La masacre olvidada

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El 6 de diciembre de 1928, un número indeterminado de colombianos fue cruelmente asesinado en la plaza de Ciénaga, Magdalena, mientras esperaban que un documento con nueve peticiones fuera resuelta por la multinacional United Fruit Company y el Gobierno colombiano, para dar así por terminada una huelga de casi un mes en la zona bananera.

Casi 90 años después de este episodio, la masacre de las bananeras es un evento que parece más sacado del realismo mágico de Gabo en 100 años de Soledad, cuando José Arcadio Segundo reta al general Cortés Vargas a disparar y termina en la muerte de tres mil manifestantes que exigían mejores condiciones de trabajo, en lo que perfectamente pudo haber sido considerado como un enclave de esclavos.

Poca claridad se tiene sobre el paradero de los documentos oficiales, recortes de prensa, telegramas, informes y archivos de este crudo episodio que marcó el inicio del movimiento obrero en el país y que ha logrado sobrevivir como episodio histórico, gracias al legado oral de quienes la contaron a sus descendientes y de los historiadores que se han negado a dejar que este episodio sea borrado de la consciencia nacional.

La historia perdida

A pesar del tinte literario al que hoy en día se asocia la historia de los campesinos y jornaleros que murieron anónimos ese amanecer en Ciénaga, es claro que hubo un esfuerzo determinante de las autoridades, de la multinacional y sus aliados, para borrar la información concerniente a cómo sucedieron los hechos en esa madrugada.

Wilfredo Padilla, historiador de la Universidad del Magdalena y coordinador del Museo Etnográfico de Santa Marta, comenta que en el Archivo histórico del departamento del Magdalena solo existen algunos pocos documentos oficiales que hacen referencia al año de la masacre.

“Mientras que de los otros años posteriores y anteriores a 1928 hay 20, 30 y hasta 50 cajas con documentos oficiales del año en cuestión solo hay tres cajas con documentos y nada tienen que ver con los sucesos registrados en las bananeras” afirma. “En un telegrama de la United Fruit Company al Departamento de Estado norteamericano, se habla de más de mil muertos, pero esto fue una cifra que nunca se pudo confirmar”.

Varios historiadores e investigadores del tema coinciden en afirmar que detrás de los hechos que intentaron silenciar lo sucedido en las masacre, estuvo el general Carlos Cortés Vargas, quien fue el que finalmente dio la orden de disparar a la multitud que estaba en la Estación Central de Ciénaga.

En su momento, el general se defendió diciendo que lo había hecho porque los huelguistas estaban armados y con el fin de garantizar la soberanía nacional, ante la amenaza de marines estadounidenses que se encontraban prestos en las costas colombianas para entrar a manejar el tema directamente.

Foto: Cortesía Museo Etnográfico de Santa Marta de la Universidad del Magdalena.

Otro de los mitos habla de un general embriagado de alcohol y de poder, con un muy mal carácter que finalmente sería destituido de su cargo años después por estar vinculado con la muerte de un estudiante en una protesta en Bogotá, pero que curiosamente no fue juzgado nunca por el accionar aquel amanecer del 6 de diciembre de 1928.

Rafael Darío Jiménez, escritor, investigador y periodista samario, afirma que pese a la tentativa del general y de otras fuerzas políticas de la época para silenciar los hechos, cabe destacar las acciones del sacerdote de Aracataca Francisco C. Angarita, quien envió una carta al entonces representante Jorge Eliécer Gaitán, relatando los sucesos.

“Cuando vio los atropellos, él quiso defender a los obreros que perseguían y los hizo meter a la iglesia y le dijo a los soldados que tenían que pasar por su cadáver y por eso no los ultimaron”, por esa razón Gaitán decidió hacer la gran defensa de la matanza de las bananeras y pudo constatar que había cientos de cadáveres enterrados en fosas comunes y los testimonios que revelaban que muchos otros habían sido arrojados a ultramar.

El poder de la multinacional

La multinacional United Fruit Company se estableció en esta zona hacia comienzos del siglo XX y en menos de 20 años había logrado apoderarse de una gran cantidad de terrenos baldíos en la zona. Arturo Bermúdez, historiador y profesor de la Universidad del Magdalena, habla que muchos de los personajes insignes de la sociedad samaria de esa época también se hicieron los de la vista gorda con las injusticias que venía cometiendo la compañía.

En los primeros años, la multinacional logró llevar a la quiebra a pequeños campesinos, venidos en su mayoría de otras zonas del país como Antioquia y Santander, que se dedicaban al cultivo de tabaco, cacao, caña de azúcar y café que durante muchos años habían sido los productos principales en el desarrollo de la economía regional.

Posteriormente, la empresa comenzó a cobrar cada vez más por los servicios de transporte de estos productos, razón por la cual estos pequeños proveedores tuvieron que dejar los cultivos tradicionales de la zona y dedicarse a sembrar banano.

De igual manera, gran parte de estos campesinos y poblaciones rurales de los municipios de Ciénaga hasta Fundación, en la actualidad, debieron comenzar a trabajar en las plantaciones de la compañía.

“Los trabajadores vivían en muy malas condiciones, trabajaban jornadas de más de 12 horas, sin descansos, no había puestos de salud, ni se les pagaba con moneda colombiana sino con unos bonos que tenían que cambiar por productos en los comisariatos, que eran unas tiendas que la multinacional tenía. La flota blanca que fue como se llamó a los barcos que llevaban el banano a Estados Unidos y Europa, se iba cargada de banano y llegaba llena de productos que distribuían en los comisariatos y que debían por obligación consumir los trabajadores”, explica Bermúdez.

Esto, sumado al hecho de que la multinacional nunca contrataba directamente a la gran parte de los trabajadores y por ende, no consiguió que ni la multinacional ni el Gobierno Nacional reaccionaran a las peticiones de los trabajadores para exigir mejores circunstancias laborales, fueron los hechos que desde el 12 de noviembre de ese año, motivaron la huelga.

Para Bermúdez y Padilla expertos consultados para el desarrollo de este informe, la situación tras la masacre no mejoró en los años que siguieron y progresivamente los sobrevivientes debieron afrontar circunstancias difíciles que los obligaron a migrar o a seguir en una grave situación de miseria.

“Después esta zona decayó como bananera y estos pueblos se quedaron sin mucho desarrollo y progreso, sus dinámicas económicas no ha sido muy fuertes y siguen siendo pueblos de agricultores viviendo de alguna producción agropecuaria. Aunque han sido declarados Pueblos Patrimonios, la misma Sevilla y Aracataca, lamentablemente estos pueblos no se han desarrollado” afirma Bermúdez.

Después de la decadencia del banano, muchas de estas zonas fueron dedicadas al pastoreo y desde hace algunos años estas tierras han pasado a ser sembradas de palma de aceite, un cultivo en auge para productos de cocina, de belleza y biocombustibles.

“En este momento son más las hectáreas que se están utilizando para el cultivo de Palma de aceite, que no requiere tanta mano de obra y da menos empleo, es un cultivo que no necesita ni tanta gente trabajando ni tanta atención. Además este cultivo va secando la tierra, quitándole los minerales, por lo que en un futuro quien sabe qué pasará aquí, serán tierras de pastoreo que será lo único que prenda aquí” dice Wilfredo Padilla.

Ante esto, es claro que lo que se conocía como la zona bananera y que en algún momento de nuestra historia fue el epicentro de movimientos sociales y culturales determinantes en lo que hoy es nuestro país, quedará para el futuro como un paisaje alumbrado momentáneamente por el oro verde y una masacre sacada de una historia de Gabriel García Márquez.

Por: Vanessa Vallejo V.


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