Muchas veces nos hemos preguntado si las personas que no han recibido nunca el Evangelio podrán ser juzgadas por Dios.

Yuri Leveratto (1968, Génova, Italia) explorador, economista y escritor.

Hay quienes piensan que algunos reducidos grupos de indígenas que viven en las profundidades de la Amazonia (los llamados no contactados) y algunos grupos de esquimales que viven en remotas zonas del Ártico no podrían ser juzgados por Dios, justamente porque no han recibido el Evangelio y no han escuchado jamás hablar de Jesucristo.

En la Biblia, sin embargo, se encuentra la respuesta a este particular interrogante. Veamos lo que escribe Pablo de Tarso en la Epístola a los Romanos (2, 12-16):

“Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados; porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados.

Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos, en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio.”

Analicemos estos importantes pasajes. En la primera parte, Pablo de Tarso sostiene que quien ha pecado sin ley perecerá sin ley y quien ha pecado teniendo la Ley (dada por Moisés) será juzgado con base en la ley. El hecho, sin embargo, de que quien ha pecado sin Ley perecerá sin Ley, no significa que no será juzgado.

La respuesta está en el decimocuarto y decimoquinto verso. Dios puede juzgar también a quien no ha recibido la Ley y el Evangelio porque la Ley está impresa en la naturaleza misma de cada persona: la Ley está escrita en el corazón del hombre.

El sentido moral es fundamentalmente igual para todos los seres humanos. También los indígenas de las tribus no contactadas de la Amazonia saben que no se debe matar, robar o cometer adulterio. Conocen la diferencia entre el bien y el mal, exactamente como la conocemos nosotros, que hemos recibido los diez mandamientos y luego la Gracia con el Evangelio.

Quien ha recibido el Evangelio tiene una responsabilidad mayor respecto a estos grupos de personas no contactadas, justamente porque más allá de la ley moral de la consciencia, ha recibido también la Ley de Dios y el Evangelio.
Las personas que no han recibido el Evangelio y que no conocen a Jesucristo tienen, por tanto, la posibilidad de salvarse siguiendo la Ley de Dios, que está impresa en sus corazones.

En este punto alguien podría objetar: si quien no ha recibido la Ley ni el Evangelio se puede salvar, ¿qué sentido tuvo entonces la revelación de Dios a Moisés y la revelación final y perfecta de Jesucristo?

La revelación es progresiva y, por tanto, quien acoge el sacrificio de Jesucristo sobre la cruz tiene la certeza de salvarse porque recibirá el Espíritu Santo. La Gracia indica el camino seguro para quien lo acepta. Nadie, por tanto, es olvidado por Dios. La Gracia es dada a todos, pero también el Juicio será para todos. El Juicio será efectuado por Dios de forma individual, con base en la fe del hombre.

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