Maduro, Trump, Uribe: ¿la política del miedo llegó para quedarse?

La política del miedo está más vigente que nunca.

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Foto: Composición ElSol

Miren el desastre de Venezuela producido por la incompetencia, el autoritarismo y la corrupción del gobierno. ¿Qué ha hecho el presidente Maduro para aliviar el desastre? Poco, fuera de gritar cada vez más duro que “todo es producto de una conspiración del imperio gringo en contubernio con la oligarquía fascista venezolana”.

¿Se creerá Maduro sus propias mentiras? En todos estos años no ha logrado dar la primera prueba de que exista una conspiración por parte de nadie:

  • Empezando porque no hay fascismo en Venezuela. La oposición en su país es muy amplia, de talante democrático y carece de cualquiera de los atributos que han tenido los movimientos fascistas en el mundo. Es decir, Maduro usa el término “fascista” solo como insulto a la oposición y con el propósito de asustar y polarizar al electorado.
  • Y por el otro lado, ¿dónde están los gringos? Las intervenciones del gobierno norteamericano en otros países suelen ser bastante obvias. Los presidentes (Bush en Irak, Obama en Siria…) utilizan un lenguaje agresivo, invocan razones de seguridad, anuncian movimientos de tropas y/o entrenamiento y financiación de grupos armados irregulares en el interior o en las zonas fronterizas de los países donde van a intervenir. ¿Alguien ha visto algo de eso en Venezuela?

En cualquier caso, es entendible que dictadores de poca monta, como Maduro, acudan a la política del miedo. Es un recurso barato para crear cortinas de humo y conseguir apoyo, lo cual resulta útil cuando se multiplican las críticas a sus gobiernos. Mucho más preocupante es que la política del miedo se utilice en las democracias.

Miren la campaña electoral de Estados Unidos. Recientemente Donald Trump anunció que si Hillary Clinton gana las elecciones, Estados Unidos irá rumbo a una tercera guerra mundial. No se necesita mucho para adivinar lo que está detrás de semejante tontería: un Trump desesperado, quien ante la pérdida de puntos en las encuestas no se le ocurre nada mejor que decir “vote por mí o tendremos una hecatombe nuclear”.

La política del miedo en Colombia

Pero no miremos la paja en el ojo ajeno cuando hay una viga en el propio. Toda la incertidumbre que tenemos ahora en Colombia es producto de la política del miedo. Sin ella no habría ganado el No en el plebiscito.

La estrategia del Centro Democrático giró en torno del miedo. Tal y como lo admitió el gerente de la campaña del “no”, Juan Carlos Vélez, divulgaron mensajes falsos para que “la gente saliera a votar verraca”. Y muy asustada, diría uno. El discurso de Uribe sobre la supuesta claudicación de Santos frente a la guerrilla y su insistencia en que el proceso de paz nos llevaría al castro-chavismo, así como las vallas que anunciaban que con una victoria del “sí” Timochenko sería el próximo presidente, eran mensajes para producir miedo. No solo rabia.

Toda la incertidumbre que tenemos ahora en Colombia es producto de la política del miedo.

Es diciente que el Centro Democrático haya optado desde el comienzo por una campaña llena de mentiras y destinada a causar pánico. Esta estrategia se puede interpretar como producto del desespero cuando las encuestas daban una amplia ventaja al Sí, y también como confesión de que si evaluaban objetivamente los acuerdos de paz y sostenían una discusión tranquila y racional sobre sus contenidos no había forma de atacarlos de manera contundente.

Por supuesto, el Acuerdo contiene algunos puntos controversiales que se habrían podido debatir con argumentos. En vez de eso, Álvaro Uribe optó por gritar “castro-chavismo” a los cuatro vientos y con eso ahogó el debate racional. Prefirió provocar un gran escándalo a punta de falsedades que aportar ideas sensatas que tanta falta hacen en el país.

Miedo y democracia

El punto es que a pesar de dar (ocasionalmente) dividendos políticos en el corto plazo, la política del miedo es muy perjudicial para la democracia. Los políticos que acuden a ella son irresponsables. No actúan como verdaderos representantes de sus electores porque no ayudan a que los ciudadanos tomen decisiones informadas y justificadas, ni los guían hacia el bien común. Todo lo contrario: desinforman a los ciudadanos con el propósito de manipularlos para fines electorales. Esto, además de ser una conducta desleal en el juego democrático, profundiza la grave crisis de representación que existe en Colombia.

Nótese además que la política del miedo plantea el mundo al revés. La mayor amenaza para Venezuela es el gobierno del propio Maduro, y no la conspiración imaginaria que él tanto denuncia; la mayor amenaza para Estados Unidos es que Trump gane la presidencia, y no una tercera guerra mundial que solo existe en la fantasía del locuaz magnate; y la mayor amenaza para Colombia es que sigamos en la guerra de siempre, y no que acabemos (quien sabe cómo) en un castro-chavismo por lograr la paz negociada con las FARC.

Asustar a la gente con mentiras tiene otro grave inconveniente: los promotores de la política del miedo acaban atrapados en sus propios discursos y eso los lleva a acciones temerarias. Me explico: como la política del miedo apela a la emoción y no a la razón de las personas, lo principal es reiterar ante los medios un mensaje simple y pasional, por absurdo que sea. El político repite consignas, en vez de elaborar argumentos y dar explicaciones.

Y un político que machaca día y noche con ese tipo de mensajes (poniendo cara seria), luego no puede echarse para atrás y reconocer que todo era un ardid. Piensen en el caso de Uribe. Con el fin de rencaucharse como el caudillo redentor de los colombianos, asustó a los incautos con el cuento de la inminente amenaza castro-chavista por cuenta del proceso de paz.

Uribe optó por gritar “castro-chavismo” a los cuatro vientos y con eso ahogó el debate racional.

Lo más seguro es que el propio Uribe nunca creyó en la existencia de dicha amenaza. Pero el problema es que al cabo de cuatro años de cantaleta castro-chavista ya no puede admitir abiertamente que nunca hubo tal: perdería credibilidad ante sus seguidores. El fantasma del castro-chavismo cobró vida en otro sentido, porque Uribe ahora se ve obligado a comportarse como si el riesgo fuese real. De ahí que no demuestre moderación en la renegociación de los acuerdos. Está atrapado por su discurso. Tiene que apegarse a posturas extremas so pena de poner en evidencia la tarima que montó. En eso la política del miedo es análoga a las amenazas: si no se cumplen, luego nadie le cree a quien las profiere.

¿Se puede proteger la democracia frente a la política del miedo? Lamentablemente no. Unas de las bases fundamentales de toda democracia son las libertades de información y de expresión. Cada cual puede expresar públicamente casi cualquier cosa, con excepción de ciertos mensajes de discriminación, odio e incitación a la violencia que son proscritos. Igual las prohibiciones son mínimas, lo que significa que la democracia es muy tolerante frente a todo tipo de mensajes, por banales, bajos y mentirosos que sean. De lo poco que se censura en las democracias es la propia censura.

A ello se suma que las democracias casi no ponen límites a los políticos sobre los medios que usan para ganar apoyo ciudadano. Se penalizan casos extremos, como la intimidación a los electores y la compra de votos. Aparte de eso no hay reglas que establezcan que los políticos deban apelar a la razón de los electores, usar argumentos coherentes, información de soporte y justificaciones válidas. Se acepta acudir al uso de las emociones, lo cual a veces resulta muy efectivo para derrotar cualquier argumento, por bueno que sea.

La receta perfecta del desastre democrático se da cuando se juntan la permisividad democrática, los líderes políticos inescrupulosos, y una ciudadanía inculta y crédula. Ahí es cuando triunfa la política del miedo. Porque los políticos inescrupulosos ponen a circular mensajes falsos para difundir temores, las reglas democráticas no ponen filtros, y los ciudadanos no se toman el trabajo de cerciorarse de la veracidad de las afirmaciones de los políticos (o no tienen elementos de juicio para evaluar las afirmaciones de sus líderes). La racionalidad se pierde ante las respuestas instintivas para protegernos de las amenazas imaginarias.

En cualquier caso, hacer un llamado a los políticos a que actúen responsablemente y a la ciudadanía para que se informe (y eduque) parece ser una causa perdida. La política del miedo es la moneda corriente de los políticos populistas, y todo parece indicar que goza de excelente salud.

Por: Carlo Nasi