En los Evangelios ocurre con frecuencia que Jesús habla abiertamente a las mujeres, incluso a quienes no son judías. A menudo, lo hace de una forma que va en contra de las normas de la época. Jesús les devuelve dignidad a las mujeres y las pone en un plano de absoluta igualdad respecto a los hombres.

Los Evangelios registran diversos casos en los que Jesús entra en contacto con mujeres marginadas que sufren silenciosamente y que son vistas por la sociedad como “personas insignificantes destinadas a vivir en los márgenes de la sociedad”. Jesús las nota, las observa, reconoce su situación desesperada y, “en un momento glorioso”, las pone en el centro de su misión y las vuelve inmortales, liberándolas de la enfermedad y concediéndoles la verdadera fe. En consecuencia, Jesús demuestra con sus acciones que es el Príncipe de la compasión.

Primero que todo, veamos estos importantes versos que prueban que Jesús no estableció jerarquías entre sus seguidores. Evangelio de Mateo (20, 25-27):

Entonces Jesús llamándolos, dijo: Sabéis que los príncipes de los Gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen sobre ellos potestad. Mas entre vosotros no será así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor; Y el que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo…

De ahí que Jesús, en vez de establecer jerarquías, haya indicado la actitud humilde que debe ser adoptada y los roles que deben ser asumidos.

Ante todo, vemos que Jesús, en su misión, estaba acompañado de varias mujeres. Evangelio de Lucas (8, 1-3):

Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él, y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes.

Jesús no duda en curar a las mujeres, devolviéndoles la energía que habían perdido durante la enfermedad. Evangelio de Mateo (8, 14-15):

Cuando Jesús llegó a la casa de Pedro, la suegra de Pedro estaba enferma en cama con mucha fiebre. Jesús le tocó la mano, y la fiebre se fue. Entonces ella se levantó y le preparó una comida. Aquella noche, le llevaron a Jesús muchos endemoniados. Él expulsó a los espíritus malignos con una simple orden y sanó a todos los enfermos.

Durante su ministerio, Jesús demostró la máxima compasión por las personas “relegadas”, aquellas que están en los márgenes de la sociedad. Tocó a los intocables y se dejó tocar por ellos. Durante el tiempo de Jesús, todo lo que estaba asociado a la sangre era considerado impuro; por ejemplo, la mujer con menstruación o hemorragias. Emblemático es el caso de la mujer que tenía flujo de sangre; estaba enferma desde hacía muchos años y ningún doctor estaba capacitado para curarla.

Veamos los versos célebres del Evangelio de Marcos (5, 25-34):

Pero una mujer que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre, y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor, cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto. Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote. Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos? Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado? Pero él miraba alrededor para ver quién había hecho esto. Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote.

Jesús, en este episodio, no se limita a curar a la mujer de su enfermedad, sino que la llama Hija, por lo que la admite en su círculo, dándole dignidad y protegiéndola.

Poco después hay otro episodio en el cual Jesús resucita a una niña que había acabado de morir de una enfermedad fulminante. El padre de la niña, Jairo, era uno de los jefes de la sinagoga y le había implorado a Jesús que fuera a su casa para curar a su hija moribunda. Veamos estos pasajes del Evangelio de Marcos (5, 35-43):

Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro? Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente. Y no permitió que le siguiese nadie sino Pedro, Jacobo, y Juan hermano de Jacobo. Y vino a casa del principal de la sinagoga, y vio el alboroto y a los que lloraban y lamentaban mucho. Y entrando, les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme. Y se burlaban de él. Mas él, echando fuera a todos, tomó al padre y a la madre de la niña, y a los que estaban con él, y entró donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate. Y luego la niña se levantó y andaba, pues tenía doce años. Y se espantaron grandemente. Pero él les mandó mucho que nadie lo supiese, y dijo que se le diese de comer.

Aquí Jesús demuestra su poder sobre la muerte, devolviendo la vida justamente a una niña inocente.

En el Evangelio de Lucas está registrada otra resurrección efectuada por Jesús. Sin embargo, esta vez el resucitado es un varón, hijo único de una viuda. Jesús tuvo compasión de ella y le resucitó al niño. Veamos el Evangelio de Lucas (7, 11-17):

Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran multitud. Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad. Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate. Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre. Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado a su pueblo. Y se extendió la fama de él por toda Judea, y por toda la región de alrededor.

En el Evangelio de Lucas se registra otro acto de compasión de Jesús, cuando sanó a una mujer encorvada. Veamos el pasaje correspondiente del Evangelio de Lucas (13, 10-17):

Cierto día de descanso, mientras Jesús enseñaba en la sinagoga, vio a una mujer que estaba lisiada a causa de un espíritu maligno. Había estado encorvada durante dieciocho años y no podía ponerse derecha. Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: «Apreciada mujer, ¡estás sanada de tu enfermedad!». Luego la tocó y, al instante, ella pudo enderezarse. ¡Cómo alabó ella a Dios! En cambio, el líder a cargo de la sinagoga se indignó de que Jesús la sanara en un día de descanso. «Hay seis días en la semana para trabajar —dijo a la multitud—. Vengan esos días para ser sanados, no el día de descanso». Así que el Señor respondió: «¡Hipócritas! Cada uno de ustedes trabaja el día de descanso. ¿Acaso no desatan su buey o su burro y lo sacan del establo el día de descanso y lo llevan a tomar agua? Esta apreciada mujer, una hija de Abraham, estuvo esclavizada por Satanás durante dieciocho años. ¿No es justo que sea liberada, aun en el día de descanso?». Esto avergonzó a sus enemigos, pero toda la gente se alegraba de las cosas maravillosas que él hacía.

Como vemos, también Jesús se acerca a una mujer enferma y la sana de su enfermedad. En este caso, Lucas registra también la hipocresía de los fariseos, que se indignaron al ver que Jesús había sanado a una mujer en sábado. Pero Jesús serenamente hace notar que un acto de bondad puede hacerse incluso el sábado, poniéndose él mismo a la par del sábado, o sea de Dios.

Además, Jesús presentó a las mujeres como modelos de fe a sus oyentes. En la cultura de la época, las mujeres no podían ser vistas ni escuchadas puesto que eran consideradas “influencias corruptoras que deben ser evitadas y desdeñadas”. Veamos algunos ejemplos del Evangelio de Lucas (4, 24-27):

Y añadió: De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra. Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra; pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio.

Jesús cita aquí un episodio del Antiguo Testamento durante el cual el profeta Elías, no siendo apreciado por el pueblo de Israel, fue enviado donde una viuda pagana de Sidón, o sea extranjera.

Para los judíos de tiempo, las mujeres, los paganos y los leprosos ocupaban el grado más bajo de la escala social. Jesús, en cambio, anteponía estas tres categorías de personas a los judíos incrédulos. Jesús estaba afirmando que la historia del Antiguo Testamento estaba por repetirse. A pesar de sus milagros, él habría de ser rechazado y repudiado por Israel, por lo que habría de dirigirse a los extranjeros, justamente como había hecho Elías.

Como está descrito en el Evangelio de Marcos, Jesús presenta una pobre viuda como ejemplo a seguir. Ella había ofrecido al templo unas pocas monedas, pero era todo lo que tenía. Evangelio de Marcos (12, 41-44):

Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante. Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento.

Analicemos ahora las interrelaciones de Jesús con varias mujeres presentes en el Nuevo Testamento, empezando por su madre, María.

 En primer lugar, hay que considerar que, en su infancia, Jesús estaba sujeto a sus padres (Evangelio de Lucas 2, 41-52). Por tanto, le rendía obediencia a su madre.

Otra descripción de la interacción entre Jesús y María está registrada en el Evangelio de Juan, cuando durante las bodas de Caná, llega a faltar el vino. Veamos estos pasajes (2, 1-5):

Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús. Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos. Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora. Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que os dijere.

En estos pasajes (como en Lucas 2, 49), Jesús declara su independencia de su madre. Habrá un tiempo para Jesús, y María, aunque sea su madre, no puede ni apresurar ni obstaculizar aquel momento.

Cuando luego, en la cruz, Jesús se dirige a su madre, encomendándosela a Juan, se nota todo el amor y la compasión que Él le profesa a ella. Veamos los pasajes correspondientes del Evangelio de Juan (19, 26-27):

Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

Jesús ve a su madre y a Juan, su querido discípulo, quienes, sin importantes el riesgo al que se enfrentaban, llegaron hasta los pies de la cruz para darle un último adiós. Quieren sufrir con él, quieren estar al lado de su amado hasta el final. Jesús piensa en su madre y se la encomienda a Juan, quien desde aquel momento estará cerca de ella.

Veamos ahora las interacciones que tuvo Jesús con María Magdalena.

Primero que todo, en el Evangelio de Marcos (16, 9) se describe que Jesús había expulsado siete demonios de María Magdalena. Por tanto, ella era una endemoniada que Jesús salvó y a la cual mostró la verdadera fe.

María Magdalena estaba presente en el momento de la crucifixión de Jesús (Marcos 15, 40; Mateo 27, 56; Juan 19, 25; Lucas 23, 49). En el Evangelio di Mateo (27, 61) se especifica que ella vio el cuerpo exánime de Jesús mientras era puesto en la tumba.

María Magdalena es la primera persona a la que Jesús se le aparece resucitado. En el Evangelio de Marcos (16, 9) se describe la aparición de Jesús a María Magdalena, pero es en el Evangelio de Juan donde hay una descripción más detallada. Veamos el Evangelio de Juan (20, 1-18):

El primer día de la semana, María Magdalena fue de mañana, siendo aún oscuro, al sepulcro; y vio quitada la piedra del sepulcro. Entonces corrió, y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto. Y salieron Pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró. Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro; y vio, y creyó. Porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos. Y volvieron los discípulos a los suyos. Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro). Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.

Por tanto, Jesús se le apareció primero a ella, una mujer, cuyo testimonio en la Judea de aquel tiempo valía menos que el de un hombre. ¿Por qué Jesús quiso aparecérsele primero a una mujer? La respuesta debe buscarse, a mi modo de ver, en la relación especial que Jesús tenía con el género femenino. Él puso a las mujeres en un plano de absoluto respeto y de igualdad respecto a los hombres, liberándolas del pecado cometido inicialmente por Eva, y dándoles una dignidad que siempre habían merecido.

Veamos la interacción de Jesús con la mujer adúltera.

Para empezar, veamos los pasajes del Evangelio de Juan (8, 1-11):

Y Jesús se fue al monte de los Olivos. Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba. Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.

En realidad, los fariseos habían utilizado el caso de la mujer adúltera para coger a Jesús con las manos en la masa.

En efecto, si Jesús la hubiera dejado ir en ese momento, hubiera actuado en contra de la Ley de Moisés. Si, en cambio, Jesús hubiera dicho que la condenaran, siguiendo al pie de la letra la Ley de Moisés, ¿cuál hubiera sido el valor de su enseñanza? Pero Jesús hace una afirmación inaudita que toma por sorpresa a los fariseos: “Quien esté libre de pecado, que le tire la primera piedra”. Jesús no niega el juicio de Dios, sino que invita a los presentes a examinarse y cambiarse a sí mismos antes de juzgar a otros. Jesús invita a la conversión. Ninguno se atreve a lanzar la primera piedra. Los presentes se examinan a sí mismos, recuerdan sus propios pecados y deciden no lapidar a la mujer. Se marchan. En ese momento, Jesús se acerca a la mujer y le devuelve su dignidad perdida. No obstante, la invita a no pecar más. El juicio sobre ella está solo suspendido; Jesús le da otra oportunidad

Consideremos ahora las interacciones de Jesús con la mujer samaritana.

Veamos los pasajes correspondientes al Evangelio de Juan (4, 1-30):

Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos habían oído decir: Jesús hace y bautiza más discípulos que Juan (aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos), salió de Judea, y se fue otra vez a Galilea. Y le era necesario pasar por Samaria. Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José.  Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta.

Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer. La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí.  Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva. La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados? Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.

Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá. Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad. Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar. Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas. Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.

En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella? Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo? Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él.

Ante todo, notamos que Jesús se acercó y dirigió la palabra a una mujer samaritana. Hablando con esta mujer, Jesús rompió varias barreras que impedían a los fariseos hablar a una persona en las condiciones de aquella mujer. Primero que todo, era una mujer samaritana, o sea no judía. En segundo lugar, era una pecadora, puesto que tenía una relación con un hombre por fuera del matrimonio. Pero Jesús no la excluye. Jesús la trata con ecuanimidad y le pide agua de aquella fuente. Ella se sorprende y en ese momento Jesús le habla, le demuestra respeto y le da dignidad. Luego, Jesús le declara su verdadera identidad. Él la acerca a la verdadera fe y a la convierte a Él. Una mujer pecadora se vuelve entonces discípula de Jesús. De hecho, proclama el Cristo a los otros habitantes del pueblo. Jesús la trató como persona, sin mirar que fuera mujer, samaritana o pecadora.

Veamos cómo Jesús interactúa con la mujer sirofenicia. Evangelio de Marcos (7, 24-30):

Levantándose de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón; y entrando en una casa, no quiso que nadie lo supiese; pero no pudo esconderse. Porque una mujer, cuya hija tenía un espíritu inmundo, luego que oyó de él, vino y se postró a sus pies. La mujer era griega, y sirofenicia de nación; y le rogaba que echase fuera de su hija al demonio. Pero Jesús le dijo: Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos. Respondió ella y le dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los hijos. Entonces le dijo: Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija. Y cuando llegó ella a su casa, halló que el demonio había salido, y a la hija acostada en la cama.

Esta mujer no era israelita sino griega, de origen sirofenicia. Jesús probó la fe y la humildad de la mujer extranjera. Ella se demostró humilde, y por esto fue premiada. Jesús expulsó el demonio que estaba presente en el cuerpo de la hija de la mujer. Jesús demostró una vez más su poder. Pero también acercó a esa mujer hacia Él, a la verdadera fe. Una vez más, Jesús tuvo compasión, mostró el verdadero rostro de Dios, compasivo.

Veamos cómo Jesús interactúa con las hermanas de Lázaro, María y Marta.

Hay tres episodios en los cuales estas son mencionadas. Veamos el primero. Evangelio de Lucas (10, 38-42):

Durante el viaje a Jerusalén, Jesús y sus discípulos llegaron a cierta aldea donde una mujer llamada Marta los recibió en su casa. Su hermana María se sentó a los pies del Señor a escuchar sus enseñanzas, pero Marta estaba distraída con los preparativos para la gran cena. Entonces se acercó a Jesús y le dijo:

—Maestro, ¿no te parece injusto que mi hermana esté aquí sentada mientras yo hago todo el trabajo? Dile que venga a ayudarme.

El Señor le dijo:

—Mi apreciada Marta, ¡estás preocupada y tan inquieta con todos los detalles! Hay una sola cosa por la que vale la pena preocuparse. María la ha descubierto, y nadie se la quitará.

Para comprender este pasaje hay que considerar que, en los tiempos de Jesús, a las mujeres no les era permitido profundizar en los temas de las Escrituras, la teología y la escatología. En este caso, María estaba escuchando las palabras de Jesús. Pero Marta se acercó a Jesús queriendo que María la ayudara en las tareas domésticas. En este punto, Jesús responde serenamente, afirmando que María ha escogido escuchar la palabra de Dios, que es lo más importante. Jesús dio entonces valor a María como persona. La puso en un plano absolutamente igual al de los hombres, afirmando su derecho a escuchar los asuntos de la fe. Además, le dio el derecho a María de no ser igual a Marta, sino de tener una personalidad propia, una individualidad.

Veamos ahora el segundo pasaje de Juan (11, 17-44):

Vino, pues, Jesús, y halló que hacía ya cuatro días que Lázaro estaba en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén, como a quince estadios; y muchos de los judíos habían venido a Marta y a María, para consolarlas por su hermano. Entonces Marta, cuando oyó que Jesús venía, salió a encontrarle; pero María se quedó en casa. Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. Mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará. Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero. Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo. Habiendo dicho esto, fue y llamó a María su hermana, diciéndole en secreto: El Maestro está aquí y te llama. Ella, cuando lo oyó, se levantó de prisa y vino a él. Jesús todavía no había entrado en la aldea, sino que estaba en el lugar donde Marta le había encontrado. Entonces los judíos que estaban en casa con ella y la consolaban, cuando vieron que María se había levantado de prisa y había salido, la siguieron, diciendo: Va al sepulcro a llorar allí. María, cuando llegó a donde estaba Jesús, al verle, se postró a sus pies, diciéndole: Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano. Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró. Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba.Y algunos de ellos dijeron: ¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera? Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima. Dijo Jesús: Quitad la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto. Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado. Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir.

En este pasaje, Jesús muestra compasión de Marta y María. Jesús escucha la desesperación de Marta por la pérdida del hermano y después de haber declarado su Divinidad, Jesús le pregunta a Marta si ella cree en Él. Marta responde afirmativamente. Con María la conversación es diferente. Ella se desespera y Jesús llora. Jesús demuestra su plena humanidad con María. Luego Jesús hace un milagro: resucita a Lázaro, logrando así suscitar en Marta, en María y en todos los presentes la verdadera fe en Él.

Veamos ahora el tercer pasaje en el Evangelio de Juan (12, 1-8):

Seis días antes de la pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto, y a quien había resucitado de los muertos. Y le hicieron allí una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él. Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume. Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar: ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres? Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella. Entonces Jesús dijo: Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto. Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, mas a mí no siempre me tendréis.

Este pasaje se refiere a la unción de Betania. María de Betania hizo un gesto de veneración máximo respecto a Jesús. Con este gesto lo consagró como el único Mesías de Israel. Judas se opuso a este gesto de veneración; en primer lugar, porque no reconoce en Jesús al Mesías y, además, porque era un ladrón y hubiera querido posesionarse del valor de aquel perfume.

Veamos cómo Jesús interactúa con una mujer pecadora.

En el Evangelio de Lucas se registra también otra “unción”. Una mujer pecadora entró en el cuarto donde Jesús estaba conversando con fariseos y se echó a los pies de Jesús. Veamos el pasaje correspondiente del Evangelio de Lucas (7, 36-50):

Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume. Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora. 

Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro. Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más? Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado. Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. 

No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados. Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados? Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz.

También en este caso Jesús mostró su compasión con la mujer pecadora. Jesús percibió su real arrepentimiento y la perdonó, le dio otra posibilidad. El fariseo lo enfrentó inmediatamente sosteniendo que aquella mujer era una pecadora y que Jesús no habría debido hablar con ella. En este momento, Jesús aprovecha la ocasión para instruir al fariseo sobre el hecho de que con el arrepentimiento y el amor una persona puede obtener el perdón de sus pecados.

En suma, las mujeres tuvieron un rol central en la predicación de Jesús. Él las escuchó, las comprendió, les dio dignidad, las sanó de enfermedades y encendió en ellas una esperanza; despertó en ellas la verdadera fe, les mostró compasión y las volvió libres.

Por: Yuri Leveratto
(1968, Génova, Italia) explorador, economista y escritor
Yuri Leveratto (1968, Génova, Italia) explorador, economista y escritor.
Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com

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