La figura femenina, ancestralmente ha sido muy marginada, es más, en la antigua cultura judía y de otros pueblos, la mujer era vista como un simple objeto, por eso la poligamia de los reyes implicaba muchas concubinas o “esposas”, como si eso fuera tener un rebaño de ovejas, o manada de animales.

Además, la idea de la circuncisión en el pueblo de Israel estaba en función de hacer hijos de Dios a los varones, entonces obviamente, las mujeres quedaban excluidas. Eso sí, en caso de hallarse a la mujer en adulterio, la ley mosaica permitía matarla a pedradas, o ser repudiada (aquí cabía el divorcio o separación).

En culturas posteriores, la mujer siguió como víctima de marginación y maltrato, es más, en los Estados Unidos, la mujer que se casa debe adoptar el apellido de su marido; en el caso de Costa Rica en las últimas décadas, la mayoría de personas escriben su nombre en documentos solo acompañado por el apellido del papá y se omite el de la madre, salvo los casos de los hijos de madres solteras y que por una u otra razón, no aparecen en el registro civil con el apellido del presunto padre biológico.

Entonces, poner solo el apellido paterno, es como tratar de decir que una persona solo es producto de un varón o donde el aporte biológico de la madre no tiene importancia, ¡qué ironía! Pero la verdad es que, Dios en su plan perfecto sobre la creación, dispuso del elemento femenino para permitir el don de la vida.

Por otra parte, los patrones sociales actuales, lejos de poner en alto la figura de la mujer, lo que han hecho es “mercadearla”. Prueba de eso es, la proliferación de la pornografía, el erotismo llamado “modelaje”, que inunda revistas, periódicos anuncios de televisión, entre otros medios.

Además, muchas mujeres por intereses económicos y hedonistas, pervierten su dignidad de muchas maneras, como la promiscuidad, la infidelidad conyugal y el inicio de relaciones sexuales precoces, o en un ambiente de relaciones prematrimoniales, o sin ningún nexo formal (entendido como concubinato).

Pese a lo anterior, muchas personas tienen el argumento de que se debe tener una mente abierta, en cambio se molestan cuando se les habla del valor de la castidad, de la mesura, la cordura y del respeto, aspectos que debieran estar presentes en toda conducta humana, en especial en aquellas personas que se precian de ser buenas cristianas.

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Comentarista de temas cotidianos