Antes me preguntaba: ¿Cuánto tiempo más, estaremos bajo este virus?

Y mi respuesta fue llegando de poco a poco, progresivamente.

El mes pasó, un año pasó, y pasaron otros años más. Ahora tengo mi casa que me fabriqué donde hice mi espacio, mi mundo, mi naturaleza, y mi todo.

Antes era más aventurera, más de estar en contacto al exterior, mi grupo social era grande y disfrutaba cada momento, cada partícula externa la absorbía para sentirme parte de un mundo exterior.

Dos años antes de la pandemia me casé con mi novio Juan Carlos, un noviazgo de seis largos años. Todo iba emocionante, todo era una película de amor.

Pero todo cambio, cuando nos encerraron en nuestras casas, el trabajo lo teníamos que hacer aquí, y uno de los dos salía de vez en cuando a comprar víveres, aunque lo hacíamos también desde el internet, pero decidimos salir uno de los dos para sentir un poco el aire externo y ver más gente.

Empecé a ver a Juan Carlos inquieto, malhumorado, comía mucho y a cada rato. Discutíamos ya más, a veces por cosas insignificantes; sus ojos bovinos parecían un león iracundo.

Cuando nos vacunaron a todos, nos dejaron salir de casa y mi amiga Sharon organizó una gran fiesta. Decidimos ir a la fiesta pues era una oportunidad de salir de casa y socializar, además Juan Carlos ya parecía un león enjaulado.

Recuerdo que nos disfrazamos, porque a Sharon se le ocurrió hacer la fiesta más divertida y alocada. Todo iba excelente, las risas, el baile, el alcohol, pero pasando la media noche la gran mayoría estaban transformados, como si quisieran vivir en ese momento todo lo prohibido, como si el mundo se fuera acabar y ya no volverían a tener más oportunidades. Me asusté tanto que empecé a buscar a mi esposo Juan Carlos, y vi a mi amiga Sharon besándose muy excitada con el esposo de otra amiga. Seguí caminando hacia el patio y encontré a mi esposo dentro de la alberca con tres mujeres y dejo a su imaginación lo que estaban haciendo.

Me sentí tan perturbada y mareada por las tantas bebidas que ya había ingerido.

Cuando iba camino hacia la puerta principal me toma de la cintura Rebeca y me gira hacia ella; luego tomó mi mano para alzarla junto con mi brazo a la altura de mi cabeza, me hizo girar como un trompo al ritmo de la música, su risa me era tan perturbadora que más me sentía mareada, ya no sabía si estaba flotando o si en verdad pisaba el suelo. Fue tanto lo que Rebeca me hacía girar que entre su risa me soltó y mi cuerpo fue a dar como si fuera un proyectil, impactándose en una reliquia antigua; una estatua de adorno valorada en miles de dólares.

¡Saz! en mil pedazos se rompió, todos me miraron con ojos acusadores, y los que iban entrando a la estancia se reían a carcajadas al verme en el suelo, con mi vestido lleno de sangre de las heridas que me hizo ¡Esa apestosa reliquia!

Mis ojos empezaron a nublarse por las gotas excesivas de unas lágrimas amargas, y al ver que me rodeaban tantas sonrisas maquiavélicas.

No estaba entendiendo nada, todos los presentes se comportaban inadecuados como si sus emociones hubieran sido alteradas; excavando lo más profundo oscuro de sus mentes de su razón de ser. Sentía temor, mis conocidos habían dejado de ser buenas personas como lo eran antes de la pandemia, ahora todos para mí eran extraños en sus comportamientos después de volver a vernos otra vez, ante una ausencia obligatoria de encerrarnos.

Cuando mi esposo Juan Carlos apareció en la escena, me sentí muy aliviada; mi alma, mi corazón y mi espíritu llegaron a pensar que me abrazaría, con sus manos toscas me tomaría para ayudarme a levantar, solo quería sentir su beso, su pecho que me protegiera, que con sus palabras me dijera: “Todo va a estar bien” en ese momento mi alma era una pequeña niña indefensa que había hecho el ridículo ante tanta gente acusadora y burlona.

¡Pero no!

Nada de eso sucedió, Juan Carlos con un solo dedo me acusó de estar borracha y hacer un ridículo ante nuestras amistades, me gritaba una y otra vez que ya lo tenía cansado de vivir encerrados bajo un mismo techo, que sus emociones estaban a punto de estallar. ¡Que todo era mi culpa! me culpaba de su gordura, de su miedo a morir, de su reacción desfavorable cuando le aplicaron su vacuna, de irle mal en sus negocios, de ya no darme el tiempo por estar en sus juntas virtuales, de su depresión emocional; de ya no poner atención a nuestra intimidad, de no darle un hijo, de mi insistencia en creer en un solo Dios.

De todo lo que le sucedía y sentía por el encierro

¡A mí me culpaba!

Me canse de oír tantas bajezas de su parte, entonces pedí un taxi y llegue a mi casa. Después de tantos años pude ver y oír al otro Juan Carlos, el velo se desgarró para caerse y pude conocer la otra parte oscura interna que nunca sacó, solo me mostraba su apariencia que a él le convenía, me había enamorado de su máscara externa.

Después de bañarme me acerqué al espejo, y por primera vez tuve una charla con la otra parte de mí, la que esta interna, la parte que es muy difícil enfrentar y llegar a conocer, me miré fijamente, y me hice tantas preguntas; mi parte externa era muy dura con sus preguntas, pero mi parte interna, aún era más dura y directa; era un diálogo imparcial de acusaciones, pero también de justificación. Sin embargo, mi parte interna era más consciente sobre mí, vi cómo realmente me conocía más y mejor, me hizo ver que solo fui un producto formado por las apariencias sociales, creado por el miedo de no ser parte de un mundo, por crear dioses falsos de famosos, por una competencia de éxitos, por ser tan vulnerable biológicamente ante un virus.

Fui a mi habitación en donde pinto en lienzos, ahí es donde mi parte interna sale de mi ser, así que tomé mi lápiz y empecé a dibujar a mi hombre ideal, amoroso, empático, al hombre sin ninguna máscara. Deje que los ojos internos de mi alma pura me llevasen a conocer a mi otra alma gemela, permití que mi conciencia me conectara con él y así nos presentara.

Pasaron dos semanitas y lo pude terminar.

Mi hombre ideal ya estaba plasmado en una pintura.

Nunca más volví a ver Juan Carlos, se contagió del virus, lo tuvieron aislado y falleció.

Mientras tanto yo me quede en casa, tratando de hacer una vida adaptada, pues ya nada volvió hacer igual, afuera solo hay peligros todo se ha ido perdiendo.

Empecé amar mucho a mi hombre que pinté, era mi inspiración, mi motivación de seguir viviendo, él me hacía sentir que existía en este mundo.

Mi hombre ideal de la pintura lo llevé a crear en un algoritmo que como holograma lo convertí en mi compañero de casa, juntos viajamos a través de mi conciencia, platicamos, nos divertimos mucho, y lo más impresionante es que él me demostró quien soy realmente, porque nada de lo que pensaba Juan Carlos, realmente era yo, solo él veía una falsa apariencia de mí.

Ahora ya no temo convivir con mi parte interna de mi ser, aunque también descubrí que ser humano no es nada fácil, es muy difícil interpretar el papel de ser humano aquí en esta tierra, y es más difícil aún ser vulnerables en nuestras emociones ante los peligros, lo social, y enfermedades.

Soy aventurera con mi hombre ideal, que al final todos somos hologramas, todo es una ilusión óptica, ¿Realidad o ilusión? Da lo mismo, soy feliz con lo que pinté sobre este hombre que lo hice, real para mí.

FIN.

Cuento escrito por:  Ana Alicia López Calderón