De las armas al balompié

La noticia sobre el interés de las FARC en participar en el torneo de fútbol colombiano despertó distintas opiniones, que invocaban razones morales, políticas y deportivas. La posibilidad de ver a un equipo de excombatientes disputando una “estrella” en el fútbol profesional es un asunto polémico y al mismo tiempo inédito: nunca antes un ejército irregular llegó a ser un club deportivo inscrito en un campeonato nacional.

Eso no significa que el fútbol no haya sido empleado para apaciguar sociedades durante o después de un conflicto. Existen ejemplos de su uso en contextos de reconciliación en el plano  comunitario; por ejemplo, en campos de refugiados en los Balcanes o en países de África (particularmente en Liberia).

El deporte como sucedáneo de la guerra

Para sociólogos como Norbert Elias, el deporte es una “sublimación de la violencia”. Esta actividad se inscribe en lo que él llama proceso civilizatorio, que tiene como una de sus expresiones la “parlamentarización de la sociedad”, que también puede ser entendida como su deportivización. Así, el deporte sería el triunfo de la paz o podría ser considerado como la guerra por otros medios.

Según esa concepción, el deporte es causa y consecuencia del apaciguamiento de bandos enfrentados históricamente, que no consiguieron la victoria definitiva sobre el oponente. Es este un proceso de larga duración (Elias lo llama “figuración”), articulado alrededor de la lógica civilizatoria y escenificado en las sociedades occidentales, que no tiene ejemplos perfectos en la contemporaneidad, pero sí algunos casos que enriquecen el debate alrededor de esta teoría, como la pacificación colombiana alrededor del ciclismo y del fútbol en la época de La Violencia.

Los deportes propiciaron el ejercicio colectivo de “imaginar la nación” y de paso pacificarla. Esta operación suscitó el paso de las pasiones políticas a las deportivas: del fervor por los partidos políticos al de los partidos de fútbol. Este artificio fue posible, entre otras cosas, gracias a la radio que, mediante la ficción atlética (la inventiva del relato deportivo) y el poderoso alcance de sus ondas, modeló una épica de recreación de lo nacional.

El fútbol como “institución cero”

Podríamos decir que la identidad nacional se debe, en cierta medida, a las hazañas de guerreros que sustituyeron sus proezas bélicas por sus gestas deportivas. Esta mudanza expresa un ethos, el de los sportsmen, que apuesta por el fair play (juego limpio) y configura su actividad como una manifestación pública e incluso festiva.

El carácter potencialmente universal del deporte, particularmente el fútbol, puede ser entendido desde el concepto de “institución cero” -una herramienta analítica propuesta por la antropóloga  Simoni Lahud Guedes- que alude a la capacidad del deporte para vaciarse de contenido sin perder su forma y prestar su estructura a entidades, instituciones y actores que depositan sus contenidos en él.

“Guerrillero: desmovilícese y vuelva a jugar”

Este recurso a la institución cero fue aplicado en Colombia por el gobierno Santos, al idear una serie de imágenes, consignas e invitaciones dirigidas a las audiencias nacionales y también al enemigo histórico del Estado: las FARC.

Un ejemplo fue la campaña gubernamental que tuvo como primer momento la Copa Mundial Fifa Sub-20, realizada en Colombia en el 2011, que remedó el proceso de Sudáfrica adelantado por  Mandela en torno a la selección de rugby. Otro componente de esa ofensiva oficial fue el uso de propaganda sofisticada en dos comerciales de televisión:

El primero mostraba un helicóptero cargado con balones de fútbol, previamente firmados por jugadores de la Selección Colombia, que luego eran lanzados por los soldados en las selvas del país con el mensaje: “Guerrillero: ellos [jugadores y soldados] se unieron a esta misión, invitarlo a vivir la pasión del fútbol en su casa. Su familia y Colombia lo esperan para ser un solo equipo. Porque Colombia somos todos. Desmovilícese, vuelva a jugar”.

En el segundo comercial se observan personas de distintas regiones de Colombia que aplauden con entusiasmo ante una silla vacía, mientras se oye la invitación: “Guerrillero, no lo piense más, desmovilícese, aquí le guardo el puesto”.

Esta publicidad trabaja con la idea de una integración simbólica de toda la nación a través de nuestra presencia en el mundial de fútbol de Brasil. Esta propaganda del Ministerio de Defensa, concebida como parte de la “guerra psicológica”, fue formulada en clave de fútbol, eligiendo a la Selección Colombia como operador de la noción de “un solo equipo”.

La estrategia fue comprendida y asimilada por las FARC que, en tiempos de negociaciones en La Habana, comenzaron a futbolizar sus mensajes (sobre todo en las redes sociales) y, en el contexto del Mundial de Brasil 2014, publicaron fotografías celebrando los triunfos del equipo colombiano y ofrecieron ruedas de prensa vistiendo, como también hacía el presidente Santos, camisetas de la Selección.

Tan importante fue la metáfora de “un solo equipo” en los diálogos de paz en Cuba, que Santos expresó en discursos oficiales que “los del monte” también hacían parte de la comunidad nacional de hinchas de la Selección.

Estas iniciativas fueron reforzadas por la participación de estrellas nacionales e internacionales, como el Pibe Valderrama y Maradona, e incluyeron la realización de “partidos de la paz”. Y fueron reforzadas mediante acciones de alto poder simbólico, como el cambio de la camiseta tradicional de la Selección por una blanca -alusiva a la paz- durante la Copa América Centenario del 2016.

Así, mediante la Selección, desaparecía la idea de enemigos irreconciliables, y se cumplía el eslogan del reverso de la camiseta tricolor que rezaba: “Unidos por un país”.

La Paz Fútbol Club, ¿propuesta viable?

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Excombatientes en Zona veredal
Foto: Razón Pública- María Claudia Escobar

El hecho de que el deporte ya haya contribuido a la unidad nacional en tiempos de “La Violencia” podría considerarse como un antecedente que no hace aparecer tan absurda la propuesta de las FARC.

Así mismo, durante el desarrollo del conflicto, en tiempos de negociaciones y en esta fase de dejación de armas, concentración en zonas veredales e integración a la vida civil, el fútbol ha jugado un papel preponderante, no solo en el proceso de aclimatación de los antiguos combatientes, sino también como factor integrador entre exguerrilleros, comunidades locales y representantes de víctimas, organizaciones sociales e incluso antiguos enemigos militares.

Según el sondeo “El poder del fútbol”, el balompié se destacó por su gran capacidad para integrar a los colombianos sin distinciones étnicas, regionales o de clase social. Este ejercicio estadístico fue uno de los sustentos del “Plan decenal de seguridad, comodidad y convivencia en el fútbol, 2014-2024”, que en su proyección oficializa el uso social y político de este deporte como herramienta para la convivencia y la reintegración en una sociedad de posconflicto.

El equipo de las FARC podría considerarse como parte de esa estrategia de re-conciliación, más todavía si se acogiera la idea de que al equipo se integren algunas víctimas del conflicto armado  interno. Esta acción se complementaría con la participación de un equipo de Paz en el naciente torneo para mujeres.

Pero nada de lo anterior significa que la petición de las FARC deba ser aceptada sin objeciones. Factores como el carácter público del fútbol, el papel del Estado en su regulación, la búsqueda del bien mayor de la paz, pero también la naturaleza de la financiación de este equipo, el respeto a las entidades que han administrado el fútbol, así como a las trayectorias deportivas de aspirantes anteriores y a la afición, deben ser tenidos en cuenta y se deben discutir con suficiencia antes de decidir.

Más allá de la multitud de interrogantes que podría suscitar esta iniciativa, es evidente que hace años la propuesta de las FARC sería calificada de imposible o macondiana. Pero el hecho de haber sido formulada y estar siendo estudiada indica que el proceso de paz no tiene reversa. Como sea, la situación novedosa creada por esta petición, ubica a Colombia como el “laboratorio de la historia” al que se refería el expresidente uruguayo, José Mujica.

Por:

David_QuitinDavid Quitián
Doctor en Antropología de la Universidad Federal Fluminense (Brasil), profesor de sociología de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (UNAD) y miembro de la Asociación Colombiana de Periodistas Deportivos (Acord).

 

Pete-WatsonPeter Watson
Estudiante de doctorado en la Universidad de Sheffield, Reino Unido.


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