Libro: «Te busco en las tinieblas» del escritor costarricense Guillermo Fernández

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“Todos nos quieren ver fuertes y en nosotros no hay fuerza” (p. 157).

Durante la tarde llegó este libro a mis manos, rápidamente comencé la lectura y conforme digería cada folio, era lógico tener varios pensamientos avasallantes: mis inquietudes con respecto al pensamiento colectivo que gira en torno a la muerte y, también, pensar en las reacciones que cada lector pudiera tener después de esta lectura.

No pretendo ensalzar la imagen de un escritor costarricense ya consolidado y maduro, pues sus obras son loables por sí solas. Pues bien, los discursos que sostienen los personajes son sólidos y creíbles; y la ideología imperante en sus palabras y las réplicas entre sí son dignas de una mirada atenta porque conducen a la reflexión casi involuntaria.

Con respecto al contenido, encontramos la muerte prematura de “M” a la que el padre, Joaquín, no le había dado cabida, a como nadie lo hace cuando se trata de un accidente.  Según el autor: “La mayoría cree que la muerte es un cuento, que se hace la mosca muerta, la rezagada en otro callejón” (p. 121). El accidente fatídico revolotea incertidumbres en el pecho a Joaquín, sobre todo con la razón que le brinda el oficial de tránsito, la cual lo hace recorrer sombríos valles de pena y devastación, sobre todo al pensar en la posibilidad de un suicidio.

Sobre M, vemos que fue un muchacho amante de la nota dark. Con respecto a este gusto, encontramos una visión interesante que adoptarían muchos padres: “Los veo irse hacia su destino en algún rincón donde el black metal les da de mamar como cachorros de vampiro” (p. 75). Esto provoca que cualquier lector, de distintos grupos etarios logre identificarse fácilmente con los personajes y las situaciones que viven, tanto que incluso se desee ahondar en estas subculturas que son una realidad. En su búsqueda, Joaquín incluso le da valor a los amigos de M.

Además, se pone en manifiesto esa naturalidad con la que todos obviamos una posibilidad y que, al final, se nos achaca en la cara constantemente: No somos eternos.

Encontramos imágenes originales y llamativas que hacen alusión a este aspecto: “No sé cuándo empezó a suceder. Pero en un instante comprendí al cerdo cuando oye voces fuera del corral y empieza a sentir el pellejo de gelatina… y los verdugos ya vienen…” (p.14).

La novela pone en manifiesto su hilo conductor: las sombras, las tinieblas y el dolor que no es algo que se deba suponer, a como sucede con otras creaciones. Este se visualiza en Joaquín, quien figura como un Odiseo inacabado que, desgraciadamente, en la obra de Fernández, lo deja cautivo para siempre del dolor, pues no le da el regreso a Ítaca; sino que lo deja en el mismo hades, su hades. La obra en sí misma es un llanto reflexivo desde la primera página y hasta la última.

Dentro del texto encontramos temas de nuestra sociedad y tocados con un pincel llamativo, como por ejemplo la violencia en los centros educativos, traída a colación por Mateo Lipa. Sobre esto “¿No era la directora del colegio? Tenía el derecho de decirle cómo debía venir vestido. Y que los medios se sintieran inclinados a insinuar que mi mujer podría haber merecido el disparo. Algunos lo insinuaron, Joaquín” (p.80), el alto costo de la vida que diariamente enfrenta el costarricense: “El precio del combo me pareció ridículo. Era uno familiar con adicionales que podría haber costado el triple en Costa Rica… ¿Es que nos cobraban la democracia a un precio muy algo en el país?” (p. 94).

Para mí, estas palabras que Joaquín le dirige a M, representan una sincera visualización sobre la trama de la obra: “Vos tenés la culpa de que esté aquí, sintiendo pena de mí mismo por el dolor que me has causado… No puedo creer que esté aquí hablando de vos porque te hayás muerto, cuando te siento como lo más vivo del mundo” (p. 155).

Al final, y como por intento de salir de este círculo, Joaquín nos brinda una perspectiva con respecto a la etapa de seguir adelante: “Con los meses el animal debe seguir sobreviviendo y cogerá, rogará, comerá, mentirá, hará todo, todo, todo, para sentir que hay algo de amparo” (p. 164); porque la realidad que nos queda palpable es el vacío que nunca se va… El que es “casi un dios de ausencia” (p. 258).

Espero, de todo corazón, que puedan adquirir la obra de este grandioso escritor tico pues desde ya afirmo que no se arrepentirán. Desde San Mateo de Alajuela se despide un lector complacido con su texto.

Por: Leonardo Cruz Alvarado
Autor tres libros: Cuentos de mamá muerte (2012), La corrosión de los entes (2016) y El eco de los durmientes (2018). Ha participado en las antologías Vía 28 y Nueva poesía costarricense.

Sus obras han estado a la venta en estanterías estadounidenses, nicaragüenses, uruguayas y en las librerías más relevantes de Costa Rica. Es coordinador por Costa Rica de la Antología del Bicentenario de Centroamérica, Ayame Editorial, México, septiembre 2021.