Dicen que mediocres los hay en cada puerto y a cada lado del mar. Muchas veces se maquillan con parafernalias de grandes hombres y personajes universales. A veces se esconden también detrás de grandes palabras y conceptos abstractos. No tardan, y para esto son precisos y ejemplares, en señalar su propia condición en lugares y personas impropias, en apuntar sus propios vacíos en la vida y el trabajo de los otros, y en acomodar su absoluta y clara ausencia de valor en la personalidad del prójimo.

El mediocre suele nunca ser meticuloso ni trabajador, excepto cuando debe entonar el himno de los de su clase y apuntar, con bastante esmero, contra quienes tratan de hacer su propia vida, y cambiar el mundo no desde la megalómana pretensión, sino desde el trabajo humilde y ensimismado. El mediocre siempre está ahí, esperando paciente la caída del vecino como esperan las ánimas a los muertos en los portones del cementerio, como lo hacen los carroñeros con los animales moribundos.

Incapaz de vivir de su propio acierto, escoge siempre vivir del error ajeno. Los funerales son para este desdichado un carnaval, el llanto es su alegría y el sufrimiento su graduación. El mediocre vive de la desolación pero propone poco a cambio; sonríe frente al puente que se derrumba pero nada hace para evitar su desplome. Con tal de conservar el amargo y estéril elixir de la razón, sería capaz de ver  el mundo en ruinas sin ayudar con levantar una sola piedra. Sólo le concede, aunque con mezquindad, tamaño gusto a quien hable su lengua y proclame su misma religión.

Los vemos aquí y allá, jóvenes y mayores, moros y cristianos, pálidos y mulatos, letrados y analfabetas. Destacan entre su pueblo los mediocres cultos, muchos de ellos sentados en los privilegios de la exposición mediática, educados expositores de cámara y micrófono. Con ellos hemos aprendido a demostrar que conocimiento y bondad no son parientes, y que para la felicidad es necesaria únicamente la segunda. Se los ve gustosos en sus vitrinas, autoproclamándose jueces del resto de mortales, compartiendo con el resto, a través de la radio, las redes o la televisión, su triste y abollonada naturaleza.

Los hay por supuesto en los deportes y en el fútbol. Sentados, orgullosos de su propia egolatría, los mediocres asechan al resto de profesionales que con su trabajo y sus argumentos, debatibles o no, intentan hacer moralmente mejor a este bello deporte, y quienes al final del día redimen y dignifican las distintas profesiones que rodean a la pelota. Jugadores, árbitros y técnicos son sus presas favoritas, y cuanto más aporten a ensanchar las cuotas éticas del balompié, más dulces son para estos asaltantes de media noche. Últimamente, y gracias al Campeonato Mundial de Fútbol en Rusia, los vemos acechando en todos los horarios y plataformas posibles, listos para hacer su único y mejor trabajo: destruir al otro.

Apenas ayer se reían de la Selección Mexicana, de sus jugadores, y de su entrenador. Declaraban, plácidos y convencidos, que el equipo manito, dirección técnica incluida, era mediocre e incapaz para hacer una copa mundial digna de su delicioso paladar bávaro. Los mediocres de esta y aquella orilla honraron su sombría estela con comentarios bastante fuertes sobre el fútbol y las capacidades del conjunto azteca.

Mañana, y luego de la aliviadora dosis de juego, orden, corazón y personalidad mostrada por México contra Alemania, los mediocres seguramente volverán a sus oscuras cavernas, no sin antes inventar alguna excusa y nombrar alguna coincidencia que les permita seguir siendo lo que son.  Los demás podremos descansar, al menos una noche, de las angustias y enfermedades que con tanta dedicación difunden los mediocres. Después de todo, y como dijo el propio Juan Carlos Osorio, el amor por la victoria de unos, los separará eternamente del temor a la derrota de los otros.

Arriba México, arriba Osorio, abajo los mediocres.

*Escrito en el piedemonte de los Farallones

Por: Gustavo Caicedo Hinojos