Desde los primeros tiempos el ser humano se ha inquietado por descubrir los astros y desentrañar sus misterios. Los filósofos griegos se empeñaron mucho en ese sentido, y otro tanto los astrónomos de finales de la Edad Media y principios del Renacimiento.

Pero el siglo veinte marcó importantes hitos con el desarrollo de poderosos telescopios, naves espaciales, satélites artificiales y sondas viajeras. Para tales proyectos la NASA principalmente gasta anualmente millones de dólares. Lamentablemente, esta carrera espacial también tiene sus dilemas, pues mientras los científicos pretenden colonizar planetas como Marte, aquí en la Tierra persiste el hambre, la codicia y las guerras.

Bien dijo un pensador, que tiene poco mérito descubrir un nuevo planeta si no se han podido solucionar, los problemas del nuestro. Además, en el caso de querer habitar Marte eso implica una sinrazón, pues la temperatura es hostil (de tendencia fría) y su atmósfera distinta a la terrestre, por cierto más expuesta a fuertes radiaciones solares.

Respecto a la personalidad de los astronautas, se ha notado la tendencia hacia raras conductas. Entonces, algunos después de sus viajes espaciales han caído en depresión, decepción de no hallar un sentido más trascendente fuera de los aspectos materiales, y dudas de sus creencias espirituales; otros se han suicidado.

Y es que en esos casos, lo que ha mediado es la simple soberbia de descubrir por descubrir. Pero lo que a veces no entienden los hombres de ciencia es que si esta, no va acompañada de un profundo sentido cristiano, todo lo demás es vano. No hace falta afanarse por tratar de conocer el origen físico del universo sino redescubrir nuestro planeta con todas sus maravillas naturales, y reconquistar la potencial riqueza espiritual humana.

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Comentarista de temas cotidianos