¿Por qué ha sido y sigue siendo tan difícil el ejercicio de la oposición política en Colombia? ¿Qué ha pasado con los partidos de oposición desde la izquierda y desde la derecha? ¿Dónde estamos y que más necesitamos?

Quienes quieran exaltar la historia de Colombia podrían vanagloriarse de nuestra democracia con más de doscientos años de historia -una de las más antiguas del mundo-. Un par de efímeros gobiernos militares (1854 y 1954) no trastocaron el orden constitucional democrático.

Sin embargo la democracia colombiana tiene la lúgubre característica de haber aprendido a convivir con la guerra. Quince constituciones junto con ocho guerras civiles durante el siglo XIX, así como seis grandes reformas en el XX y una nueva Constitución en 1991 han coexistido con La Violencia de los años cuarenta y cincuenta y con el denominado “Conflicto Armado”, la guerra que vivimos desde los años sesenta y que hoy tratamos de cerrar.

Esta paradoja obedece a la gran complejidad de la política colombiana donde -como señala Hernando Valencia Villa – las constituciones republicanas y democráticas han servido como “cartas de batalla” para afianzar el dominio de facciones políticas siempre en guerra. En este sentido, el Estado colombiano ha resultado ser una ficción que -como muestra  Fernán González- obedece a naturalezas y trayectorias distintas en cada región, donde las instituciones públicas siguen su proceso particular de formación en medio de la lucha por el poder y la violencia.

En este contexto, Juan  Fernando Londoño nos ofrece un estudio riguroso, desde lo histórico, lo estadístico, lo teórico y lo jurídico, sobre el problema de la oposición política en Colombia.

La pertinencia del estudio de Londoño radica en que a pesar de ser un pilar fundamental de la democracia, el concepto de la oposición no ha recibido mayor atención dentro de los estudios teóricos de la ciencia política.

Tras recoger la obra de los autores que han decidido abordar el concepto, Londoño da a entender un hecho fundamental: así como cada democracia es un producto distinto y particular de su sociedad, así también la forma de su oposición es diferente y autóctona.

La particularidad del caso colombiano consistiría en que  nuestro sistema político nunca ha sido capaz de abrirle un verdadero espacio al ejercicio de la oposición, y eso pone en duda el carácter democrático de nuestra república.

Por la fuerza o por la tentación, la forma de ser de la política colombiana parece desestimular el ejercicio de la oposición y sus intentos de convertirse en alternativa frente al establecimiento.

De La Violencia a El Conflicto en una democracia sin oposición

Londoño sostiene que buena parte del problema radica en la fórmula para conjurar la violencia y la crisis institucional de los años cincuenta: el Frente Nacional.

Es un lugar común decir que la violencia política y social de las últimas décadas es consecuencia de la exclusión política provocada por liberales y conservadores con el Frente Nacional, pero la reflexión de Londoño va más allá. El autor señala con acierto que, para la época, los líderes de ambos partidos no habrían pensado en terceras opciones porque no existían las figuras que las representaran en la escena nacional. Así que la exclusión política fue un problema real pero no buscado.

Juan  Fernando Londoño nos ofrece un estudio riguroso, desde lo histórico, lo estadístico, lo teórico y lo jurídico, sobre el problema de la oposición política en Colombia.

En cambio, Londoño señala que los creadores del Frente Nacional fallaron en entender que La Violencia que buscaban conjurar consistía en tres formas de conflicto que, aunque simultáneas, tenían causas diferentes:

  • Una violencia política desplegada desde el Gobierno hacia la oposición.
  • Una violencia subversiva, originada en la resistencia a esa represión.
  • Una violencia más regional y microsocial, que aprovechaba las dos violencias anteriores para resolver conflictos en el plano local.

Un primer resultado de este cruce de violencias es que el rol de la filiación partidista pasa a un segundo plano. Más allá del abuso del poder del Gobierno conservador, también es cierto que agentes del Estado liberales abusaron de su poder en esa época, y que el antagonismo partidista fue una especie de canalizador y catalizador de conflictos locales latentes y arraigados en causas económicas y particulares.

Un segundo resultado de este enfoque es notar cómo el Frente Nacional resolvió el primero de estos tres tipos de violencia, pero no dio una salida política para los focos subversivos que acabarían convertidos en las guerrillas comunistas, ni atendió a los conflictos locales que reproducirán la violencia por todo el país hasta el siglo XXI.

Un Estado fragmentado

Para Londoño, las herencias del Frente Nacional trascienden el marco normativo y llegan hasta la actualidad. El modelo de una democracia incompleta y excluyente que coexiste con la violencia se nutre del sistema político de la segunda mitad del siglo XX, pero lo trasciende hasta hoy porque sus prácticas quedaron afianzadas.

Londoño señala que una de las herencias principales del Frente Nacional es una exagerada división entre la política y la seguridad en la cúpula del Estado, la primera en manos de los  civiles y la segunda en manos de los militares. Como consecuencia de esto, y del contexto de la Guerra Fría y la adopción de la Doctrina de la Seguridad Nacional, otras formas de oposición como las movilizaciones sociales han sido, hasta tiempo muy reciente, satanizadas como formas de subversión y terrorismo, y han sido reprimidas con la fuerza del Estado.

Otra herencia del Frente Nacional es la división de funciones económicas entre el ejecutivo y el legislativo. Desde el Frente Nacional, la planeación económica y social quedó en manos de tecnócratas y excluyó a los congresistas, quienes se acostumbraron a trabajar en función de la renta del Estado, empujando a los partidos lejos de las ideologías, hacia el clientelismo y la dependencia de lo que hoy se denomina “mermelada”.

En el marco de este diseño institucional el espacio para la oposición es de por sí limitado: con partidos cooptados y des-ideologizados y nuevas opciones reprimidas.

Entre la cooptación y la destrucción

Desde el Frente Nacional la mayoría de los intentos por fundar partidos políticos de oposición en Colombia ha tenido las siguientes características:

  • Se definen como alternativa a un cogobierno de élites, establecido entre los partidos mayoritarios.
  • Son de carácter minoritario.
  • Son efímeros.
  • Cuando son de centro-derecha tienden a ser cooptados por los partidos mayoritarios; cuando son de izquierda tienden a desaparecer (por atomización o por persecución).

Durante el último medio siglo los principales intentos de  partidos de oposición han venido de sectores cercanos a los partidos tradicionales, que se rebelan contra las cabezas de esos grupos.

Las garantías para la oposición política en Colombia no se derivan de la redacción de un estatuto, sino que dependen de la correcta construcción de instituciones.

Estos grandes intentos han sido experiencias fugaces de éxito electoral, que por distintas razones desaparecieron en muy poco tiempo. El Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) de López Michelsen en los años sesenta, la Alianza Nacional Popular (ANAPO) de Rojas Pinilla entre los sesenta y los setenta, el Nuevo Liberalismo de Galán en los años ochenta y la Alianza Democrática M-19 en los años noventa han sido comparables en su magnitud con el Centro Democrático de Uribe en la actualidad, pero ninguno ha perdurado.

La mayoría de estos proyectos se han planteado desde la oposición a las prácticas excluyentes y corruptas de las élites en el poder, pero todos (excepto el Centro Democrático, hasta ahora) al poco tiempo han vuelto a pactar con los grupos que criticaban. López y Galán volvieron al oficialismo liberal, mientras que la ANAPO se atomizó entre disidentes liberales y conservadores que volvieron a sus partidos y una minoría de izquierda que intentó permanecer sin éxito electoral.

La AD M-19, surgida de los procesos de paz de los años ochenta, ha sido el mayor proyecto político de oposición no emanado de las élites tradicionales. Después de un gran triunfo electoral, que le dio fuerza decisiva en la Constituyente de 1991, la AD M-19 se dispersó en liderazgos individuales hasta prácticamente desaparecer una década después. Además, ya en el gobierno de Gaviria entró en su gabinete, de manera que no logró consolidarse como un partido de oposición.

También como producto de procesos de paz en los ochenta surgieron los partidos Unión Patriótica (emanada de diálogos con las FARC) y Esperanza Paz y Libertad (surgida de la desmovilización del EPL). Los miembros de ambos partidos fueron aniquilados violentamente, el último de estos incluso por otras guerrillas que los consideraron traidores. La Corriente de Renovación Socialista (CRS), una disidencia del ELN desmovilizada en 1993, entró con dos curules directas al Congreso de 1994, pero no fue capaz de mantener la unidad de su pequeña bancada.

En épocas recientes, la oposición de izquierda sigue amenazada por la atomización (si bien no por la violencia al mismo nivel que en los ochenta y noventa). Tras un intento exitoso de coaligar diversas agrupaciones de izquierda, el Polo Democrático sigue sufriendo disidencias y divisiones. Una de las últimas y más significativas, la del movimiento Progresista que transitó hacia el Partido Verde convirtiéndolo en Alianza Verde. Hoy estas fuerzas se siguen debatiendo entre la necesidad de unirse y la tentación de dispersarse. El ramillete de candidatos presidenciales provenientes de estos partidos da cuenta del problema.

¿Tiene futuro la oposición en Colombia?

El Artículo 112 de la constitución del 91 dispuso que el Congreso emitiría una ley estatutaria sobre la materia, pero este no lo hizo. Apenas en el 2003 una reforma a ese artículo definió con más precisión el significado de ser oposición. Y solo este año, con el impulso del Acuerdo de Paz, el Congreso emitió la esperada ley estatutaria. Hoy se ha redactado un estatuto de la oposición por primera vez en 26 años de mandato constitucional y en doscientos seis años de vida republicana.En un contexto tan complejo para el ejercicio de la oposición, solo en época muy reciente se decidió ofrecerle un blindaje jurídico a esta figura.

La pregunta ahora es qué nos falta para afianzar las instituciones que convertirán esa letra en realidad. En un país donde la democracia ha aprendido a convivir con la guerra, donde la oposición al Gobierno seguía siendo enfrentada desde el Estado con métodos ilegales hasta hace menos de una década (solo hay que recordar las chuzadas), esta cuestión sigue siendo un gran interrogante.

Hay que entender que las garantías para la oposición política en Colombia no se derivan de la redacción de un estatuto, sino que dependen de la correcta construcción de instituciones (formales e informales).

Camilo Vargas BetancourtPor: Camilo Vargas Betancourt
Politólogo e internacionalista de la Universidad del Rosario, máster en Sociología de lo Político y de la Acción Pública del Instituto de Estudios Políticos (Sciences Po) de Bordeaux, coordinador del Observatorio Político-Electoral de la Democracia de la Misión de Observación Electoral (MOE).

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