Cargando...

El mensaje central del relato bíblico es que el Hijo de Dios se sacrificó en la cruz para expiar todos los pecados. Las páginas del Antiguo Testamento, con las profecías, y las del Nuevo Testamento, con el cumplimiento de las profecías, están enfocadas en la muerte expiatoria de Jesucristo. La cruz, por tanto, es la solución divina para el problema más grande del mundo: el mal, cuyo origen es el pecado.
La muerte de Jesucristo en la cruz es, por tanto, el primero de los dos eventos fundamentales de toda la historia humana (el segundo evento fundamental es la Resurrección, la victoria de Jesucristo sobre la muerte).
Uno de los versos bíblicos de los cuales se deduce la importancia de la muerte en la cruz de Jesucristo es el siguiente: Primera epístola a los corintios (1, 18):

Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.

Luego de la muerte en la cruz de Jesucristo, sucedió su Resurrección. Y luego de la Resurrección, aconteció el envío del Espíritu Santo. Por tanto, comenzó la predicación de los Apóstoles y empezó a formarse la Iglesia de Cristo.
En el Nuevo Testamento, por tanto, la cruz y la Iglesia están estrechamente relacionadas. Es por medio de la cruz que Dios acerca a la redención a personas de todas las naciones, de manera que sean una sola nación, un solo cuerpo, una sola “esposa”: la esposa de Cristo, la Iglesia.

La cruz, por tanto, crea la Iglesia. La Iglesia surge en la medida en que es el resultado de la redención de los pecadores. Sin la cruz, no habría Iglesia.
Veamos a tal propósito este pasaje bíblico.

Hechos de los Apóstoles (20, 28):

Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo os ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual Él compró con su propia sangre.

La Iglesia, por tanto, no es una institución. No es un edificio, no es una organización. La Iglesia es el pueblo que Dios encarnado rescató con su propia sangre.
Es verdad que los cristianos fueron rescatados por la sangre de Cristo. Pero es también cierto que los cristianos no están exentos del pecado. De este modo, la cruz purifica continuamente a la Iglesia. En efecto, los cristianos no solo necesitan salvación, sino que necesitan también conservar la propia salvación. Veamos a tal propósito este verso de la Primera epístola de Juan (1, 7):

Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.

El cristiano se mantiene salvado siempre y cuando camine en la luz. Según el Apóstol Juan, “caminar en la luz” indica dos cualidades espirituales del carácter de una persona. Primero que todo, la fe en que Jesús nos salvará. A propósito, veamos estos dos versos de la Primera epístola de Juan (2, 1-2):

Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.

Es evidente que nadie podrá ganarse la salvación (Epístola a los efesios 2, 8-9), pero el cristiano se caracteriza por tener fe en que Jesús tiene el poder de salvarlo.
En segundo lugar, el cristiano se caracteriza por seguir la voluntad de Dios. Veamos a tal propósito este pasaje de la Primera epístola de Juan (2, 4-5):

El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él.

Hay un último punto a destacar en el análisis sobre la estrecha relación entre la cruz y la Iglesia.
La cruz recuerda diariamente a los cristianos el calvario de Cristo, el hecho de que él murió en nuestro lugar, expiando así nuestros pecados. Veamos este verso de la Primera Epístola de Juan (4, 19):

Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.

Cada vez que los cristianos analizan la vida de Jesús, se sienten cada vez más atraídos por él y desean seguir sus enseñanzas. Veamos a tal propósito este pasaje de la Segunda epístola a los corintios (3, 18):

Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.

La cruz impulsa entonces a los cristianos a entregar cada vez más las propias vidas a Cristo. No hay cristiano más motivado en hacer las obras de Cristo que quien entiende y da valor al sacrificio que hizo Dios encarnado por él en la cruz.

Por: Yuri Leveratto
(1968, Génova, Italia) explorador, economista y escritor
Yuri Leveratto (1968, Génova, Italia) explorador, economista y escritor.
Traducción de Julia Escobar Villegas
julia.escobar.villegas@gmail.com


Permitida su reproducción total o parcial citando la fuente