Los beneficios del silencio

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El silencio, un bien escaso

Lo sabemos, no es fácil, el mundo moderno nos llena de estímulos y es difícil estar a solas con nosotros mismos; de hecho, muchas veces es incluso más complejo encontrar un momento de silencio ‘interior’ que exterior. “A nivel cerebral, la cantidad de estímulos y ruido puede generar un aumento de una hormona llamada cortisol, que se asocia al estrés. El ruido hace que las personas estén en estado de alerta, lo que quita energía debido a que hay que prestar atención a muchos estímulos y no hay espacio mental para generar nuevas ideas”, explica María Paz Altuzarra, psicóloga de Clínica Universidad de los Andes.

Por el contrario, tener momentos de ‘silencio meditado’ en un espacio armónico disminuye los índices de estrés, levanta el sistema inmunológico, baja la carga energética -que cuando es excesiva aparece como estrés mental o enfermedades psicosomáticas- además de mejorar el aprendizaje, la motivación y la creatividad. “Para lograr estas instancias es necesario tener la voluntad de hacerlo. Se pueden usar varias técnicas de relajación, respiración, meditación e incluso actividades manuales o de contacto con la naturaleza”, dice María Paz.

¿Basta con no hablar?

El tener estos momentos de ‘silencio meditado’ no significa estar callado o no pensar en nada. Al contrario, son instantes donde podemos conectarnos con nosotros mismos y ver más claros nuestros pensamientos. “Se trata de retirarse por un momento, dejar de darles vueltas activamente a los pensamientos y permitir que decanten un poco para ver las cosas con más claridad”, dice Domingo Salvo, psicólogo de la Pontificia Universidad Católica de Chile, magíster en Psicoterapia y coordinador clínico de Psicólogos de Santiago (www.psicologosantiago.com /+569 7 1326736). “Si uno consigue hacer esto despierto y sin la ayuda de música, lectura u otros medios -que también nos ayudan en otros sentidos y que tienen otros beneficios- se pueden adquirir una claridad y tranquilidad distintas respecto de las preocupaciones o distracciones innecesarias. Y es muy común que, junto con eso, nos sintamos mejor de ánimo, durmamos mejor, estemos más descansados, más resueltos, que apretemos menos los dientes, incluso que nos ahorremos más de algún dolor de cabeza”, agrega.

La técnica de la respiración

“Una de las técnicas más tradicionales, y siempre disponible, es dirigir la atención hacia la propia respiración, sin tratar de alterarla, ni hacerla más profunda o volverla algo distinto a como uno respira normalmente. La idea es simplemente observar la respiración en vez de pensar en cosas”, explica Domingo, y agrega que en algún momento, inevitablemente, uno se distraerá con algún ruido, o pensamiento, o porque nos dio hambre o se durmió la pierna, pero “la técnica no consiste en no distraerse, sino en darse cuenta de que uno se ha distraído y, sin reprocharse ni apurarse, dirigir nuevamente la atención hacia la respiración, una y otra vez, durante el tiempo que uno se haya reservado. Suele resultar mejor estando sentado, de forma cómoda y sin respaldo, de esa manera se evita el riesgo, muy alto, de quedarse dormido”, cuenta.

La meditación

El maestro de yoga Swami Ekananda (80), quien hace 36 años fue iniciado en la orden de los Sanny -que significa renunciantes- practica y enseña la filosofía, los tipos y la meditación del yoga tradicional en su centro Satyanandayoga, además de dos centros más. Según él, no existen claves para lograr un estado meditativo, sino técnicas. “Lo primero que hay que practicar es la abstracción de la mente, volverla hacia adentro y entrenarla para que se separe del mundo fenoménico. Es la etapa más difícil, hay que trabajarla un tiempo”, dice, y agrega: “Una vez lograda la abstracción, lo que hay que hacer es aprender a mirar los pensamientos y la actividad mental detrás de la frente, sin involucrarse. Esto provocará un cierto vaciamiento de los contenidos del subconsciente que se traducirá en relajación mental. Luego vendrá la concentración en un objeto o punto escogido ubicado en la frente por dentro, eliminando todo aquello que se interponga. No es fácil, pero con práctica se logra”, explica.

Convertirlo en hábito

La práctica hace al maestro y Swami lo sabe bien, por eso aconseja que al comienzo la meditación sea corta, diez a quince minutos, para evitar el rechazo mental natural. “Con el tiempo conviene alargarlo para aumentar los beneficios”, dice, y explica que la tradición aconseja que la mejor hora para meditar es bien temprano, entre las cuatro y las seis de la mañana. “Pero la vida actual a veces no lo permite, por lo tanto el meditante debe buscar el momento del día que le acomode, tratando de que siempre sea a la misma hora para crear el hábito”.

Domingo también recomienda comenzar de menos a más, pero hacerlo de manera planificada, y no dejarlo para “cuando tenga tiempo”. “Si uno tiene la suerte de contar con un lugar sin mucho ruido, con una temperatura agradable, donde pueda estar un momento alejado de las preocupaciones, distracciones y responsabilidades, sería ideal.