I.- NADIE ES PARA SÍ

El viento está poblado de versos,
de versos que ya fueron y son,
y que vuelven a ser el ritmo
de nuestro cohabitar en familia.
Todo se mueve a golpe de corazón.

Cada cual construye en su casa,
un candelabro para darse luz,
y así hacer camino en los demás,
pues la esencia de lo que somos,
es el amor que nos reúne y une.

Yo soy para mis latidos, el pulso
que todo lo pone en movimiento,
y la pausa que todo lo embellece.
De este encuentro, nace el himno
más sublime, de que nadie es para sí.

II.-  TRANSMISIÓN DE VIDA

Fundidos en el amor, todo se abre
paciente a la fecundidad del ser,
a la transmisión del espíritu cristalino,
según el orden del orbe pensado,
que no es otro que el donarse sin más.

Somos la ofrenda de Dios a la vida,
despojémonos de toda arrogancia,
pues lo que se aguanta nos sublima,
lo que nos aguarda nos recrea y crea,
hasta volvernos y envolvernos alma.

Para que desprendidos del cuerpo,
seamos el recuerdo para algunos,
para otros una contracción
del macrocosmos o del microcosmos,
y para siempre el sueño del Creador.

III.- CRECER EN EL AMOR

Retornemos al edén, previo crecer
en el amor, para coexistir y hallarse.
Hemos de ser lugar de sostén,
de acompañamiento, de guía,
hasta reinventarnos en el silencio.

Que amar es vivir sin vivir uno,
desvivirse por aquello que se ama,
morir por su causa si es preciso;
pues la verdadera contrariedad,
es pasar los días sin haber amado.

Que nadie se confunda de métrica,
y se deje sugestionar por el vacío,
pues para querer y ser querido,
antes hay que perdonarse a sí mismo,
y luego, armonizar los sentimientos.