Desde niñas se nos enseña a ser buenas mujeres, porque no somos buenas por naturaleza sino por una exigencia enviada como mandato divino del patriarcado. Esos mandatos nos instruyen de forma indirecta a ser y actuar como el sexo débil.

Cuando somos niñas nos comportamos de manera valiente, fuerte, decidida e independiente. Sin embargo, al llegar la pubertad nos metemos en el papel de sometimiento, indecisión y subordinación por una autoridad (generalmente masculina). Perdemos la esencia del individualismo. Nos convertimos en una réplica de la “buena mujer”. Lo peor es que creemos que está bien, que hacemos lo correcto.

Ya se lo preguntaba Susan Brownmiller, periodista, escritora y activista feminista estadounidense: ¿por qué sonreímos tanto?, ¿por qué intentamos se atractivas?, ¿por qué tenemos tanto miedo de mostrar nuestra ira?, ¿por qué la ira no se considera femenina?

La respuesta a estas preguntas radica en nuestra propia cultura. El patriarcado nos ha oprimido como una bota que aplasta la mugre, y nos ha hecho sentir menos que el sexo opuesto. Nuestros deseos han sido desechados bajo el pretexto de que “una mujer no debe hacer eso”. Y nos lo hemos creído, hemos creído que existimos en función de los hombres.

El feminismo no solo invita a las mujeres a luchar por sus derechos legales (como el voto o a la propiedad) sino también por aquellos derechos como el acceso al trabajo, al libre desarrollo de su sexualidad, a salirse de los cánones de belleza establecidos, y a formar –o no- una familia. Porque no somos maquinas destinadas a la satisfacción masculina, sino un ser humano en busca de reconocimiento. En ese orden de ideas, no le debemos al patriarcado ser “buenas mujeres”, porque este no ha sido bueno con nosotras.

Hoy, elegimos ser las malas hijas que se salen de la heternormatividad, que buscan alternativas, que no tienen miedo, que se atreven a luchar por lo que les pertenece.
Hoy volvemos a ser las mujeres valientes, fuertes, decididas e independientes que éramos en nuestra niñez.

Hoy salimos sin miedo a las calles, demostrando que nuestros ideales e intereses son tan importantes como los de todo hombre en la misma posición.

Hoy hemos desenterrado nuestros miedos, activado nuestras mentes, abierto nuestros ojos, tenemos más denuedo y decidimos ser malas, porque siendo buenas no hemos conseguido nada de lo que merecemos.

Por: Erika Ardila
Erika Paola Ardila Palacio