Luis Carlos López y la venganza de la caterva de vencejos

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Un poema de este escritor cartagenero ― “A mi ciudad nativa” (1920) ― se convirtió en emblema de la Ciudad Heroica; y un símbolo tomado del célebre soneto, entre afectuoso y burlesco ―el de los zapatos viejos― cobró forma material en la escultura de bronce que hoy es parte del recorrido obligado para turistas, a los pies del Castillo de San Felipe.*

Una docena de otros poemas de este autor ―relativos a ciertas calles de la ciudad amurallada, y a la que fuera su casa natal, hoy casi en ruinas y dividida en nichos comerciales― fueron transcritos, a veces con errores, en placas de mármol adosadas a los frentes de construcciones coloniales, para deleite de turistas y residentes.

Adicionalmente, un fragmento de avenida entre Puerto Duro y el puente Román ―a lo largo de unos cien metros de muralla, perpendiculares a la avenida Daniel Lemaitre Tono y a tres cuadras del parque Centenario―, lleva el nombre de Avenida Luis C. López, en una pequeña placa casi invisible; nombre que por cierto nadie utiliza para referirse a aquel pedazo de vía, que prolonga el nuevo parque lineal de la India Catalina.  Tampoco falta el colegio público de bachillerato que lleve el nombre del poeta, aunque ni maestros ni estudiantes sepan alguno de sus poemas.

Es evidente que a la persona y a la figura del poeta mismo ―a diferencia del omnipresente conquistador español Pedro de Heredia, o del presidente Rafael Núñez, e incluso de José Fernández Madrid, político de la Independencia y poeta menor ya casi en el olvido―, la ciudad le ha negado un reconocimiento más que merecido.

¿Será que le faltan méritos literarios al autor de Mi Villorrio (1908), Posturas Difíciles (1909), Varios a varios (1910) y Por el Atajo (1920-1928)?  No parecen indicarlo así ni la importancia que le reconocen poetas y académicos no solo de Colombia sino del mundo hispanoamericano; pero tampoco lo indica la utilización quizás oportunista e instrumentadora que su poema más famoso ha tenido en la promoción turística de la ciudad, e incluso en la formación de su identidad cultural.  ¿Qué es, entonces, lo que causa esta especie de ostracismo inconfesado contra Luis Carlos López, e incluso esta grotesca negación de su memoria, como lo revela el abandono de la vieja casona que fuera su vivienda natal en la Calle del Tablón, en donde debería haber un museo?

Intrigado por este chocante contraste entre su importancia y la falta de reconocimiento sincero, y llevado sobre todo por la lectura de su obra poética, me he atrevido a pensar que Luis Carlos López fue y sigue siendo un poeta demasiado incómodo para la caterva de vencejos, en especial políticos y curas, pero también para la gente del común, devorada por el conformismo; es decir, para todos aquellos que sufrieron ―y sufren todavía― el ataque formidable de sus versos corrosivos, que no son propiamente una eclosión romántica.  Esa caterva de vencejos (metáfora del soneto A mi ciudad nativa, primer terceto, donde dice: “Fuiste heroica en tus años coloniales/ cuando tus hijos, águilas caudales/ no eran una caterva de vencejos”), a mi modo de ver, estaría tomando secreta venganza contra el gran poeta que desacralizó nuestra poesía y que fue también un rebelde en política y moral, con el solo poder de sus versos y de su sonrisa irreverente.

Veamos unos ejemplos.

Y empecemos con una de las metáforas más demoledoras contra la iglesia católica:

CUARTO DE HORA
Libértate, Señor
Unamuno

Con una laxitud de sibarita
Bosteza en el Poniente
La tarde gris. Un esquilón musita
Lenta, muy lentamente…

Predispone a soñar esta marchita
Floración de la luz en el ambiente
Campesino.  Provoca ir a la ermita
Con la gente.  Con esta buena gente

De cepa provinciana,
Que se aleja, pues plañe la campana,
Camino de la iglesia―, ese camino

De carretera, franco
Para el negro africano, el hombre blanco
Y, sobre todo, para el asesino.

Es asombrosa la manera tan contundente como este poema del libro Posturas Difíciles (1910) deja planteada una crítica radical contra la doctrina religiosa del perdón ―simbolizada en la metáfora “camino de carretera, franco”―: el camino de la iglesia como un camino abierto y ancho, incluso y sobre todo, ¡para el asesino!  La idea del perdón de los pecados, incluido el asesinato, se estrella contra lo imperdonable mismo.  López parece criticar en estos versos la injusticia de terminar aceptando lo inaceptable: que las víctimas y los victimarios ―“el negro africano, el hombre blanco”― queden cubiertos por un mismo techo, bajo el cual también cabe el asesino.  La Iglesia como responsable de la impunidad moral.  Una verdadera herejía dicha por un poeta extremadamente atrevido, iconoclasta anticlerical, que se dio el gusto y tuvo el valor civil de criticar a la Iglesia de su tiempo, abierta e ingeniosamente, a través de sus personajes de curas y seminaristas.  Son numerosas las oportunidades en que Luis Carlos López se refiere a la Iglesia en tono crítico y siempre burlón, como cuando compara una iglesia del villorrio con un “enorme biberón” bajo la luna; o cuando se refiere a “las pláticas del cura” que justifican la traición a los ideales juveniles y artísticos del noble Juan de Dios.

Un escritor como Luis Carlos López, autor de estas puyas que todavía impactan desde la lejanía del tiempo, no es propiamente un ser querible para las autoridades políticas y religiosas, ni para el ciudadano o feligrés.  Las autoridades eclesiásticas de la ciudad, responsables de la educación desde antaño, no estarían así muy motivadas para promover el conocimiento de este poeta, a pesar de su reconocimiento mundial y sus méritos indudables.  Y es que no hay en López asomo alguno de religiosidad y menos de fe católica.  No es casual que en uno de sus poemas más impactantes por el efecto dramático, ―Tarde de Verano― la voz lírica se pregunta qué hace con un fusil en la mano, mientras ve pasar a un cura que “cruza leyendo un misal”… y que “ciñendo rica sotana/ de paño, le importa un higo/ la miseria del redil.”  El lector tiene que aguantar la risa, o reírse francamente del desenlace del poema, que es casi un chiste si no fuera porque está dicho con una franqueza inquietante: ¿Qué hago con este fusil?  Es un rechazo claro a la hipocresía y a la complicidad con la injusticia por parte de una Iglesia indiferente y enamorada de la riqueza, mientras la gente revienta.

Junto con la Iglesia, claro está, el “pueblo intonso, pueblo asnal”, crédulo y manipulable, también es blanco de la crítica sin complacencias.  Luis Carlos López es alguien muy impopular.  De hecho, su obra es apenas conocida por el grueso de la gente, e incluso por profesores poco informados.  Esta ignorancia facilita y realiza al mismo tiempo la maniobra de olvido y la postergación de los cambios sociales que él reclamaba a su manera zumbona.

En el poema Mi burgo caracteriza a los cartageneros ―sin decirlo, claro― como “población anodina, roñosa, intoxicada/ de incuria…”, “con su falsa nobleza de acéfalos, minada/ por el fraile y la hueca política venal”.  El poema comienza:

Los mismos rudimentos de hace tres siglos… Nada
De una protesta.  Todo completamente igual:
Callejas, caserones de ventruda fachada
Y un sopor, un eterno sopor dominical.
(…)

Y termina:

Pobre tierra, caduca tierra que tanto quiero,
Que hoy rumia mansamente su estolidez, venero
De las intransigencias del medio parroquial,

Que aún vive, ―si acaso es vivir en la atonía
De lo incurable―, bajo la risueña ironía
De un cielo azul, de un cielo siempre primaveral…

En efecto, la ausencia de protesta es una de las señales distintivas de la Cartagena de hoy, y ya lo era en los tiempos de López Escauriaza.  Atrás quedó la rebelde Cartagena de la Independencia con sus cientos de mártires patriotas, y mucho más atrás las Cartagenas de la larga esclavitud negra y de la extinción indígena.  Por eso López denuncia, desde la transición de los siglos XIX y XX, la incapacidad de la población para hacer valer sus derechos a la igualdad y al desarrollo (“los mismos rudimentos de hace tres siglos, nada / de una protesta”), mientras se hunde en un sueño de conformismo culpable a la manera de un manso animal rumiante, indiferente al entorno parroquial.

Pero veamos el temible poema satírico contra los políticos:

A UN PERRO

“Todo es igual y lo mismo.” Fenelón
¡Ah, perro miserable,
Que aún vives del cajón de la bazofia,
―como cualquier político― temiendo
Las sorpresas del palo de la escoba!

¡Y provocando siempre
Que hurtas en el cajón pleno de sobras
―como cualquier político― la triste
Protesta estomacal de ávidas moscas!

Para después ladrarle
Por las noches, bien harto de carroña,
―como cualquier político― a la luna,
Creyendo que es algún queso de bola…

¡Ah, perro miserable,
Que humilde ocultas con temor la cola,
―como cualquier político del día―
¡Y no te da un ataque de hidrofobia!

Un “perro miserable” como metáfora del político es otra de las grandes herejías de Luis Carlos López por las cuales es invisibilizado y aun maltratado a la manera de una venganza silenciosa contra su descomunal artillería verbal, pues se atrevió a demoler los grandes ídolos inatacables del poder político y religioso, en un combate ideológico por la libertad artística y de expresión en un contexto de corrupción política.  Un poema como este no es un mero ejercicio de humor negro y sarcasmo; es también un ataque a la imagen del político como tal, a través de una caricatura implacable.  No es pues extraño que las autoridades locales, en manos de políticos profesionales, le tengan fobia a este notable poeta y prefieran, inconscientemente si se quiere, dejarlo en el olvido.  Solamente los ciudadanos de a pie podrían recoger este mensaje y respaldarlo.  Y esto tampoco ocurre frecuentemente.  Pero la vigencia quemante de estos versos es hoy evidente.  Cartagena sigue siendo un paraíso para estos canes come basuras, a pesar de los versos certeros de su poeta máximo.

Con todo, LCL fue también un gran bromista, un risueño comentador de la condición humana y un paisajista verbal muy notable.  Alguien que no se tomó en serio ni la poesía ni la vida misma; una especie de sabio cínico –en el mejor sentido de la palabra-, un ser anacrónico, un antipoeta y un antihombre: alguien irrepetible.

Jugador magistral con las palabras, LCL nos regaló poemas que sus enemigos deberían valorar mejor puesto que nos producen, en lugar de estremecimientos románticos, sonrisas irresistibles y relajantes.  Pues es bien sabido que todo verdadero humor proviene del paraíso…

DESDE UN PONTÓN
Ten valor para tus desnudeces.
Peter Altembergh

Contemplo a flor de escotilla
Cómo los barcos se van.
Bajo la tarde amarilla…
Flota un sabor de alquitrán.

La luna, como una astilla,
Surge por el balandrán,
De un grumo.  Escarba en la orilla
Y luego se agacha un can.

No sé; pero la marea
Que me salpica, la brea
Del muelle y la hora me dan,

Tal vez por ley de atavismo,
Deseos de hacer lo mismo
Que acaba de hacer el can.

*A propósito de este monumento, el turista que lo visita encuentra un elegante letrero que le informa lo que va a ver: la escultura de los zapatos viejos, y agrega que “frente a la misma, se encuentra la placa con el poema”.  Pero cualquiera puede comprobar que allí no hay ninguna placa con ningún poema.  Una burla para el visitante, y otro desplante para el poeta.

Por: Laurent Céspedes Ramírez


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