Para quienes se mofan u objetan la ejemplaridad de los santos convendría decirles que, la Iglesia Universal de manera muy valiosa desde hace muchos siglos ha hecho bien en las proclamaciones de beatificación y elevación de éstos, a los altares.

Sería injusto menospreciar a los grandes santos del cristianismo, que se han caracterizado por su intensa vida en bienestar de los demás y de todas las criaturas de este Planeta. Para poner tan solo un ejemplo de personajes virtuoso me referiré a Antonio María Claret, santo español que vivió de 1807 a 1870.

De San Antonio María, se cuenta su amplísima virtud misionera en España, Francia, Cuba (donde fue arzobispo por unos años) y cualquier lugar por donde pasaba, lo cual lo llevó a predicar el Evangelio y suministrar con tesón los santísimos sacramentos, con especial celo por el Bautismo, la Confesión y la Eucaristía.

También, se dice que éste santo fue libertador de esclavos negros (en Cuba) y un profuso escritor de libros piadosos, como “El camino recto y seguro para llegar al cielo”, “El Catecismo explicado”, “Teología Moral”, y una serie de compendios que recogen la mayoría de sus pláticas y sermones. Al punto que de él se tienen alrededor de 120 títulos compaginados en unos 140 volúmenes, muchos de los cuales se empezaron a publicar en el Editorial Librería Religiosa, que él mismo fundó en Barcelona.

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Además, en su deseo de integrar a los mejores y piadosos escritores y artistas de España, creó la Academia de san Miguel, para lograr que las ciencias y las artes estuvieran encaminadas en un sentido cristiano e instruir a las gentes, incluso se sabe que fue especial amigo del más connotado filósofo y sacerdote español de la época don Jaime Balmes, por lo cual se ha de suponer las habituales tertulias, que mantuvieron en materia de Ciencias y Teología.

Y tanta era su piedad evangelizadora, que de manera mística varias veces después de escribir tratados en materia doctrinal y dogmática, él mismo escuchó las voces de Jesucristo o de la Virgen decirle: “Bien has escrito”. Cuando la Reina de España lo nombró rector del célebre monasterio del Escorial el cual estaba en esa época en abandono y casi ruina, él se preocupó por reforestar el lugar con 10.000 árboles y establecer una colonia de unas 15.000 palomas y otras aves, a la vez enriqueció la biblioteca, y contribuyó a reparar los majestuosos órganos tubulares del lugar.

Su increíble sencillez y sentido de humildad según sus testigos contemporáneos, nos han traído la anécdota de que muchas veces se le vio de rodillas fregando los pisos del presbiterio del Escorial y otras veces lavando los platos en su estadía en el convento de Mercedarios de San Adrián en Roma.

Tan solo aspectos como los anteriores son suficientes para certificar que a los santos Dios les llama para el servicio de la humanidad, en contraposición de aquellos que solo diseminan las podridas semillas de la guerra, el armamentismo, la prostitución, deshonestidad, fraude, delirios de poder político y codicia.

Por: Osvaldo Corrales Jiménez
Comentarista de temas cotidianos