La Responsabilidad Social Empresarial o Valor Compartido, como es entendido hoy en día, pareciera ser un tema que solo le compete a las grandes empresas y gobiernos. Sin embargo, muchas veces olvidamos que esta palabra responsabilidad impacta a muchos otros grupos de interés, como la opinión pública y a cada uno de nosotros en tanto consumidores.

En relación con esto último, nosotros como consumidores tenemos una capacidad de compra que a su vez, nos permite exigir calidad al momento de satisfacer nuestras necesidades. Sin embargo, muchas veces no vamos más allá de lo que esto supone, es decir, ni siquiera indagamos acerca de cómo fueron los procesos internos de las empresas para que cada uno de nosotros tuviese acceso en este momento a un determinado producto o servicio.

En otras palabras, ser consumidor/a implica una responsabilidad que nos lleva a preguntarnos de dónde provienen los productos o servicios que consumimos a diario o el impacto ambiental que estos tienen en nuestro entorno, pues esto nos permite tomar decisiones en relación con nuestro consumo. Es decir, para analizar si realmente es necesario consumir o si se debe hacer de manera menos recurrente, convirtiéndonos así en consumidores responsables.

Y es que hoy en día estamos tan abrumados en una sociedad de consumo, que pareciera difícil huir de esta. Productos y/o servicios al alcance de todos, precios bajos, entre otros, sin duda pueden seducir a cualquier persona, sin embargo, creo que ahí está la prueba de fuego para un verdadero consumidor. Tener la capacidad de elección de un producto o servicio no solo basado en su precio o por el status que brinda, sino en otras características como su origen, la cadena de suministro, su impacto ambiental y social, entre otros.

Este es un llamado a la reflexión para que de manera progresiva empecemos a tener un consumo responsable, digo progresiva, porque evidentemente es un proceso que implica salir de nuestra “zona de confort” y entender nuestro entorno de manera diferente. Pensemos entonces en todos los productos o servicios que usamos a diario como nuestro celular, computador, la ropa que vestimos, la comida que consumimos y analicemos por ejemplo cuál es su origen, ¿Será que estamos apoyando el mercadeo colombiano o por el contrario estamos favoreciendo a las grandes industrias globales que incluso han sido acusadas por violaciones a los derechos humanos?

Por último, es importante pensar en el consumo responsable no como una tendencia sino como un estilo de vida, el cual implica un proceso de análisis acerca del impacto que está teniendo nuestro consumo sobre el en torno, es decir, sobre el medio ambiente, seres humanos, animales, entre otros. En el aspecto ambiental por ejemplo, el Banco Mundial en su informe “What a Waste: A Global Review of Solid Waste Management” ha llamado la atención indicando que el mundo enfrentará en 2025 mayores niveles de producción de desperdicios de los que sus ciudades podrán manejar, incluso se dice que la cantidad de basura está aumentando más rápidamente que la tasa de urbanización.

Este tipo de noticias, más que generar asombro deben crear conciencia en el consumidor del siglo XXI y como lo indicaba anteriormente, nos invita a ser más rigurosos en nuestras decisiones de compra no por moda sino porque nos estamos destruyendo a causa de nuestras propias elecciones de compra. Es por esto, que invito nuevamente a la reflexión, al análisis y a que cada uno de nosotros sea vocero/a del consumo responsable en Colombia, no por ser una tendencia sino por considerarse como el primer paso hacia la sostenibilidad de nuestro entorno.

Por: Sandra Liliana Amaya Pulido