I.- LA POTENCIA DE LA INSPIRACIÓN

Somos recipientes de barro en un mundo de fuego.
Vamos de acá para allá sin saber qué nos aguarda.
Nos creemos eternos hasta que la muerte nos coge.
Olvidamos que nada somos por sí mismos sin aire.

El aliento de Dios que nos anida, nos da existencia
y también consistencia para el camino del verso,
sólo tenemos que dejarnos arropar por sus latidos,
y tejer una entrega generosa en nuestra fragilidad.

Pues la fuerza de vivir no es nuestra, sino de Jesús.
Su regla es bien clara: ama a todo y en todo lugar.
Su proclama es bien profunda: quiérete para querer.
Su regla es bien virtuosa: la bondad como lenguaje.

Por ello, hay que despojarse de todas las miserias,
volver a ser más cristalinos que el agua del cielo;
sentirnos auténticos en la palabra para ser aurora,
hasta concebirnos nada, sin la fuerza del Creador.

II.- NACER DE LAS ENTRAÑAS

No me gustan las noches sin manto de estrellas,
tampoco me ensimisman los días sin naciente,
tras el viento que sopla hay un sol que ilumina,
a renacer en el níveo poema, a nacer en el espíritu.

Hemos de volar libres como pájaros celestes,
para remontar este infierno y realzar el sueño
de la reencarnación del verbo, no de las ideas;
que quien escucha su voz, esclarece la vida.

Es hora de liberarse de estos lazos mundanos,
de retornar a la belleza y de embellecernos,
de reanudar, con mucho amor, el cauce del curso
de la naturalidad y, así, revivirnos en armonía.

Que lo armónico nos concilia y reconcilia el alma,
nos hace grandes a los ojos de lo imperecedero,
pues la perpetuidad es la esencia de lo que somos:
un ayer que no es y un hoy que se nos revela vivo.


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