productividad agrícola,  como Van Dingenen y sus colegas lo señalaron en el 2008.

Desde la perspectiva de la salud, el aumento de los casos de demencia y de estrés se suma a los derrames cerebrales, el cáncer de pulmón y las enfermedades agudas respiratorias en niños, entre otras afecciones. Un nuevo reporte de The Lancet es contundente al respecto: “La contaminación es la causa ambiental más grande de enfermedades y muertes prematuras en el mundo. Las enfermedades causadas por la contaminación fueron responsables de un estimado de nueve millones de muertes en el 2015 […] tres veces más que el sida, la tuberculosis y la malaria combinadas y quince veces más que todas las guerras y las formas de violencia”.

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Ilustración 1. Información sobre muertes prematuras (tomado de: The Lancet)

Estas cifras incluyen las muertes por agua contaminada y otros factores, pero al observar las causas discriminadas se nota que la contaminación del aire, principalmente la externa (ambient particulate), es el primer factor de mortalidad, con una cifra de 4,2 millones en el mundo:

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Ilustración 2. Estimado de millones de muertes por causa de factores de riesgo de contaminación (tomado de The lancet).

No cabe duda pues de la premura de tomar acciones valientes y atrevidas. Se sabe que la presión de algunos intereses particulares y la aversión al riego de perder popularidad por parte de algunos gobernantes pueden hacer que el proceso de cambio sea lento (e incluso pueden frenar las intenciones de unas autoridades ambientales que quizá desearían ir más allá). Lidiar con esta situación es difícil, pero no debe haber descanso en la tarea de buscar que estos argumentos sean examinados e incorporados por la ciudanía y la autoridades en todos sus agendas. Salir de esta crisis es una responsabilidad compartida pero diferenciada, y quienes tienen la capacidad de facilitar el cambio deben hacerlo y pronto.

Por: Alejandro Álvarez
Alejandro ÁlvarezIngeniero de Procesos de la Universidad EAFIT y magíster en Ciencias de Sostenibilidad de la Universidad Leuphana de Luneburgo, profesor en el Departamento de Ingeniería de Procesos, consultor y coordinador del área de Cultura ambiental del Núcleo de Formación Institucional en la Universidad EAFIT. Miembro del colectivo ciudadano La Ciudad Verde y de la Fundación Low Carbon City. @alejoal387