La humanidad, desde hace mucho tiempo, no sufría de una verdadera pandemia, pero a pocos años de este tercer milenio, la aparición del coronavirus o COVID 19, ha dado al mundo una serie de lecciones. Enumerando aspectos, podemos decir que, ha demostrado ser altamente contagioso, y presenta fuertes complicaciones de salud, que hasta provocan la muerte en poco tiempo.

Pero eso no es todo, sino que el COVID 19 ha implicado la activación de medidas de salud extremas, la paralización o disminución de viajes aéreos, trenes, el cierre de escuelas, tiendas, de instituciones públicas, y la caída de precios del petróleo, de las bolsas de valores, el aislamiento de pueblos y ciudades enteras, la disminución del dinamismo comercial, la recesión de la macroeconomía mundial, suspensión de campeonatos deportivos, juegos olímpicos, entre otros.

Es increíble, que la mutación de un virus, una entidad 100 veces más que pequeña que una bacteria de tamaño promedio, y de 500 a 1000 veces inferior al tamaño de las células de tamaño común (miden los coronavirus unos 120 nanómetros), haya provocado una especie de catástrofe mundial.

Entre otras cosas, el coronavirus ha demostrado que, a la salud hay que prestarle importancia, incluso está muy por encima de los intereses económicos y de las vanidades materiales. O sea, ante una pandemia no valen poseer casas de lujo, autos, teléfonos celulares, y toda clase de chucherías.

Desde el punto de vista espiritual, parece que Dios ha permitido (aunque muchos lo contradigan) ese flagelo sobre la humanidad, para que muchos volvamos la mirada hacia su poder. Es más, en las Sagradas Escrituras se mencionan hechos donde una serie de calamidades atacaron a los hebreos, entonces ellos clamaron a Dios, y Él con su poder frenó todos los males.

Muchos sacerdotes han salido con el cuerpo eucarístico de Cristo, a recorrer calles o en helicópteros y avionetas. También, se han celebrado Misas y al menos el Papa Francisco oró, ante una imagen de la Virgen en el templo de Santa María Mayor, luego prosiguió el camino hacia el templo de San Marcelo al Corso, y allí se arrodilló ante una antiquísima imagen de Jesús crucificado, con la fe de que Dios detenga el mal.

En la historia de Costa Rica, se recuerda la peste del cólera, aparecida en 1855, que llegó a provocar hasta 140 muertes al día. Al no cesar el mal, al menos en la ciudad de San José, los vecinos sacaron en procesión varias veces la imagen del Dulce Nombre de Jesús y se hicieron rogativas (hoy rogaciones), y de forma sobrenatural la epidemia desapareció a mediados de 1856.

En 1887, ocurrió una invasión de langostas sobre las zonas agrícolas de la provincia de Cartago (en Costa Rica) . Entonces, los habitantes de esas zonas empezaron a llevar en procesión una réplica de la Virgen de los Ángeles a las fincas agrícolas, y al poco tiempo la desgracia desapareció.

A la luz de las profecías bíblicas (aunque muchos incrédulos se burlen), bastante se habla de la llegada de estas cosas (pestes, hambrunas, terremotos, guerras, crisis políticas, entre otras). El cardenal de Honduras, Oscar Rodríguez ha expresado (se parafrasea), que el coronavirus ha puesto de rodillas a un mundo lleno de soberbia.

De todo lo anterior se puede resumir que, esta pandemia ha planteado una vez más a la humanidad que, la salud es una de las cosas más importantes, pero que Dios y la fe “son esenciales” ante hechos catastróficos, en tanto las cosas materiales y vanidades, llegan a un punto en que no salvan ni el cuerpo ni el alma. Además, ha sido una dura lección el COVID19 para un mundo que por muchos años se glorió, de vivir a un ritmo vertiginoso, pero que ahora se ha paralizado en gran parte, o va a paso prudencial.

Queda pues, a juicio de cada lector, hacer una reflexión profunda al respecto, y decidir si dobla rodillas para clamar a Dios de forma solidaria por la humanidad, o si elige seguir a su suerte y sin ningún apego espiritual.

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Comentarista de temas cotidianos