“No pienso seguir arriesgando el pellejo por los condenados prusianos y los grandes capitalistas”, escribió un soldado alemán en agosto de 1917, cuando la Primera Guerra Mundial (1914-1918) entraba en su cuarto año y la carnicería no parecía tener fin.

Pasaría más de un año hasta que a fines de septiembre de 1918 la comandancia del Ejército del Imperio Alemán bajo Paul von Hindenburg y Erich Ludendorff pidiera la firma de un armisticio.

Durante el conflicto, de cuyo final de cumplen ahora 100 años, se habían agudizado las tensiones sociales. La escasez de alimentos golpeaba no solo a los trabajadores, sino también a los empleados y los funcionarios.

La autoridad del emperador Guillermo y del Gobierno se caía a pedazos y el deseo de poner fin lo más rápido posible a una conflagración sin sentido se apoderó de gran parte de la población.

A finales de octubre se rebelaron marineros en Wilhelmshaven y Kiel contra las injusticias y arbitrariedades y se negaron a emprender la última batalla contra las fuerzas británicas.

A los marineros se sumaron en otras ciudades trabajadores y soldados, que conformaron consejos siguiendo el modelo soviético. En Bremen, Hamburgo y Colonia ondearon las banderas rojas y hombres armados dominaron las calles.

El presidente estadounidense, Thomas Woodrow Wilson, se mostró dispuesto a firmar el cese el fuego bajo la condición de que Alemania se convirtiese en una democracia. El canciller Max von Baden intentó sin éxito convencer al káiser de que dejase el trono y pese a la negativa de éste, anunció el 9 de noviembre la abdicación del monarca.

Von Baden traspasó la jefatura de Gobierno al presidente del ala mayoritaria del Partido Socialdemócrata (SPD), Friedrich Ebert. A las 14 horas, su correligionario Philipp Scheidemann proclamaba la república.

“Lo viejo, podrido se ha derrumbado, el militarismo está eliminado, los Hohenzollern han abdicado”, sostuvo Scheidemann desde el balcón del Reichstag, la sede del Parlamento.

A menos de dos kilómetros de distancia y casi de manera simultánea, Karl Liebknecht, líder de la Liga Espartaquista, una rama que se escindió del SPD, proclamaba “la libre república socialista de Alemania”.

Ebert, líder de la mayoría del SPD, propuso a los radicales del SPD independiente la formación de un nuevo Gobierno. El 10 de noviembre, el emperador viajó desde el cuartel general en la ciudad belga de Spa a Holanda para pedir asilo. Guillermo II nunca volvería a Alemania y moriría en 1941 en el exilio.

El 11 de noviembre, Alemania firmó la tregua en la localidad francesa de Compiègne. Debido a que el Gobierno anterior y los militares no habían tenido el valor de hacerlo, fueron los civiles socialdemócratas los encargados de pedir la paz.

Los conservadores después les echarían esto en cara. Von Hindenburg afirmó más tarde que el Ejército alemán no había sido vencido en el frente, sino que había “recibido una puñalada por la espalda”.

El nuevo Gobierno trató de organizar rápidamente elecciones para la constitución de una Asamblea Nacional, pero ya los primeros meses fueron conflictivos. La Liga Espartaquista, que posteriormente se convertiría en el Partido Comunista de Alemania, no estaba dispuesta a cooperar con las autoridades socialdemócratas.

En enero de 1919 los espartaquistas se rebelaron y ocuparon las redacciones de diarios en Berlín. El Gobierno de Ebert mandó a las tropas militares a reprimir el alzamiento. Los líderes Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron secuestrados y asesinados por cuerpos de voluntarios.

Debido a los choques en Berlín, la Asamblea Nacional se constituyó en los meses siguientes en la ciudad de Weimar, unos 200 kilómetros al sur de la capital, para elaborar una Constitución, y eligió presidente a Ebert.

La Constitución de Weimar entró en vigor en 1919, pero los conflictos persistieron. En junio de 1919 fue firmado el Tratado de Versalles que atribuyó la culpa de la guerra a Alemania y a sus aliados y que contemplaba el pago de altas sumas de reparación de guerra y la pérdida de todas sus colonias y de 13 por ciento de su territorio.

Las condiciones del tratado de Versalles fueron consideradas inaceptables por los sectores más conservadores del país, que echaban la culpa de ello al gobierno socialdemócrata. Al mismo tiempo, el Partido Comunista y las fuerzas más radicales del SPD acusaban al Gobierno de traicionar a la clase trabajadora al haber reprimido la revolución.

Estos factores contribuyeron a la inestabilidad de la llamada República de Weimar. Tras la hiperinflación de 1923, la situación económica se distendió y llegaron los “dorados años veinte”, pero la crisis de 1929 volvió a golpear con fuerza al país y favoreció el fracaso de la república hasta la llegada de Adolf Hitler al poder en 1933 y el comienzo de la dictadura nacionalsocialista.

Por: Esteban Engel (dpa)