Todos estamos acostumbrados a hablar de internet como un tipo de tecnología etérea, invisible, intocable. La red de redes es un “ente” que se materializa en la WiFi, en el 4G de los móviles, en la conexión que llega a nuestros dispositivos para que podamos navegar por la web, conectarnos a nuestras redes sociales, hablar con amigos, etc. Pero también tiene una parte detrás de todo eso, una parte que hace posible que podamos utilizarlo y que llegue a nuestras casas o calles: la parte física.

Para que Internet llegue a su destino tienen que darse ciertas condiciones detrás, es decir, que exista la tecnología o que se den los recursos suficientes como para ello. Lo que posibilita que la conexión llegue a tu móvil, PC, videoconsola, etc., son lo que se conocen como dispositivos de distribución o de red (enrutadores, puntos de acceso y repetidores) y los dispositivos terminales que se colocan en el destino para que llegue la red.

Pero, ¿cómo se lleva la conexión de un punto a otro y se va expandiendo la red? ¿Cómo llega a esos puntos de acceso? Con millones y millones de kilómetros de cables físicos que conectan todo el mundo entre sí, pasando por cualquier zona que a uno se le pueda ocurrir.

El mapa de internet: cable oceánicos que unen el mundo

Desde Miami hasta Japón, 293 cables submarinos recorren lo más hondo de los océanos y los mares para interconectar los continentes entre sí. Cada uno de ellos tiene puntos de conexión con diferentes países a través de sus costas, de tal manera que actúan como las “venas y arterias” de Internet para que esta red funcione.

Algunos de estos cables están activos en toda su extensión; otros siguen en construcción a la espera de ser acabados este mismo año 2017. Su origen está en el cable de cobre que necesitaba el servicio del telégrafo para funcionar: conforme este servicio fue quedando obsoleto, dio paso a la construcción e implantación de cables de fibra óptica en su lugar, aumentando conforme han ido pasando los años su longitud y su número para satisfacer las necesidades de toda la población mundial, que también ha ido creciendo y requiriendo más y mejor conexión.

La mayoría del conglomerado de cables pertenece a los grandes gigantes de la comunicación, sobre todo a Google, Facebook, Microsoft y otras grandes empresas telecomunicadoras con presencia mundial de gran importancia. De hecho, uno de los últimos cables que sigue aún en despliegue y que viaja de España a Estados Unidos (de Vizcaya a Virginia) es propiedad de Facebook y Microsoft y está operado por Telefónica Telxius.

El primero de los cables masivos transoceánicos construidos fue el que une el Reino Unido con Estados Unidos, es decir, Europa con América del Norte. Tras él, decenas de cables se fueron sumando a la ecuación, conectando entre sí buena parte de Sudamérica, Europa al completo con Asia y África –algunos cables, de hecho, parten incluso de España–, Norteamérica con países asiáticos como Japón y China, y un largo etcétera de posibilidades. El cable situado a una profundidad mayor está en Japón y llega a los 8.000 metros por debajo del nivel del mar.

Dependiendo de qué zonas conecten, de cuántos kilómetros recorra y de quién esté detrás de su creación, algunos son más resistentes que otros, pero los materiales y los aislantes que componen estas creaciones hacen que todos sean duraderos (salvo accidentes o desastres). Los cables más resistentes son propiedad de Reino Unido y de Estados Unidos.

A pesar de este despliegue de medios, no es solo construir y olvidar, sino que los cables necesitan un mantenimiento y una atención constante por los problemas que pueden tener o generar. Los cables se dañan por los propios factores ambientales (terremotos y maremotos, por ejemplo), pueden verse implicados en accidentes con buques pesqueros y anclas de barcos (algo bastante común), la propia fauna marina puede deteriorarlos (mordiscos de tiburón), interfieren en determinadas actividades militares y, aunque en menor medida debido a la profundidad de muchos de ellos, también pueden sufrir sabotajes humanos.

El cableado estatal corre a cargo de las telecomunicadoras

Una vez llega la conexión a la costa de un país, de ahí hay que llevarla a todo el territorio estatal, creando redes (y ampliando las ya existentes según demanda) que interconecten hasta el último rincón de la superficie. ¿Cómo se hace esto? Con más cables y con la infraestructura de telecomunicación necesaria para que la conexión fluya.

El cableado de fibra óptica está por doquier. Telefónica, Vodafone u Orange son algunas de las compañías que trabajan en España y que crean sus propias infraestructuras para hacer llegar la conexión a los hogares. Sin ir más lejos, el cableado de Orange supera los 40.000 kilómetros de longitud distribuido por todo el territorio donde opera.

Además, teniendo en cuenta que cada cable está formado por varias fibras, la cifra anterior se magnifica aún más: las fibras recorren más de 2 millones de kilómetros o lo que es lo mismo más de 5 veces la distancia de la Tierra a la Luna.

En resumen, el Internet que conocemos hoy es posible por los cables submarinos que recorren el mundo. Cuando estos llegan a las costas, más cableado hace posible que cualquiera navegue por Internet o se aproveche de sus múltiples funciones. Aunque no lo veamos, todo funciona por la conexión de cables, por la parte física que en muchas ocasiones es desconocida por los usuarios a pesar de ser esencial.

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