A una humanidad sólo masculina le hubiese gustado sólo el sexo, la guerra y el fútbol; para ellas no era suficiente, amaron a sus hijos y enseñaron a amar a sus parejas y a sus hijos.
Una mujer nos ha enseñado a todos a amar.

«Sin amar nada ni a nadie, para qué vivir»

Al hablar de esta sabia mujer que nos enseñó los primeros gestos de amor y a amar, me refiero a las «Madres»

Madre, aquella mujer que sin ser pedagoga, a excepción de las educadoras docentes, esta mujer sabe por conocimiento innato, cuáles son las destrezas, las herramientas y los recursos para gestionar y enseñar a sus hijos las primeras palabras, y esa primera palabra es «mamá» como símbolo perpetuo del universo de palabras que de niños vamos descubriendo en el transcurso de nuestras vidas.

Madre, significa amor, refugio, protección, esa elocuente mirada sin palabras, gestos que condicionan necesariamente la calidad del vínculo, que será de influencia positiva, el anclaje para gestionar una vida con sentido. que nos dio alas para elevarnos a ese cielo infinito de realizaciones.

Cuánto valor y coraje tiene aquella madre que sin limitaciones descubre su propia grandeza para formar seres humanos que, con su mirada apreciativa desde su postura existencial, manifiesta nuestro sistema de creencias, concentrada en las cualidades y virtudes con la capacidad de transformar.

Madre, es más que refugio, es el Ángel que de rodillas eleva plegarias. Para una madre, no hay hora en el cronómetro del tiempo para cumplir con su deber de administrar el hogar y la vida de sus hijos.

Madre. Ternura y sabiduría. No hay exilio que limite el amor de una madre.

Por: Lucy Angélica García Chica
Lucy-Angelica-Garcia-Chica

Escritora y Poeta