La Segunda Guerra Sino-Japonesa que libraron China y Japón durante la “Era de Entreguerras” y la Segunda Guerra Mundial fue uno de los conflictos bélicos más feroces y sangrientos del siglo XX. De entre todos los crímenes cometidos a lo largo de esta confrontación militar en el Lejano Oriente, la Masacre de Nankíng acaecida en 1937 estuvo considerada uno de los episodios más salvajes y violentos de la Historia.

Capturada Shanghái tras una durísima batalla en octubre de 1937, los japoneses se trasladaron hacia el norte y conquistaron Nankín (en la imagen que ilustra este artículo, la entrada del ejército). Los comandantes del ejército nacionalista chino habían huido antes de la entrada de los nipones, dejando atrás a miles de soldados chinos atrapados en la ciudad amurallada. Muchos de ellos se quitaron los uniformes y escaparon a la llamada Zona de Seguridad, preparada por y para los residentes extranjeros de Nankín. Lo que ocurrió después ha sido la base de una constante controversia histórica y tensión política entre China y Japón hasta hace pocos años.

Los crímenes de guerra cometidos durante este episodio incluyen el pillaje, la violación y la matanza de civiles y prisioneros de guerra, en muchas ocasiones con extrema crueldad. El debate entre China y Japón sobre el alcance de las atrocidades va desde la afirmación del gobierno chino de que la cifra de muertos no combatientes fue superior a 300.000 hasta la del ejército japonés, ante el Tribunal Militar Internacional de Extremo Oriente (conocido como Tribunal de Guerra de Tokio) después de la Segunda Guerra Mundial, de que los muertos habían sido todos militares y de que no hubo masacres organizadas contra los civiles.

japones bajoneta
Una de las fotos reales más impactantes del saqueo de Nanjing: un soldado japonés atraviesa un bebé con una bayoneta. La crueldad de aquellos días superó la ficción

Zona de Seguridad de Nankín

Numerosos occidentales se encontraban viviendo en la ciudad por razones comerciales o bien en viajes misionales con distintos grupos religiosos. En el momento en que el ejército japonés comenzó a lanzar ataques aéreos sobre Nankín, la mayoría de los occidentales y todos los periodistas regresaron a sus respectivos países, exceptuando a 22 personas. El empresario alemán de Siemens John Rabe (presumiblemente por su condición de Nazi y gracias al Pacto Antikomintern firmado entre el Imperio de Japón y Alemania), prefirió permanecer en la ciudad y formó el Comité Internacional para la Zona de Seguridad de Nankín. Rabe fue elegido como su líder.

Este comité estableció la Zona de seguridad de Nankín en el cuarto oeste de la ciudad. El gobierno japonés había acordado no atacar aquellas partes de la ciudad que no tuvieran milicia china. Por esa razón, los miembros del Comité Internacional para la Zona de seguridad de Nankín convencieron al gobierno del país de sacar todas sus tropas de su área.

Los nipones respetaron hasta cierto punto la Zona de seguridad; ningún proyectil atacó aquella parte de la ciudad, exceptuando unos cuantos tiros perdidos. Durante el caos que siguió al ataque de la ciudad, algunas personas fueron asesinadas en la Zona de Seguridad, pero las atrocidades cometidas en el resto de la ciudad resultaron enormemente peores.

John H.D. Rabe es conocido como el Oskar Schindler de Nankín, con sus acciones logró salvar las vidas de unos 200.000 chinos.

Las victimas fueron el doble de las bombas de Hiroshima y Nagasaki untas

El Tribunal de Guerra de Tokio estimó el número de muertes en 250.000. Mucho más tarde, en diciembre de 2007, algunos documentos desclasificados por el gobierno de Estados Unidos, que hasta entonces habían sido secreto de Estado, arrojaron una cifra total de muertos de 500.000, tomando en consideración también lo sucedido en los alrededores de la ciudad antes de su captura.

Al margen de la “guerra de cifras”, el relato de testigos presenciales tanto occidentales como chinos mostró al mundo que, en el transcurso de seis semanas después de la caída de la ciudad, las tropas japonesas se entregaron a una brutal orgía de violaciones, asesinatos, robos, incendios y otros crímenes de guerra. Prueba de ello son los diarios de algunos extranjeros, como John Rabe y Minnie Vautrin, que optaron por quedarse con el fin de proteger a los civiles chinos en la medida de lo posible. La violencia no respetó a nadie: niños, jóvenes, mujeres y ancianos fueron violados, atravesados a bayonetazos, decapitados, mutilados o enterrados vivos.

Una prueba de la crueldad de la masacre: se hallaron a decenas de miles de personas enterradas con las manos atadas a la espalda.

Y un episodio especialmente truculento: el “concurso” entre dos oficiales japoneses, Toshiaki Mukai y Tsuyoshi Noda, para ser el primero en matar por decapitación a 100 personas con una catana.

concurso decapitacion+1
Los periódicos japoneses Osaka Mainichi Shimbun y Tokyo Nichi Nichi Shimbun publicaron la noticia.
El titular fue: “Récord increíble en el concurso para decapitar a 100 personas: Mukai 106 y Noda 105

Ganó Mukai, que se dejó llevar y asesinó a 106. Tras la capitulación de Japón, ambos fueron fusilados por sus crímenes en Nankín.

Toshiaki Mukai y Tsuyoshi Noda