Las primeras ideas de reencarnación, nacen en las religiones brahamanicas de Lejano Oriente (hinduismo, budismo, taohismo), luego pasan a la Antigua Grecia y son acogidas por hombres como Pitágoras, Empédocles y Platón. A ese aspecto se le llamó memtepsícosis. Algunos dicen que, en los primeros siglos del cristianismo, en la Iglesia se creyó en la reencarnación, pero esa es una gran mentira, eso sí, algunos grupos agnósticos pretendieron entronizar esas creencias en la Edad Antigua.

Retomando el aspecto del hinduismo, según las buenas obras o malas acciones, el alma se reencarna en seres inferiores como animales y plantas, o en seres superiores, muy iluminados y buenos. Pero eso no tiene sentido por varias razones, o sea, si alguién reencarna en un animal o planta, esos seres tendrían “alma” entonces dejarían de ser animales y en cambio pasarían al mismo nivel de personas (constituidas inherentemente por el cuerpo, espíritu y alma).

Si confrontamos la reencarnación con aspectos puramente de existencia fisiológica y demográfica, sabemos que las plantas, animales y seres humanos se reproducen exponencialmente y a un ritmo superior que las muertes de las mismas especies. Dicho de otra forma, si mueren menos personas de las que nacen en el caso puramente humano, entonces harán falta muchas almas de muertos para albergarse en mayor número de personas nacidas, así como en millones de plantas y animales, o sea, el asunto se vuelve ilógico.

Por otra parte, hay una perspectiva ontológica que considera al ser humano como un ser especial, incluso un enunciado metafísico dice: “La persona es única y con imposibilidad de repetición”.

Según la teología, se dice que hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios, lo cual da fundamento suficiente (por inducción) para entender que, Dios también es único e irrepetible. Parte de la filosofía tomista ha indicado que, cada alma posee un cuerpo que es único, y éste debe ha de ser por lo tanto, un instrumento para esa alma.

En el aspecto escatológico (trascendencia hacia lo eterno) y cristiano, debe entenderse que, cada “persona” será juzgada conforme a su individualidad, en cambio no tiene sentido que en el juicio de cada alma, se diga: “tú serás juzgado primero cuando estuviste en el cuerpo de Juan, luego por lo que hiciste en el cuerpo de Sonia, más tarde por lo hecho cuando habitabas en Miguel, o cuando estabas en el cuerpo del gato llamado “Panchito” que de todas formas al no estar el gato sujeto a alcanzar perfección alguna, ni siquiera se le podría atribuir pecado alguno. Además, se perdería el sentido de la redención cristiana, en otras palabras, la misión salvadora de Cristo es dada a cada persona, de lo contrario, cómo se puede redimir a una alma que en épocas distintas se reencarnó, en varios cuerpos y con espíritus distintos. O sea, la salvación de cada individuo está condicionada a una sola vez, por eso Jesucristo vino a redimir al mundo, y con su “única muerte” abrió la puerta a la salvación.

Por otra parte la idea de reencarnación es vaga, dado que no explica si lo que reencarna es el alma o el espíritu, pues existe diferencia entre animales y seres humanos, dado que los primeros solo poseen espíritu y los humanos alma y espíritu. Dicho de otra manera, si un ser humano se reencarna en un animal o planta entonces perdería el alma, y esa alma ¿a dónde se iría?

A pesar de lo anterior, no faltan personas que intenten decir que la reencarnación está probada científicamente o psíquicamente, pero cuando ciertos individuos han sido sometidos a sesiones especiales de “regresiones mentales”, a pesar de describir cosas y lugares, eso es por el hecho de haber entrado en alteraciones (a veces esquizofrénicas) visuales, táctiles, auditivas e incluso hipnóticas, que los estimulan a decir cosas que a veces en la realidad existen o existieron, pero en ese último caso lo que median son posesiones demoníacas que les dictan a las mentes, qué cosas deben decir.

En resumen, una persona con verdadero sentido racional y cristiano, no debe ni siquiera detenerse, a pensar en la reencarnación.

Por: Osvaldo Corrales Jiménez