Más de ciento veinte millones de personas infectadas y cerca de 6 millones de fallecidos. Son las cifras actuales de afectación que está dejando la gran pandemia del nuevo siglo. Un año después del gran ‘estallido’, el virus SARS-CoV-2, de la mano de su ‘socia’, la covid-19, no sólo ha dejado un reguero de dolor y quiebra, sino que, además, sigue presente en muchos de los que han padecido la enfermedad, originando sufrimiento y merma de su calidad de vida. Son personas que siguen presentando manifestaciones o secuelas persistentes una vez pasada la infección, con síntomas graves o de forma asintomática; es lo que ya se conoce como covid persistente, una realidad cada vez más presente a medida que la pandemia avanza.

Estamos cansados de asistir a casos de irresponsabilidad a pesar de todas advertencias y recientemente una investigación realizada por la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington en St. Louis, EU, analizó a más de 87 mil pacientes con covid-19 y casi 5 millones de pacientes de control de una base de datos federal pudo constatar que podrían tener los siguientes efectos secundarios con posterioridad a haberlo pasado.

  • Sistema respiratorio: tos persistente, niveles bajos de oxígeno en la sangre y dificultad para respirar.
  • Sistema nervioso: ictus, problemas de memoria, problemas con los sentidos del gusto y el olfato, dolores de cabeza.
  • Salud mental: ansiedad, depresión, problemas de sueño.
  • Metabolismo: nueva aparición de diabetes, obesidad y colesterol alto.
  • Sistema cardiovascular: enfermedad coronaria aguda, insuficiencia cardíaca, palpitaciones y ritmos cardíacos irregulares.
  • Piel: erupción y caída del cabello.
  • Sistema musculoesquelético: dolor articular y debilidad muscular. Salud: malestar, fatiga y anemia.
  • Sistema gastrointestinal: estreñimiento, diarrea y reflujo ácido.
  • Riñón: lesión renal aguda y enfermedad renal crónica que, en casos graves, puede requerir diálisis.
  • Regulación de la coagulación: coágulos de sangre en piernas y pulmones.

Según el mismo estudio lanzaba la hipótesis que parte de los que han fallecido por trombos después de la vacuna, pudieran haber sido personas asintomáticas que pasaron el COVID-19 y que al cabo de un tiempo y en reacción a la vacuna potenciasen algunos de esos efectos secundarios y de ahí la aparición de diferentes cuadros que los llevaran a su fallecimiento.  Se está trabajando en esa línea de investigación.

En cualquier caso, la mayoría de profesionales apunta hacia un proceso multifactorial que es necesario desentrañar. Aunque ‘a priori’ no se han detectado daños graves en los órganos afectados, el seguimiento está hallando desequilibrios y descompensaciones clínicas que no se ajustan a los de las pruebas objetivas. Se ignora igualmente si su mantenimiento crónico podría ser el origen de nuevas patologías o, en su defecto, agravar o precipitar otras.

Por ello nuevamente se ruega responsabilidad y que pongamos todos los medios humanos, técnicos y materiales para poder vencer este grave problema que afecta a todo el mundo conocido.

Por: José Luis Ortiz