El cisma entre la Iglesia de Roma y la Iglesia de Bizancio

El gran cisma de la sede en Oriente (Bizancio) con respecto a la Iglesia en Roma, es un asunto que fue causado por las constantes discrepancias de algunos patriarcas bizantinos, que se aliaban a sus emperadores a favor de una serie de apostasías.

Para entender mejor el asunto es necesario valorar que en los siglos IV y V la Iglesia en su intento por reorganizar su influyente estado eclesiástico sobre un creciente número de fieles que se extendía paulatinamente por todo el mundo antiguo, se vio la necesidad de establecer una sede en Oriente (Bizancio o ciudad de Constantinopla). De esa manera en Roma se mantenía la silla papal y en Bizancio un patriarca, además las jurisdicciones de la Iglesia Ortodoxa alcanzaba las regiones de Alejandría, Antioquia y Jerusalén.

Pero en el siglo octavo con la llegada al poder civil del emperador León el Isauro (718-741) y el posterior mandato de su hijo Constantino IV (741-785) surgió una época de querellas donde ambos déspotas y sus sucesores persiguieron a los que veneraban a las imágenes, además esos emperadores eran muy dados en simpatizar con las ideologías apóstatas.
Esas persecuciones molestaban a la Santa Sede de Roma; luego surgió un hecho cuando el rey franco Carlomagno en el año 800 acudió a Roma a restituir al papa León III, así el pontífice en supuesta gratitud coronó a Carlomagno emperador del Imperio Romano (Imperio Carolingio) pero un sector de la Iglesia en Bizancio no simpatizó con él rey, en cambio lo vieron como un usurpador.

Para entonces, en Oriente el mando estaba en manos de la emperatriz Irene, la cual intentó ofrecerse en matrimonio al nuevo emperador para mejorar las relaciones políticas y eclesiásticas, pero eso no dio frutos dado que en el año 801 fue derrocada, y asumió el poder de Bizancio el canciller Nicéforo el cual desterró a Irene a la isla de Lesbos, donde murió olvidada en el 803.

Luego, de manera irónica Nicéforo hizo la paz con Carlomagno, para arreglar las competencias de límites en lo territorial y en lo eclesiástico pero, ese hecho al parecer no era sincero, pues se distanciaron cada vez más ambos estados en lo civil y religioso.

Años después al asumir el poder el rey Miguel el Tartamudo, intentó traerse abajo la práctica de venerar iconografías, por lo cual envió a la muerte a muchos cristianos que veneraban las imágenes. Después de su muerte en el 829, le sucedió su hijo Teófilo el cual en complicidad con el patriarca Juan Lecanomante, cometió más atrocidades.

Al morir Lecanomante en el 842 le sucedió el obispo Metodio, el cual con la ayuda de la emperatriz Teodora pudo frenar la iconoclastia o persecución contra la veneración de imágenes religiosas.

Pero la ruptura definitiva entre la iglesia greco ortodoxa y la sede de Roma, se da en 1054, cuando el papa San León IX excomulga al patriarca de Constantinopla Miguel Cerulario, dado que los ortodoxos apoyados por Cerulario le causaban a menudo al Estado pontificio de Roma, toda clase de ataques y conspiraciones para eliminar el papado.

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El gran cisma de Occidente

Pero entre otras cosas, se sabe que el mismo seno papal tampoco ha estado exento de luchas intestinas. Es más, al morir el papa Bonifacio VII, le sucede Clemente V elegido en el 1305 por la influencia del rey Felipe el Hermoso. Clemente al ser francés y sentir beneplácito por su país, abandonó la sede de Roma y se instaló en “Aviñón” Francia, en 1309.

A partir de ese hecho, la influencia del clero francés tomó tanto poder que por lo menos hasta 1378 los papas fueran franceses y con su sede en Francia. A ese periodo pertenecieron los papas Juan XXII (1316-1334), Benedicto XII (1334-1342), Clemente VI (1342-1352), Inocencio VI (1352-1362), Urbano V (1362-1370) y Gregorio XI (1370-1378). Este último papa francés volvió a la sede en Roma en 1377, donde falleció en 1378.
Al nombrarse al nuevo papa, surgió una división de cardenales, pues un bando conservador apoyó a un italiano de Nápoles, que fue Urbano VI (1378-1389), pero el otro bando de cardenales eligió al francés Clemente VII (1378-1394) al cual intentaron imponer en Roma, pero dado que esa presión no les dio resultado, se lo llevaron a Avignon para intentar establecer un nuevo papado. Con esto Clemente VII se convertiría en antipapa para dar comienzo al Cisma de Occidente. Así desde 1378 hasta 1414, hubo varios antipapas fuera de Roma, en tanto en apariencia los papas verdaderos sucesores de Urbano VI fueron Bonifacio IX, Inocencio VII y Gregorio XII.

Pero como cosa curiosa, se dice que Juan XXIII (establecido en Pisa) considerado por algunos legítimo papa y para otros un antipapa, con el apoyo de algunos soberanos, convocó al concilio de Constanza para llegar a un acuerdo, y eliminar el cisma que ya llevaba 71 años. De tal acuerdo se decidió nombrar a un papa con sede definitiva en Roma, elección que cayó en la figura de un romano que adoptó el nombre de Martín V (1417-1431) y que convocó al concilio de Basilea, para reafirmar la estabilidad papal en Roma.

Pero su sucesor Eugenio IV, (1431-1447), pronto entró en choque con los miembros del concilio, el cual depuso a Eugenio y eligió a Félix V (1439-1449), y con eso resurgió un nuevo cisma en 1439; pero en 1448 el emperador alemán Federico de Habsburgo, expulsó de Basilea a los miembros del concilio, y eso hizo renunciar a Félix V.

De todas maneras se imponía el papado de Nicolás V (1447-1455), y de allí hasta el presente no ha habido más antipapas ni casos cismáticos, en la magistratura vaticana. Eso sí, tiempo después aparece Martín Lutero y otros personajes, que junto a sus descabelladas doctrinas, han sido los culpables de tantos sectarismos ilusorios y peligrosos.

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Investigador de temas espirituales