Hace unos meses visité uno de los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación (ETCR). En aquella oportunidad estuve en el ETCR Agua Bonita, que se encuentra en el municipio de Montañita, en el departamento del Caquetá, y la verdad es que ha sido una de las experiencias más enriquecedoras que he tenido en mi vida, porque definitivamente me permitió sentir el país de otra manera.

Los ETCR’s son administrados por la Agencia para la Reincorporación y Normalización (ARN) y son zonas en donde los excombatientes de las FARC-EP inician una transición hacia la vida civil, a través de diferentes actividades como la agricultura y otros proyectos productivos. Para llegar a este ETCR de Agua Bonita se debe recorrer aproximadamente una hora y media desde Florencia, por la carretera que va hacia San Vicente del Caguán. El recorrido se siente un poco extenso y aunque la carretera principal es excelente, una vez tomamos camino hacia el ETCR, las condiciones de la vía no eran las mejores, sin embargo, valió la pena por completo.

La expectativa de entrar a un ETCR era muy grande, pues desconocía por completo lo que me iba a encontrar en este lugar. Era la oportunidad para conocer de cerca la realidad de quienes, por mucho tiempo, defendieron sus ideales empuñando un arma. También era el momento perfecto para derribar aquellos paradigmas e incluso miedos que pueden surgir cuando tenemos contacto con personas que por tanto tiempo han estado inmersas en el conflicto armado.

Una vez pisé este ETCR conocí a los líderes de esta comunidad, quienes muy orgullosos, me hicieron un recorrido por los lugares más importantes de este espacio territorial. Para ponerlos en contexto, es como llegar a un pequeño pueblo con casas, escuelas, tiendas, cultivos, restaurantes, un par de canchas de fútbol y hasta un estadero. En general, lo sentí como un espacio de paz, un lugar donde poco a poco se van forjando las oportunidades para el inicio de una nueva vida, no solo para los exintegrantes de las FARC-EP sino para sus hijos(as). Por supuesto, con un sinnúmero de dificultades, pero pese a ello, con un discurso que va más allá, uno donde resaltan la importancia de la construcción de paz. Esto, sin duda, alimenta la esperanza de que es posible hacer de este país un mejor lugar para nosotros, pero también para las próximas generaciones.

En el recorrido tuvimos la oportunidad de hablar de todo y fue ahí, en ese contacto directo, donde me permití conocer sus realidades, esas que muchas veces ignoramos. Mientras me llevaban a conocer las huertas que habían construido o los extensos cultivos de piña, me narraban cómo habían llegado a la guerrilla, sus enseñanzas de vida y sobretodo, los proyectos que tienen a futuro. Escucharlos y entender su presente pero también su pasado, sin duda, me hizo más consciente y empática frente a su realidad, pero además me llenó de esperanza de soñar un país diferente, donde todos podemos ser agentes de cambio.

Todo aquello que observé y escuché en estos espacios territoriales fue significativo, y único, pero, además, considero que fue esperanzador. Saber que pese a las dificultades que se presentan, aún existe un interés por pensarse un futuro diferente, donde el objetivo es aprovechar lo que brinda la tierra, el entorno y las personas.

Sin exagerar, considero que este tipo de experiencias nos hacen más sensibles al mundo, nos sorprenden positivamente, nos desdibujan paradigmas y nos impulsan a seguir buscando estrategias para que las personas que decidieron dejar las armas perciban más oportunidades que obstáculos en esta transición hacia la vida civil. Sin duda, allí hay un camino largo por recorrer, donde el gobierno, la sociedad civil e incluso el sector privado, son actores clave para garantizar el éxito de estos espacios territoriales, que desde mi perspectiva son espacios donde se respira y se promueve la paz y la esperanza.

Por: Sandra Liliana Amaya Pulido