Cae la tarde en Santiago de Chile y al igual que en el mundo entero, entre el nerviosismo y paranoia de evitar un contagio, en las calles se extiende cual amenazante mortaja el temor a ese reinante intimidador; pululan los informales vendedores de cubre bocas, que te aseguran que usándolos, no morirás. Esta pandemia va menguando la población mundial desde hace unos meses atrás y en su camino deja dolor y soledad; aumenta desempleo, sube la especulación, escasean artículos, encarecen víveres, en tanto salen autoridades con los rostros indiferentes, a decir que debemos quedarnos en casa, cuando el hambre es alimento de las neveras y las estufas se enfrían con mendrugos de rancios insomnios, porque no hay empleo, nadie da trabajo y las micros, estaciones del metro, se ven atiborradas de modismos culturalmente distintos al nativo Huinca (ciudadano chileno, blanco citadino); mientras avanza el recorrido, se los escucha hablar y quejarse en sus expresiones propias de sus indistintas nacionalidades, todos con un denominador común, sus derechos laborales vulnerados.

Unos dicen haber sido despedidos sin aviso previo, otros a los que les ofrecieron un trabajo con remuneraciones acordes a lo legal y ahora les pagan o quieren pagar menos de lo establecido en el Código del trabajo (Chile). Detiene el tren su marcha y cabizbajos salen en tropel a sus viviendas, llenos de angustias, de frustración e inconformes con el sueño que los motivó a dejar su natal país, pues sus documentos están vencidos, los echaron del trabajo, no pueden reclamar legalmente porque su situación es irregular; tantas nacionalidades, razas y diferentes colores de piel, costumbres, pero al final nada los vuelve distintos; todos con las mismas desigualdades sociales, con límites legales, pero con más presión en sus tiempos de labores, aunque afloran en palestra unas maquilladas normas dizque a ellos favorables, pero en la práctica, sólo son letras rimbombantes y muertas, desiertas de realidad que abofetea al iluso migrante, que esperanzado intenta acceder a un sistema que supuestamente lo va a beneficiar, pero paradójicamente para ello necesita estar legalmente registrado (burlesco juego de dar sin entregar).

Las madres migrantes deben silenciar el llanto de su pecho lactante, porque debe contribuir con el sustento a sus hogares; los niños extranjeros juegan solos en su mundo aparte, mientras aguardan a que lleguen sus padres. Otro día más, otra semana de cuarentena, siguen en ascenso las cifras de mortandad y aunque resulte molesto para unos, los migrantes salen a diario de sus hogares, son los que más se exponen al buscar un empleo para cubrir los gastos y necesidades de sus familias.

Llega la noche y la ciudad aparentemente duerme, entre insomnes reclamos, entre abrazos consoladores y con la incertidumbre cobijando de temores, porque las facturas aumentan, la preocupación es habitual, pues ellos aquí también se sienten víctimas de un sistema socio económico opresor, que vulnera sus derechos y amordaza sus reclamos, porque recuerdan…, que sólo son estadísticas migratorias, un extranjero más, sólo son migrantes.

Por: Athenea Stone (Estrella Vanegas)
Escritora y poeta
Santiago de Chile