La verdadera vida que salva

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Podríamos cuestionarnos ¿por qué Dios nos puso en esta Creación ante un mundo lleno de atracciones materiales, y de placer los cuales incluso nos desvían siempre de las cosas espirituales?

Sin embargo, hemos de entender que Dios nos puso en esta existencia para probar si tenemos suficiente voluntad para elegir o enfatizar entre lo espiritual o lo material, independientemente de nuestros credos religiosos.

Jesucristo fue enfático en decir a las gentes de aquel tiempo: “No amontonen riquezas aquí en la tierra, donde la polilla destruye y las cosas se echan a perder, y donde los ladrones entran a robar. Más bien amontonen riquezas en el cielo, donde la polilla no destruye ni las cosas se echan a perder ni los ladrones entran a robar. Pues donde esté tu riqueza, allí estará tu corazón.” San Mateo 6:19-20.

Aun así nuestra necedad nos induce a endiosarnos con casas llenas de lujos y con artículos que no salvan el alma. Es más, imaginemos si en este momento Jesús se hace presente en forma visible, o sea “en carne y hueso”, y entra a visitar muchos lugares o familias con un ambiente de ostentación, entonces de seguro que él mismo pronto echaría de esos hogares ese montón de apegos o vanidades y purificaría las casas, de similar manera cuando sacó a los mercaderes del templo.

Pero eso no es todo, pensemos luego en nuestro templo espiritual, ¿cómo estará en este momento?, ¿acaso saturado de toda clase de basura pecaminosa? Que distinta fue la actitud de Zaqueo cuando se desprendió de su maldad y codicia, por eso Jesús cuando entró a la casa de ese hombre, dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham. Pues el hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido.” San Lucas 19:9.

Con el hecho anterior, el divino Maestro nos hace ver que la casa de Zaqueo en adelante sería un templo vivo y remozado. También el mundo va en pos de ostentar otra serie de símbolos de poder, como es el hecho de comprar y conducir autos marcas famosas, y con ello ir por todas partes diciendo: “miren, soy una persona con mucho dinero y buen gusto”. Imaginemos en cambio las escenas de Jesús cuando entró en Jerusalén sobre un borriquillo, animal que en esa época era propio de gentes humildes y pobres, a diferencia de las clases poderosas y soldados que montaban en briosos caballos.

Otras personas se desviven por obtener los títulos más altos de profesión (no por genuina vocación), ojalá de máster hacia arriba hasta abordar doctorados o cosas por el estilo. Entonces eso significará para ellos llegar a la cima del monte Olimpo, sitio propio de los dioses de la prepotencia y el poder económico.

Pero entre tantas vanidades también está el culto enfermizo a la belleza, es por eso que bastantes muchachas se endiosan y luchan por concursar en certámenes y pasarelas de la moda, para exponer sus dotes físicos (o los que ellas creen poseer). Sin embargo, lo que menos valoran esas mujeres es que la auténtica belleza se lleva por dentro, donde pueden habitar los buenos valores morales y espirituales.

El místico Tomás de Kempis y autor del célebre libro “La Imitación de Cristo” entendió, que ciertamente son necesarias muchas cosas materiales para sustentar esta vida transitoria, pero aun así, se debe tener moderación al servirse de ellas; y es que pensemos que al hartamos de esos bienes se puede caer en el peligro de la codicia, y eso nos hará egoístas e insensibles ante el dolor, y la pobreza material que otros padecen.

San Pablo bien entendió la estupidez de las vanidades mundanas ya sea la fama, el dinero y prestigio, y por eso expresó: “Pero lo que entonces consideraba una ganancia, ahora lo considero pérdida por amor de Cristo. Más aun, pienso incluso que nada vale la pena, si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él he sacrificado todas las cosas, y todo lo tengo por estiércol con tal de ganar a Cristo y vivir unido a él con una salvación que no procede de la ley sino de la fe en Cristo, una salvación que viene de Dios y se funda en la fe”. Filipenses 3:7-10.

Todas las verdades anteriores, son asuntos que entendieron bien personas ejemplares como San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola, Santa Clara de Asís, los cuales a pesar de provenir de familias con una vida llena de placeres y comodidades se despojaron de esas vestiduras, para abrazar las vestimentas de la sencillez y la bondad.

Por:Osvaldo Corrales Jiménez
Escritor y comentarista de temas cotidianos