Referirse a las riquezas es decir mucho, pues este término tiene varias implicaciones. Puede entonces hablarse de riqueza material, espiritual e intelectual, sin embargo, cuando nos referimos a riquezas, de inmediato pensamos en la posesión de toda clase de bienes materiales.

En el contexto bíblico, las riquezas materiales significan un abierto antagonismo a la pobreza, la justicia social y al alcance de la salvación espiritual, por eso la Santa Palabra sanciona enérgicamente la posesión de ellas, sobre todo si no son repartidas constantemente a los pobres o víctimas de las condiciones de una sociedad desequilibrada que les ha impedido superarse.

Pero no falta gente que argumenta de manera egoísta que, sí las riquezas son bien habidas eso no implica algo malo. El evangelio de san Lucas 12.13-20, menciona del hecho de un hombre que le dijo a Jesús: “Maestro, dile a mi hermano que me de mi parte de la herencia. Jesús le contestó: Amigo, ¿quién me ha puesto sobre ustedes como juez o partidor? Cuídense ustedes de toda avaricia, porque la vida no depende del poseer muchas cosas. Entonces les contó esta parábola. ‘Había un hombre rico, cuyas tierras dieron una gran cosecha.

El rico se puso a pensar: ¿Qué haré? No tengo dónde guardar mi cosecha’ Y se dijo: ‘Ya se lo que voy hacer. Derribaré mis graneros y levantaré otros más grandes, para guardar en ellos toda mi cosecha y todo lo que tengo. Luego me diré: Amigo tienes muchas cosas guardadas para muchos años, descansa, come, duerme, bebe, goza la vida. Pero Dios le dijo: ‘Necio, esta misma noche perderás la vida, y lo que tienes guardado, ¿para quién será? Así le pasará al hombre que amontona riquezas para sí mismo, pero es pobre delante de Dios.”

Las impresiones anteriores reflejan la mala actitud egoísta del rico, que solo pensaba para sí mismo, y nada en los más necesitados. También en san Mateo 19:16-23, aparece el pasaje del joven rico que se acercó a Jesús para preguntarle: «Maestro, ¿qué cosa buena debo hacer para tener vida eterna. Jesús le contestó: ¿Por qué me preguntas acerca de lo que es bueno? Bueno solamente uno hay. Pero si quieres entrar en la vida eterna obedece los mandamientos. ¿Cuáles? Preguntó el joven; y Jesús le dijo: ‘No mates, no cometas adulterio, no robes, no digas mentiras en perjuicio de nadie, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo. ‘Todo eso ya lo he cumplido, dijo el joven ¿Qué más me falta?’
Jesús le dijo: ‘Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás riquezas en el cielo. Luego ven y sígueme. Cuando el joven oyó esto, se fue triste, porque era muy rico. Jesús se volvió a sus discípulos con estas palabras: les aseguro, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja, que para el rico entrar en el reino de los cielos’.”

En el pasaje anterior, se evidencia como el joven rico en verdad no cumplía con plenitud los mandamientos, pues quien no renuncia a su vida de lujo y riqueza, tampoco amará a su prójimo, en cambio será cómplice de matarlo con la indiferencia e injusticia.
Cosa distinta, fue la actitud de Zaqueo el cobrador de impuestos para Roma, el cual ante la invitación que le hizo el Señor de bajar del árbol desde donde le miraba, aceptó recibir al Divino Maestro en su casa. Además, Zaqueo prometió:

‘Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de todo lo que tengo, y si le he robado algo a alguién (en condición de usura), le devolveré cuatro veces más.’ Jesús entonces agregó: ‘Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham (un hombre justo). San Lucas 19.1-10.

El seno de la Iglesia, al entender la inclinación de la humanidad hacia esa clase de materialismo y ambiciones desordenadas hace algunas advertencias, por eso en el decreto del Vaticano II llamado Apostolicam Actuositatem en su artículo 31 inciso c aparece: “Puesto que las obras de caridad y de misericordia ofrecen un testimonio magnífico de vida cristiana, la formación apostólica debe conducir también a practicarla, para que los fieles aprendan desde niños a compadecerse de los hermanos (prójimo), y a ayudarles cuando lo necesiten.”

Entonces, la verdadera vivencia de un cristiano debe estar imprescindiblemente dirigida a ser generoso, y desprendido de la necia avaricia o amor por el dinero, que es una especie de idolatría.

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Escritor y comentarista de temas cotidianos