Un Mensaje a la Conciencia

337

Cuentan que se desató una tormenta de nieve en medio de una noche lúgubre y fría en la ciudad de Chicago. Mientras la gente entraba y salía por las grandes puertas de los edificios tratando de refugiarse del helado temporal encogida en sus gruesos abrigos, un niño vendía periódicos en una esquina. Tenía demasiado frío como para preocuparse por la escasez de clientes. Al rato se acercó a un policía y le preguntó: —Señor, ¿conoce usted un lugar donde un niño pobre como yo pudiera pasar esta noche tan fría? Es que duermo en una caja ahí a la vuelta de la esquina en el fondo del callejón, y la verdad es que esta noche hace demasiado frío. ¡Qué bueno sería dormir en un lugar más protegido!

El policía se compadeció de la condición del niño y le dijo: —Ve a esa casa blanca grande al final de la cuadra y toca a la puerta. Cuando alguien salga a ver quién es, tú sólo contesta: «Juan 3:16», y verás que te dejarán entrar.

El niño le dio las gracias al policía y siguió sus instrucciones. Cuando llegó a la casa, tocó a la puerta y se asomó una mujer. Él la miró y le dijo: —Juan 3:16.

La mujer respondió: —¡Bienvenido, hijo! Entra.

Y lo tomó de la mano, lo acomodó en un sillón frente a una gran chimenea y salió de la sala. El niño se arrellanó en el sillón y pensó: «Juan 3:16… No lo comprendo, pero ¡qué bueno no sentir frío!»

Pasados unos minutos, la mujer regresó y le preguntó: —¿Tienes hambre?

Él contestó: —Bueno, no he comido casi nada en los últimos dos días, así que me encantaría algo de comer.

La mujer lo llevó a la cocina y le sirvió una porción tras otra de comida deliciosa que él comió hasta hartarse. Entonces el niño volvió a pensar: «Juan 3:16… Todavía no lo comprendo, pero ¡qué bueno no tener hambre!»

Luego la mujer lo llevó al segundo piso y le preparó un baño con agua tibia y jabón espumoso. En la tina, el niño pensó: «Juan 3:16… Aún no lo comprendo, pero ¡qué bueno sentirse limpio! ¡Y este es el primer baño de verdad que he tenido en toda mi vida!»

Después que el niño terminó de bañarse, la mujer lo llevó a un amplio cuarto, lo arropó bien en una cama, le dio un beso y apagó la luz. En la oscuridad él apenas podía divisar a través de la ventana la nieve que caía esa noche fría, y volvió a pensar: «Juan 3:16… todavía no lo comprendo, pero ¡qué bueno es tener una cama donde dormir!»

Cuando el niño despertó al día siguiente, la mujer le sirvió el desayuno, lo volvió a acomodar en el sillón frente a la chimenea, abrió un libro grande y le mostró que Juan 3:16 es un pasaje de la Biblia que dice que Dios nos amó tanto que envió a su único Hijo al mundo la primera Navidad para salvarnos y darnos vida eterna. Es decir, una noche lúgubre y fría Dios miró este mundo y trazó un plan para satisfacer cada una de nuestras necesidades espirituales. Ante esto, el niño no pudo menos que pensar: «No lo comprendo, pero ¡qué bueno sentir tantísimo amor!»