Este es el año de la conmemoración del Bicentenario de la Independencia de Colombia, por lo cual se hace necesario que los nacionales estudiemos nuestra historia, con el objetivo de conocer los orígenes de las condiciones adversas que padecemos. Es indiscutible que tenemos que reconocer el atraso económico y social, así como los factores que nos están llevando a una «transculturización» que busca deslegitimar nuestras raíces. Para salir de la situación actual, los colombianos tenemos que comenzar por remover las trabas que evitan el desarrollo económico del país, que están fundamentadas en la pérdida de nuestra soberanía nacional. Desde 1903, cuando EEUU conspiró contra nuestra Nación para apoderarse, mediante la figura de «Administrador», del Canal de Panamá, Colombia ha venido siendo agredida por esta potencia, que se convirtió en imperio al final del Siglo XIX, cuando creó monopolios y los circuitos de especulación financiera para obtener grandes utilidades.

Ese dominio de EEUU sobre Colombia se hace más evidente a partir de 1989 con el Consenso de Washington, donde le impuso la globalización neoliberal para apoderarse de sus recursos, materias primas, servicios y mano de obra barata, obligándola a desarrollar maquilas y especializarse en productos tropicales, privatizando los activos de la Nación. Desde cuando el presidente estadounidense Theodore Roosevelt proclamó en 1903 “I took Panama” (Yo tomé a Panamá), no existe una sola decisión de los gobiernos nacionales que no haya sido «recomendada» desde Washington. Una de las formas de exacción de EEUU contra Colombia es la deuda externa, que según el Banco de la República, en septiembre de 2018 totalizó US$127.759 millones, representando el 37,6 % del PIB, de la cual la del sector público alcanzó US$72.694 millones. Las políticas de modernización del Estado, algunos enclaves casi coloniales, la apertura económica y el Tratado de Libre Comercio han conspirado para que a través de las multinacionales se apropien de nuestro mercado interno, sustituyendo la producción nacional y desplazando nuestra mano de obra.

Este debate del Bicentenario debe ser a fondo, pues no fue casual la decisión del gobierno nacional de eliminar la clase de Historia autónoma en 1984 y en 1994 desaparecerla del pénsum por mandato de César Gaviria. Se trata, parodiando la frase atribuida a Napoleón Bonaparte, «de que no conozcamos la historia para estar obligados a repetirla». Tampoco es casual el tuit rodillón del presidente «UriDuque» frente a la visita de revisión de la neocolonia colombiana por parte del Secretario de Estado de EEUU, Mike Pompeo, en Cartagena: “Hace 200 años, el apoyo de los padres fundadores de los Estados Unidos a nuestra independencia fue crucial, por lo que recibir hoy su visita nos llena de alegría y de honor, precisamente este año del #Bicentenario, tan importante para nuestro país”; frases lapidarias que hacen parte de la refundación de nuestro país, pronunciadas por uno de sus cipayos. Lo dice el senador Jorge Robledo: «Hace 200 años, en la Batalla de Boyacá, Colombia decidió que no se relacionaría con el mundo a través del yugo extranjero. Pero ese debate continúa. ¿Podremos salir del atraso y la pobreza mandados por los que no creen en la soberanía como la clave del progreso? ¡12 meses de debate!»

Por: José Arlex Arias Arias
Comunicador Social – Periodista
José Arlex Arias Arias