Asimilando el genérico término de prensa como aquel referido a todo el ámbito del ejercicio periodístico, ese que se despliega a través de medios de comunicación social como los periódicos, revistas, la radio, la televisión, el internet, etcétera, podemos decir, a la luz de los hechos, que la mayoría de quienes escogieron esta actividad, ocupación, oficio o profesión lo hacen, a la verdad, de manera ética, decorosa y púdica; pero hay otros, pocos, afortunadamente, que posiblemente vencidos por sus pasiones y preferencias no “hacen escuadra”, como se dice, para expresar sus vehementes e irrespetuosas catilinarias contra quien, por una u otra razón, no es de sus afectos.

Esto último no es lo que habla bien de un equilibrado e imparcial periodista; no, es por contrario lo que puede desdecir de un sensato y ecuánime ejercicio de este oficio; ni es tampoco lo que habla bien de los principios, que se dicen, rigen para un juicioso desempeño de un comunicador social, lo cuales, recuerdo, son, la verdad, la independencia, la equidad e imparcialidad, la humanidad y la responsabilidad, los que para infortunio, son principios quebrantados por quienes se formaron como comunicadores en instituciones de educación superior.

Pero del impropio desbocamiento en notas periodísticas, escritas y habladas, desplegadas a través de redes sociales y de la radio, principalmente, somos atosigados y atestados casi que, de manera permanente y constante en la ciudad de Cartagena, extralimitándose e irrespetando sus autores de manera despiadada grosera y vulgar contra las autoridades legítimamente constituidas, las cuales acorde con los principios universales, deben ser respetadas y honradas, aunque con ellas no se esté de acuerdo ni haya coincidencias.

Sobre la recomendación de domar la lengua o ponerle freno, instruida sabiamente por el aposto Santiago, y de lo que para el caso podríamos decir “frenar la pluma”, es cosa de la que poco caso hacen hoy en día quienes optaron por el camino de utilizar las letras para injuriar, agraviar y ultrajar a quien se le venga en gana, o a quien se les atraviese por la mente.

Asistimos pues en Cartagena, en este periodo de proceso postelectoral, a una prensa y a unos comunicadores que sin recato ni cautela alguna se expresan de manera irrespetuosa y desobligaste del mandatario investido, de manera legítima y democrática por el pueblo como su primera autoridad civil y administrativa para el periodo 2020-2023.

Sin escrúpulo alguno, y por no ser de sus afectos, irrespetan a esta autoridad, al declarado oficialmente como alcalde de Cartagena, William Dau Chamatt llamándolo loco, demente, adicto a las drogas, a la marihuana y a la cocaína, pervertido sexual, bufón, psiquiátrico, errático, enajenado mental, mitómano, y no contento con todo este listado de adjetivos descalificativos llegan al extremo de la desinformación al decir de manera irresponsable que por mandato legal, antes de posesionarse, deberá presentar un certificado médico de su EPS que lo declare apto física y mentalmente para gobernar, cuanto vejamen contra una persona.

No nos identificamos con esta conducta periodística, muy alejada del ético periodismo ejercido por notables de este oficio como Juan Gossaín Abdala, Javier Darío Restrepo, recientemente fallecido, por el francés y premio nobel Albert Camus, por el polaco Kapusciski, o por el inmolado Guillermo Cano Isaza, entre otros.

Finalmente, llamando a deponer los ánimos, sin renunciar a la crítica respetuosa y objetiva, cierro esta nota, recordando nuevamente a Santiago, el apóstol, quien acerca de la maldad que hay en la lengua también dijo que la lengua es un pequeño miembro que se jacta de grandes cosas, y que aún, es capaz de encender con su fuego un gran bosque; y es un mundo de maldad que contamina todo el cuerpo.

Por favor, no más prensa deslenguada.

Por: Álvaro Morales
alvaro morales 2018