En esta ocasión deseo abordar un tema doctrinal que concierne a nosotros los católicos, y aclaro que con los siguientes comentarios no pretendo polemizar contra los seguidores de otros credos, los cuales respeto hondamente. San Pablo en la primera carta a Timoteo 2: 1 nos pide, recurrir con fe profunda y contrición a las rogativas: “Ante todo recomiendo que se hagan peticiones, oraciones y súplicas y acciones de gracias…”, y en la segunda carta a Tesalonicenses 3:4 Pablo pide hacer oraciones, por cada uno de los necesitados.

Entonces, la virtud de la intercesión tiene suficiente sustento, incluso en el pasaje de la boda de Caná se pone de manifiesto como la Madre de Jesús intercedió ante su hijo a favor de los invitados de la fiesta (en términos teológicos la palabra “fiesta” también ilustra el convite que habremos de celebrar en la gloria eterna) para que, el Señor hiciese algo por proveerles de vino, el cual se había acabado.

De tal manera ocurrió el milagro de la transformación del agua en vino, donde también el concepto de “transformación” representa la forma en que Dios tiene el poder de cambiar nuestra vida de pecado en vida de santidad, así como de perdonar nuestros pecados y donde también las enfermedades espirituales y físicas se pueden convertir en sanidad plena, a través de las peticiones de intercesión. En otros pasajes del Antiguo Testamento, aparecen ejemplos de hombres justos como Abraham, Moisés y muchos profetas como Samuel, Eliseo, Jeremías y Daniel, que pidieron a Dios por las necesidades de su pueblo.
La cita del evangelio de san Mateo 8:5-13, es bastante conocida por el relato del capitán romano que pidió a Jesús que le sanara el criado. En san Juan 4:43-54, aparece el pasaje paralelo donde se dice que Jesús sana al hijo de un oficial del rey, y aunque no importa las variables entre ambos textos, aquí lo más representativo es que se dio un acto de mediación, a favor de un enfermo. Cuando el apóstol Pedro se encontró con un paralítico que pedía limosna, le dijo: “No tengo plata no tengo oro más lo que tengo te doy”, y de inmediato el hombre fue sanado.

Las anteriores palabras tienen profundo sentido, pues el discípulo entendía bien que en ese momento a pesar de no tener bienes materiales que dar al indigente, sí sabía con plena seguridad que al decir palabras de fe, aquel hombre sanaría. San Juan Bosco que era creyente de los milagros por intercesión, bien decía: “Tened fe y veréis que cosa son los milagros”.

La santa Tradición registra que en tiempos de san Mamerto un santo del siglo V y obispo de Viena, sucedieron una serie de calamidades y desastres de toda clase en el lugar, entonces el ejemplar varón oró y además exhortó al pueblo, para que elevase rogativas públicas y ayunos, entonces los males pronto cesaron.

La Iglesia Occidental con el paso del tiempo, le empezó a dar mayor credibilidad a esos actos piadosos al ver a menudo la efectividad y milagros, gracias a los ruegos de los santos que están en este mundo y a los que están en el Cielo. Por eso el Magisterio de la Iglesia a través de la constitución dogmática “Lumen Gentium” en su artículo 50 afirma:

“Siempre creyó la Iglesia que los apóstoles y mártires de Cristo, por haber dado su supremo testimonio de fe y amor con el derramamiento de su sangre, nos están íntimamente unidos en Cristo; y junto a ellos la Bienaventurada Virgen María y los santos ángeles, profesó su peculiar veneración e imploró piadosamente el auxilio de su intercesión.”

En la historia colonial de Costa Rica, también se recuerdan portentosos milagros de intercesión de los santos y la Virgen, tales como saberse que en el siglo XVII los piratas Mansfield y Morgan intentaron invadir la pequeña ciudad de Cartago, entonces los cartagineses imploraron la protección ante la advocación de Nuestra Señora de Ujarrás. Sucedió pues que cuando los piratas ya se habían apoderado del pueblo de Turrialba y se aprestaban hacia Cartago, de un momento a otro huyeron espantados como si hubiesen visto algo sobrenatural.

Alrededor de 1897, los pueblos agrícolas de las zonas aledañas al volcán Irazú (en la provincia de Cartago), vieron amenazados sus cultivos por una plaga de saltamontes, entonces clamaron a la advocación de la Virgen de los Ángeles, y el mal pronto desapareció. Es por eso que todavía los agricultores de esos lugares, cada año realizan una procesión de acción de gracias.

Y aunque algunas personas ven todo esto como actos ridículos y fetichistas, lo cierto es que Dios concede al ser humano grandes favores por la intercesión y devociones a los santos, además el Creador se complace de gran manera todas las veces que, nos unimos en asamblea para buscar su amparo y misericordia con lo cual se hacen vigentes las mismas palabras de Jesús: “donde dos o más estén reunidos en mi nombre, yo estaré en medio de ellos”.

Además, cada vez que nosotros oramos por los demás, demostramos el valor de la compasión, solidaridad y caridad, todo eso como un acto de amor al prójimo. Entonces, en momentos tan difíciles como los actuales donde se presentan recesiones económicas mundiales, desastres ambientales y epidemias, es muy oportuno que todos tanto clérigos como laicos nos unamos en rogativas y actos de fe, para que Dios se apiade de la humanidad y aplaque esos males.

Por: Osvaldo Corrales Jiménez 
Escritor y comentarista